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“Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo “hice”, “fui”, “descubrí”, debe entenderse “hicimos”, “fuimos”, “descubrimos”(…)
(Prólogo a la tercera edición de Operación masacre, Rodolfo Walsh)

Si alguien –si un periodista- emprendiera un viaje sin saber nada acerca de su destino salvo la temperatura promedio, la calidad de las playas y la ubicación de las zonas de alojamiento barato; si metiera en su mochila veinte libros, poca ropa y un equipo de snorkell; si eligiera la ignorancia como una performance o como una –mucho menos confesable- forma de la felicidad. Si, en fin, ese periodista se tomara vacaciones, y si esas vacaciones fueran en Filipinas, es probable que sucediera algo de lo que sigue a continuación.

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Mayo de 2012, medianoche, más de cuarenta horas de viaje desde Buenos Aires pasando por Río de Janeiro y Dubai, y esto no parece un lugar al otro lado del mundo. O mejor: esto no parece un lugar al otro lado del mundo del mismo modo en que Tailandia o Indonesia o Malasya parecen lugares al otro lado del mundo. Aquí las calles son iguales a las de cualquier suburbio de Latinoamérica, con edificios hijos de la cópula entre la esquizofrenia arquitectónica y una hemorragia de hormigón, palmeras de plástico revestidas por guirnaldas de luces, iglesias católicas, seven elevens, McDonalds, bares de chicas y un atasco -kilómetros de autos hundiéndose en el corazón de la tiniebla- que es la madre y el padre de todos los atascos. Cada tanto aparece un jeepney -camiones de trompa roma y colores intensos que sirven como transporte público- y esa es la única señal que indica que uno no ha llegado a Brasil ni a México ni a Colombia. Que esto debe ser, en efecto, Manila.

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Manila es la capital de Filipinas, un país compuesto por siete mil islas, con 94 millones de habitantes, 11 de los cuales viven en el exterior. Si buena parte de esa gente se llama Pedro o se apellida Ayala y la mayoría reza el padrenuestro y se hace la señal de la cruz es porque en 1521 llegó hasta allí el conquistador Fernando de Magallanes y desde entonces el país fue territorio español. En 1898 España debió cederlo a Estados Unidos y solo en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, Filipinas se declaró independiente. En 1965 asumió el gobierno un hombre llamado Ferdinando Marcos que siguió en el poder hasta 1983 cuando, después de protestas masivas y caos social, fue destituido y reemplazado por Corazón Aquino. Eso, a grandes rasgos, era todo lo que yo sabía al llegar a Filipinas. Eso, y que el turismo sexual era toda una preocupación, y que Imelda Marcos, la mujer de Ferdinando ídem, había dejado tras de sí una colección de mil pares de zapatos –o de mil zapatos- que, después de haber presenciado la fiebre de consumo de pajaronas como Carry Bradshaw, ya no me parecían tantos. Eso era todo. Y, a decir verdad, no me enteré de mucho más. Quiero decir que no quise.

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Ermita debió ser algo, aunque no se sabe qué. Quizás una de esas zonas que funcionan como Kao San Road, en Bangkok, una suerte de babel afiebrada con viajeros que se revuelcan, conversan y beben durante algunos días a precios módicos mientras deciden hacia dónde seguir. Pero ahora es un barrio de Manila muy desconcertante, sumergido alternativamente en un sopor moribundo o en una energía desamparada o en una hostilidad desértica. El lugar más popular de Ermita es un mall descomunal al que se entra previo cacheo de un guardia. Siempre está repleto y parece haberse tragado a toda la gente y los comercios de la zona, excepto los seven eleven que multiplican su disponibilidad de veinticuatro horas a razón de uno por cuadra.

En las calles, de noche, los faroles alumbran poco y las únicas vidas que se ven duermen sobre su miseria y sus cartones en medio de un calor benévolo. Cada vez que le digo a alguien que me alojo en Ermita, el resultado es el mismo: “¿Ermita? ¡Ni se le ocurra salir del hotel después de las nueve de la noche!”. O “¿Ermita? ¿Por qué?”.

Quizás porque cuando uno llega a un país quiere desembarcar en una orilla real y no en sus márgenes desinfectadas, o porque uno es persistente y persiste aún en sus equivocaciones, o porque en los viajes prima esa diletancia suave –mañana me mudaré- mezclada con una omnipotencia peligrosa –a mí no va a pasarme nada- que produce las mejores catástrofes.

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Como ya nadie viaja sin un artilugio para conectarse –el Iphone, la tableta- los que elegimos viajar sin nada estamos a merced de la existencia de cabinas públicas que, como ya no son negocio, empiezan a ser inencontrables. Sin embargo, frente al hotel en el que paro –una habitación sin ventanas, la representación de la perfecta claustrofobia- hay algo que se anuncia como cybercafé. El vidrio de la puerta está cubierto por una película polarizada lúgubre y adentro la temperatura tiene la contundencia de un piedra. La persona que atiende usa el pelo recogido, un top que no le cubre la barriga en la que se ven rastros de vello mal afeitado, y una falda bajo la que se dibuja la curva brutal de un sexo inconcebible.

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Si una ciudad del interior de Estados Unidos y una enorme capital latinoamericana hubieran colisionado en los años setenta, Manila sería el resultado: no hay veredas por las que se pueda caminar, el paseo favorito consiste en recorrer los pasillos de un mall gélido, el colapso del tránsito es una forma de la psicosis y por todas partes hay locales de comida rápida, iglesias católicas, altares a la Virgen y puestos callejeros de comida. En ciertas partes reina esa tensión grumosa que antecede al peligro, aunque después casi nunca pasa nada.

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-¿El mercado de San Andrés? ¿Para qué quiere ir ahí? ¿Por qué no va al mall?

Siempre es lo mismo, en todas partes. Apenas uno manifiesta su voluntad de ir a un sitio que no se corresponde a las expectativas del turista promedio, el fulano local reacciona con horror ofendido: ¿por qué uno se empeña en mirar debajo de la falda, cuando por fuera de la falda hay tanto para ver? Yo no fui –no quise ir- al Fuerte Santiago, ni a la iglesia de San Agustín, ni a Rizal Park, ni a la National Gallery of Art, porque no me interesan las iglesias, los fuertes, los museos ni los parques, pero me gustan los mercados. Para llegar al de San Andrés hay que recorrer una calle atravesada por callejones que se doblan hacia el centro de la manzana como espinazos enfermos y, desde el fondo de sus fauces, lanzan espumarajos de sogas repletas de ropa. Las casas parecen ruinas ateridas después de un terremoto, y el cielo está atravesado por el triperío sangrante de los cables. El mercado no es bueno – no hay frutas raras, ni especias raras, ni verduras raras- pero el olor es una sorpresa: es un olor fuera de la galaxia, una mezcla impactante de moho y transpiración, una cruza mestiza de todas las axilas del mundo y el sexo mal lavado de los peces. Después descubriré otros mercados y, en todos, el olor será un campeón mundial.

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Una tarde las calles del barrio se llenan de carritos adornados con flores y guirnaldas sobre los que decenas de nenas y nenes de entre 3 y 12 años, vestidas de largo y con escotes, vestidos con frac y trajes blancos, saludan a sus vecinos y parientes con gesto de muñecos de ventrílocuo. El desfile –una elección de princesas y sus príncipes- se hará dentro de una hora pero yo no tengo ganas de esperar y paso la tarde caminando por calles donde no hay un alma, salvo los cuatro perros sarnosos de siempre, pensando que en un país donde el fornicio con la carne tierna atrae a tantos extranjeros es complejo entender el empeño de quienes maquillaron esos labios púberes hasta volverlos pulpa roja.

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La mayoría de los carteles de los puestos del mercado de Libertad están en inglés -salmon available, pork´s place-, herencia de los años de dominio estadounidense. Aunque tengo la sensación de que no todos los filipinos hablan inglés, buena parte de la cartelería de las calles y las rutas está en ese idioma (del español, en cambio, parecen haber sobrevivido apenas los números: uno se dice uno, cien se dice cien, dos se dice dos). En un puesto de pescado una pareja simpática quiere venderme una morena pero les digo que no tengo cómo cocinarla y, cuando me preguntan dónde me alojo y respondo que en Ermita, se espantan y preguntan (otra vez) “¡¿Por qué!?”. Camino por el sector de las aves y el cerdo, pero el olor es tan brutal que regreso a la zona del pescado, de un aroma tanto más amable. Al salir me compro un mango, que voy comiendo por la calle, pelándolo con un cuchillo que conservo y que compré para la ocasión. Me quedo largo rato en una esquina, bajo el ala sombría del tren elevado y los cables que cruzan el cielo como venas atascadas por el hollín. La ciudad parece salida de una película de ciencia ficción de los ochenta, cuando el futuro se pensaba como una versión húmeda y empeorada de un suburbio de la Nueva York de aquellos años.

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La parte más vieja de la ciudad se llama Intramuros y es un barrio de casas coloniales, tal como los que hay en Bogotá o Ciudad de México, pero las calles están desiertas.

-Hace mucho calor, por eso no hay gente.

La chica parece un varón, así que creo que es un varón hasta que le veo los pechos bajo la camiseta enorme. Tiene 21 años pero parece de 14 y trabaja ofreciendo paseos de dos horas en su triciclo tracción a sangre: una bicicleta con un carrito adosado para los pasajeros. Le digo que no estoy interesada, pero insiste y negociamos un paseo de media hora, sin detenernos en iglesias ni museos. Cuando empieza a arrastrar la bicicleta con esfuerzo, cuesta arriba y por calles empedradas, el trato que acabo de hacer me parece atroz, de modo que le pido que se detenga, que prefiero quedarme allí. La chica dice que no, que al menos la deje llevarme a un sitio interesante. Como parece ofendida subo y, después de varias cuadras, me deja en la puerta de un McDonalds. Le pago, le agradezco, y apenas me siento en el cordón de la vereda unos chicos se acercan a pedir dinero. Entonces el guardia del McDonalds corre hacia ellos con algo en la mano y los chicos huyen, aterrados. Cuando le pregunto al tipo qué clase de cosa tan eficaz es esa sonríe y aprieta un botón y hay un destello y una descarga eléctrica.

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Makati es la zona más turística de Manila, donde yo no quería ir y a la que terminé yendo, sólo por ver. En Makati hay dos zonas: una, donde queda el mall Ayala Center, kilómetros de tiendas que van desde Jimmy Choo hasta el más obvio Louis Vuitton, todo rodeado por un parque frente al que están los hoteles más caros de la ciudad: el Shangri La, el Península, el Mandarin Oriental. La otra zona es la de la calle Padre Burgos. Allí, sobre un bar ruidoso, consigo habitación en un hotel que las ofrece a mitad de precio porque se ha roto el ascensor y hay que subir por la escalera. Cargo mis doce kilos hasta el piso diez, y el premio al esfuerzo existe, porque mi cuarto tiene una ventana.

En Padre Burgos las calles están atragantadas de ruido, música, autos, bares, salas de masajes, prostitutas y hombres que ofrecen viagra, cialis y anabólicos a cualquier alma que se cruce. A las once de la noche, en el bar que está junto al hotel, hay unas ocho chicas con minifalda y sin soutien balanceándose con desgano en una pista. En los sofás que rodean la pista los hombres miran y a veces levantan una mano. A veinte centímetros de mi cerveza hay una chica sentada sobre la falda de un japonés. Le da la espalda y el japonés, muy joven, la merodea con lujuria lenta, bien sedoso. La chica tiene pechos pequeños y erguidos y el pelo lacio le cae por la espalda como un curso de agua limpia.

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No voy al cementerio chino, donde dicen que las tumbas tienen baño y aire acondicionado, pero sí voy al barrio chino, un sitio lleno de verdulerías que venden fruta cara, farmacias que venden remedios chinos, y tiendas que venden imágenes de Buda y de perros Fu que llegan a costar miles de dólares. Yo compro un objeto irresistible: un hongo de plástico rojo sobre una base negra, una cosa deforme y hermosa que me entregan en un estuche que parece muy caro. Arrastro mi hongo desde el barrio chino hasta la plaza Miranda, un sitio neoapocalíptico donde ríos de carne humana se mueven entre edificios grises bajo las ubres pesadas de los cables comprando ropa y zapatos, jugos y comida, flores y muebles, pescado seco y mangos dulces. Regreso al hotel en un taxi que pasa por el corazón de un barrio tremebundo. El taxista va con la ventanilla baja, escupe y eructa, y yo me impongo un pensamiento barato acerca del relativismo cultural y del derecho que tengo, o no, a que el tipo me dé un poco de asco.

Al día siguiente, me voy a Boracay.

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El avión es pequeño y un mal augurio: está repleto de familias que van a pasar un fin de semana a Boracay, el destino de playa más conocido de Filipinas. Las familias chillan cuando el avión despega, chillan cuando hay turbulencia, chillan cuando el avión aterriza, chillan cuando aparecen sus maletas por la banda transportadora del aeropuerto. Después de tomar un triciclo –esta vez una moto con un carro adosado para los pasajeros-, un bote y otro triciclo, llego a un hotel que tiene cama, agua caliente, un televisor, un armario de madera y una lista de cosas que no pueden hacerse pegada en la pared: fumar donde no hay ceniceros, secarse con las toallas o dormir sobre las sábanas si uno se ha hecho un tatuaje con henna. De la canilla del lavatorio y de la ducha el agua sale con olor a cloaca.

El sol ya está bajo cuando llego a la playa y, apenas pongo un pie, me quiero ir. Se llama White Beach y consiste en dos o tres kilómetros de arena blanca pero el problema es todo lo demás: la calle que la recorre, repleta de hoteles, restaurantes, bares, casas de buceo, tiendas, carpas, poltronas, personas que gritan, beben, se amontonan, compran, comen y se hacen masajes –y tatuajes con henna- entre música a niveles que no dejan respirar y malabaristas transexuales que arrojan kerosene y fuego por la boca. Me voy a dormir pensando que mañana estaré en otra parte.

Pero me quedo quince días.

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Los amaneceres en Boracay deben ser espectaculares, pero yo nunca veo uno. Me despierto, contra todas mis convicciones, a las siete de la mañana, cuando el ruido de la poda de los árboles del jardín (que parecen tener un follaje infinito) empieza a ser insoportable y el sol ya está alto. Desayuno mirando la piscina y luego voy a la playa, a una zona que llaman estación tres. La estación tres es parte de White Beach pero no hay nadie y las razones son un misterio. La arena es estupenda, el agua es calma y para llegar sólo hay que recorrer docientos metros en dirección contraria a la multitud. Yo paro cerca de la Carinderia Michaella, un comedero en el que Rodney, el hijo de la dueña, cocina lo que los comensales eligen -de bandejas en las que se exhiben pescados y pollo- en una parrilla que llena todo de humo. Pero en la Carinderia Michaella las cosas cuestan la mitad que en otras partes y por eso la gente soporta el humo, el malhumor de la madre de Rodney y los embates de Michaella, una niña ínfima con alma de diablo a quien su madre se empeña en vestir bien aunque ella se empeñe en jugar como una cabra loca y ensuciarse las crenchas con arena. Yo voy allí porque me gusta cenar con los pies hundidos en la arena, y porque Rodney se ha ofrecido a cocinar los pescados que le lleve.

Sobre la calle principal, a unos trecientos metros de la playa, hay un mercado -Di Talipapa- donde todos los días compro mangos, paltas, piñas, papaya y pescado. A la noche llevo el pescado a la Carinderia Michaella para que Rodney lo cocine. Una noche se acerca diciendo que el atún rojo que le llevé está en mal estado y que, si lo como, podría enfermarme. Desde ese día empiezo a comprar pollos al spiedo en un puesto de la calle. Tienen el tamaño de una paloma y los como en el hotel a los pies de la cama, mirando viejas películas de James Bond en las que actúa Roger Moore.

La vida es un plan simple. O puede serlo, de a ratos.

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El barco es chico, y lo conducen un padre y su hijo. En quince minutos está al otro lado de Boracay, en un sitio que llaman Crocodile Island y que promete buenos arrecifes. Apenas llegar recuerdo por qué no hago estas cosas: cosas de turista. En Crocodile Island hay docenas de barcos y de cada uno han bajado quince personas y el mar hierve. Pero ya estoy allí, y me sumerjo. Lo que hay bajo el agua no es asombroso pero hace rato –cuatro, cinco años- que no me asomo a un arrecife de esta parte del mundo, y resulta una experiencia tan intensa como cuando uno pasa mucho tiempo sin ir al cine y, un día, va. Los corales están muertos, rotos por las anclas, pero aquí y allá hay cardúmenes de peces, algún coral muy vivo, anémonas. Después de un rato quiero regresar al bote y me doy cuenta de que no sé cuál es. Estoy perdida, enterrada en el agua hasta el cuello, en medio de lo que parece una terminal de buses el día previo a la Navidad. Doy vueltas hasta que veo a un muchacho de gafas negras que agita la mano gritando “Mister, mister, here”, y reconozco la quilla violeta del barco que me trajo hasta aquí.

La costa de la isla está repleta de cavernas donde el agua se refleja como una pupila de color lavanda. Cuando pasamos por una playa amplísima, blanca, vacía, pregunto qué es eso y me dicen que eso es Puka Beach.

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Puka es el nombre de un caracol típico de la zona y es, también, el nombre de una de las playas más hermosas del mundo. Queda a veinte minutos en triciclo desde White Beach, pero nadie va. La arena es blanca, el mar extático y la selva una fiebre verde cayendo desde los riscos. A veces llegan barcos repletos de turistas que bajan entusiasmados (la visión del paraíso siempre embriaga) pero rápidamente los cansa la desolación, la ausencia de música y de bares, y entonces se van. Yo no. Yo permanezco.

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Boracay, como casi cualquier rincón de Filipinas, está repleta de occidentales y cada occidental –en diversos estadíos de edad y de guapeza- lleva a su filipina de la mano. Si yo hubiera venido aquí como periodista sería capaz de contar, ahora, cómo funcionan esas relaciones, por cuánto tiempo se establecen, de dónde vienen esas chicas, hacia dónde van esos señores, cómo se paga y qué. Pero no tengo ganas de averiguar nada y me limito a contar lo que veo, que es la peor forma de contar: sin entender. En el hotel hay un hombre de unos 55 años, carpintero, canadiense, que está con una muchacha a la que presenta como “la dulce Gina”. El y la dulce Gina han estado en la isla de Cebu, comiendo con el padre y la madre y la hermana de la dulce Gina, y dice que gracias a la dulce Gina este ha sido un viaje maravilloso que no olvidará cuando regrese a su casa, de donde espera partir el año próximo para conocer la India. La dulce Gina asiente y dice que él es un caballero y que a sus padres les ha caído muy bien. Yo no entiendo nada pero me limito a sonreír y me quedo admirando la piel de los labios de la dulce Gina, que es realmente una muy linda piel.

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Todos opinan: que El Nido, al norte de Palawan, es lo mejor. Que Coron es mucho más bonita porque es más salvaje. Que Bantayan, al norte de Cebu, es perfecta. Que Bohol. Que Negros. Que Camotes. A veces, cuando reviso el mapa y veo las siete mil islas, me siento como cuando entro a un centro comercial gigante en una ciudad desconocida. La acumulación –de cualquier cosa- me abruma. Quiero decidir rápido, quiero saber exactamente dónde debo ir.

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El día está nublado y, en medio de un calor de incendio, camino más de dos horas hasta una cueva de murciélagos. Atravieso poblados, huellas entre pastizales y un breve sendero de selva. Finalmente, la cueva no es cueva sino un hoyo tenebroso que se hunde en la tierra y del que brota un chirrido fúnebre. Me voy como he venido –sin ver nada- y tomo un desvío hacia una playa pequeña llamada Illig Illigan. Me quedo leyendo y mirando las formaciones calcáreas que brotan del mar espeso y me pregunto por qué caminé dos horas hasta un sitio repleto de los únicos animales de la creación que me producen un pánico cerval. Quizás por eso.

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Cada atardecer la playa parece un set de fotografía. Todo el mundo se toma fotos con cámaras profesionales, trípodes sofisticados, enormes zooms que compran en Honkg Kong, que está a dos pasos y que cuesta poco: tres días con sus noches en un hotel cuatro estrellas y pasaje aéreo se consiguen por 400 dólares. Muchos van a hacer sus compras como quien parte por el fin de semana a Punta del Este.

Cada noche los restaurantes de la playa exhiben en larguísimas mesas pescados varios, calamares, langostinos y langostas de tamaño jurásico. Las langostas no se venden tan fácil y, si se presta atención, se puede ver que las más grandes reaparecen noche tras noche en las mismas bandejas sin hielo. Me digo que nada de todo eso puede estar en mal estado porque, si no, la calle sería un vomitorio. Y no es.

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Corro descalza por la playa. Cuando regreso al hotel veo que tengo las plantas de los pies cubiertas de petróleo. Me pregunto en qué clase de persona me estoy convirtiendo si no me di cuenta de que he estado caminando sobre medio centímetro de petróleo las últimas dos horas. Recojo un trozo de jibia y me raspo las plantas, pero quedan restos que terminaré de remover con el paso de los días y con la ayuda de un jabón para lavar la ropa que parece un jabón para destruir la ropa hecho para sacar petróleo de los pies.

Me digo que tengo que irme porque, si no, no me iré nunca. No hay nada más peligroso que la comodidad. Entonces me voy a Cebu.

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El avión llega a Cebu temprano en la mañana. Tomo un bus de cuatro horas hasta un puerto llamado Maya y, de allí, un bote de una hora hasta la isla de Malapascua. En el bote van dos chicas israelíes de 23 años. Recorren los mejores sitios de buceo de Asia, llevan mochilas ínfimas y tienen esa clase de buena disposición –todo lo pueden comprender, todo les parece formidable- que a mí siempre me ha parecido una forma primermundista de la condescendencia. Cuando llegamos preguntan cuál es el hospedaje más barato de la isla. Alguien les da un nombre, y ellas saludan y se van. Yo, en cambio, demoro una hora y media en conseguir un cuarto con agua caliente y una cerradura firme. Al día siguiente paso por el sitio en el que se hospedan, pregunto precios y pido ver una habitación. Quedo admirada. No cualquiera decide que un calabozo es un buen lugar para pasar las vacaciones.

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Malapascua es una isla que se recorre en dos horas a pie. Yo quería venir aquí, entre otras cosas, por eso. Me gustan las islas donde hay nada para hacer excepto leer, caminar y mirar las cosas que hay debajo del agua. Malapascua es uno de los mejores destinos de buceo del mundo, un lugar salvaje donde hasta hace poco no había luz eléctrica. El agua de las cañerías es agua apenas desalinizada y no hay hoteles de cadena ni restaurantes de lujo. Las casas son una cruza ornitorrinca de vivienda con basural: un par de habitaciones endebles junto a una montaña de pañales, cáscaras de cocos, botellas de plástico, pescado. Los gallos de riña están por todas partes, la cola en pompa, la rabia en el pico. En las mañanas cantan al unísono y eso puede ser –y a veces es- desesperante. Pero yo siempre soy feliz en una isla.

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Buscando llego a una casa que se anuncia como cybercafé y tiene tres computadoras. Para que funcionen hay que ponerles monedas. Cada vez que meto una moneda recibo una descarga de electricidad. Por las noches, en los restaurantes que balconean sobre la playa, los europeos y los gringos se sientan munidos de tablets y blackberrys y pasan ratos inmensos sin levantar la vista y sin hablar entre sí. Un día alquilo el barco de un padre y dos hijos –el más pequeño ha fabricado un arpón con el que caza peces que en cualquier acuario costarían docientos dólares- y voy a ver el arrecife, y en todas partes –en torno a una roca, en torno a un barco hundido, en torno a una plataforma para reabastecer equipos de buceo- el mar se prodiga en medusas de color violeta, morenas, peces payaso, corales laberínticos.

A eso sigue la cola de un tifón que descarga viento y agua. Se suceden días grises en los que camino por la playa mirando los restos destrozados de caracoles espléndidos que deja la marea.

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En el barco de regreso hacia la isla de Cebu, un japonés llamado Nao, de 61 años que parecen 40, se ofrece a llevarme en su auto –que lo espera en el puerto de Maya- hasta Bogo, desde donde puedo tomar un bus a Cebu. Nao conduce su pequeño Honda con prudencia impecable y dice que se retiró a los 48 y que desde entonces recorre siete países por año. Tiene –o dice tener- una casa en Tokyo, otra en Bogo, otra en Cebu, otra en Beijing, otra en Shanghai, otra en Rio de Janeiro, y me muestra fotos y me invita a ir, cuando yo quiera, a todas esas casas. Habla un pésimo inglés. Al llegar a Bogo buscamos la terminal de buses durante un rato. Cuando la encontramos, el autobús de Ceres Lines –aire acondicionado, tres horas hasta Cebu- está a punto de partir. Nao me ayuda a meter la mochila en el maletero, me regala caramelos y se queda mirando y diciendo adiós hasta que el bus se va.

A veces todo permanece inexplicable.

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El bus demora tres horas hasta Cebu y –como casi todos los vehículos a los que me he subido en el último mes- parece a punto de chocar dieciocho veces. El viaje termina en la terminal Norte de Cebu y, de allí, voy en taxi hasta la terminal Sur desde donde debo tomar un bus de tres horas hasta Moalboal, en el otro extremo de la isla. Los buses a Moalboal salen de la puerta nueve, en la que hay una multitud haciendo fila. Cada vez que un bus estaciona, la gente se abalanza, arroja sus bultos por las ventanillas y emprende una lucha cuerpo a cuerpo para subir. Después de esperar un rato, un maletero me indica que mi bus es el próximo. Cuando aparece, tomo la mochila, la arrojo a los pies del maletero y me sumerjo entre los cuerpos que luchan por entrar. Cuando subo, encuentro un sitio libre y me siento. Pero entonces veo que el maletero me hace señas frenéticas: este no es el bus, sino el que viene. Salir es todavía peor. Camino sobre los asientos, piso gente, bajo y vuelvo a abrirme paso hasta la puerta del bus correcto. El forcejeo se repite y encuentro un asiento junto a un tipo que lleva un gallo. El maletero me hace una seña de aprobación y le paso la propina por la ventana.

Las luces del bus son mortecinas y ya es casi de noche. El pasillo está bloqueado por gente -sentada en asientos desplegables- y en el televisor pasan una película de simios, sin volumen y sin subtítulos. Por la ventana veo casas de madera, luces famélicas, ciudades con mercados rutilantes. El bus llega al Moalboal a las nueve y estaciona frente a una farmacia. Desde allí tengo que tomar un triciclo hasta la playa, Panangsama. Me subo al de un hombre de bigotes mexicanos, llamado June. Por el camino recoge a su mujer y a su hijo que se montan con él en la moto. Veinte minutos más tarde, se detiene frente a un hotel en un poblado dormido. Hay viento y empieza a llover y se escuchan las olas golpeando contra un risco, pero al día siguiente, cuando despierto, sobre la corteza de un árbol que se ve desde la ventana, caen rayos del sol.

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Alquilo una moto a cinco dólares y, en las tardes, salgo a mirar. Hay mercados, carnicerías, puestos de verdura, farmacias, arrozales, granjas, zapaterías. Siento que estoy, por primera vez en semanas, en un sitio real. Un día, en la ruta, me cruzo con un grupo de personas que corren detrás de algo que parece un carro. Cuando me acerco veo que es un ataúd sobre un catafalco con ruedas. Los corredores empujan el ataúd y los sigue una camioneta pequeña, cargada de gente. El cortejo se desvía hacia un poblado y yo decido extremar mi método: no seguirlos. No ver.

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Paso por arrozales, paso por un estadio para riñas al que parecen haberle arrancado un pedazo a mordiscones. Veo un árbol del que cuelgan miles de hojas de papel en las que la gente escribe sus deseos. Buscando un jardín de orquídeas doy con un criadero de gallos; el dueño hace pelear a dos y me enciende la sangre ver esa batalla cruel que ya he visto muchas veces, quizás demasiadas. Voy a una playa llamada White Beach -los filipinos no tienen imaginación para el bautismo- y camino mirando las escolopendras monstruosas que quedan atrapadas entre las piedras con la marea baja.

Y todas las mañanas bajo al mar.

Todas las mañanas bajo al mar.

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A cien metros del sitio donde duermo y desayuno, en un mar sin playa y sin orilla, hay lo que no tiene olvido. Tortugas gigantes, coral flamígero, peces como flores incendiadas. Aunque el agua está repleta de medusas que me hacen arder la piel, aunque tengo frío, aunque tengo fiebre, día tras día me sumerjo en ese mundo de sexos helados, de escamas, de venenos. Persisto en ese empeño porque no he venido aquí a buscar nada y, sin embargo, sé que aquí he encontrado alguna cosa. Que me guardo.

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Ceno todas las noches en un restaurante vacío. El parrillero, que viste shorcitos de jeans y se peina con trenzas, se llama Reynaldo. Siempre pido lo mismo: pollo con sal y limón, ensalada de pepinos. Después voy a tomar cerveza al bar donde atiende Evelyn. El bar queda en una esquina, las banquetas de la barra están sobre la calle y hay algo en eso, en esa ausencia de fronteras, que me resulta irresistible. Evelyn es hermosa y altiva y dice que se marchará a estudiar hotelería a Cebu. Cuando paso y la veo conversando con clientes, sigo de largo. No tengo idea de cuales sean los negocios de Evelyn, pero prefiero dejarla en paz.

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Un día entro al mar y sé que va a ser la última vez. El agua se abre como una tela fuerte y precisa. Nado sobre el arrecife, lo cruzo y, cuando llego al filo, me calzo la máscara y miro la ladera del abismo, la profundidad azul y tenebrosa. Y empiezo a decir adiós a todas esas cosas. A cada una.

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La mañana de un celeste puro en la que me voy subo a una van para seis donde embuten a doce. Llego a la ciudad de Cebu mucho antes de la partida de mi vuelo hacia Manila y le pregunto a un taxista cuánto me cobra por dar unas vueltas sin rumbo. Me dice que diez dólares. Me lleva a mercados. Me lleva a una plaza. Me lleva a una iglesia. Me lleva a un templo chino. Cuando le digo que necesito comer, me lleva a un Mc Donalds. Del espejito retrovisor del auto cuelga su licencia y allí se lee su nombre: Antecristo, Bienvenido E.

Dos días más tarde, en la fila de migraciones del aeropuerto de Manila, hay cuatro o cinco ventanillas con muy poca gente, y una frente a la que se agolpa una multitud. Sobre esa ventanilla un cartel dice: “Sólo para Filipinos viviendo en el extranjero”. Así es como me voy de ese país sin entender nada. Sin querer buscar explicaciones.

Diario de Alcalá

Publicado: 22 febrero 2013 en Leila Guerriero
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Haití tiene una sola cama. Es oscuro, caliente, pequeño, con una ventana cuyo postigo solo se mantiene abierto si se lo aprisiona con la puerta del armario en el que hay tres perchas y una manta. Madrid, en cambio, es luminoso, tibio, amplio, tiene dos camas y un armario con diez perchas y tres mantas. Haití y Madrid son los nombres de dos de los cuartos de la residencia universitaria donde me hospedo en Alcalá de Henares. Hay otros, y llevan nombres como Teruel, Puerto Rico, Sevilla. Pero a mí, apenas llegar, me hospedan en Haití y, como no tiene wifi, pido que me cambien y me cambian a Madrid. Así, en minutos, acarreo computadora, libros y maleta desde el hoyo oscuro, caliente, pequeño y destecnologizado de Haití al paraíso luminoso, tibio, amplio y tecnológico de Madrid, donde pasaré un mes. Y, mientras camino de una habitación a otra, pienso que alguien —un hombre, una mujer— vino aquí, vio los cuartos, decidió: “Este es Madrid, este es Haití”. Y me digo qué vicio, qué manía: la de ver, en todo, otra cosa. La de ver, en todo, una metáfora. Después, esa misma noche, comento en un bar, con un grupo de gente, el curioso reparto de nombres: Haití un pozo oscuro, Madrid un prado luminoso. Todos me miran extrañados y uno de todos me dice, con encogimiento de hombros: “Llevo años trabajando allí y ni me había dado cuenta ¿Quieres otra caña?”.

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Estuve en Alcalá en el año 2004. No lo sabía antes de venir pero lo recordé cuando vi la plaza. Entonces, busqué en mis archivos y encontré lo que escribí después de aquel viaje:

“Junto al hospital de Antezana, donde cuenta la leyenda que el padre de Cervantes se desempeñaba como cirujano sangrador, está el Museo-Casa Cervantes, una vivienda con patio y dos pisos en galería, donde se supone que nació don Miguel. (…) En la puerta, sobre la calle Mayor, varios adolescentes se toman fotos sentados en la falda de una estatua del Quijote mientras envían mensajes de texto a sus amigos que vacacionan en el Mediterráneo. A pocos metros, Tribal Body Piercing promete tatuajes y piercings en todas las zonas: nariz, veinticuatro euros; cejas, veintiocho; pezón horizontal y vertical, veintiocho; lengua, treinta; nuca, treinta; genitales, consultar precio. En el patio de la Facultad de Humanidades, que depende de la universidad de Alcalá (…), los estudiantes expresan su protesta contra la decisión del Consejo de Coordinación Universitaria según la cual carreras como Historia del Arte, Humanidades y Geología dejarían de existir por falta de salida laboral: allí el ingenio universitario montó una instalación de dólares falsos pendiendo sobre la consigna ‘Primero extinguieron mi carrera/ Más tarde profesionalizaron mi mente/ Después quemaron mis libros/ Solo me dejaron dinero’. La consigna, tan primer mundo, estruja un poco: da pudor”.

Ahora, seis años más tarde, abril, 2010, camino por Alcalá hasta el hospital de Antezana y ahí están: las esculturas de Quijote y Sancho, el tattoo piercing, los mismos precios. Imagino que eso que llamamos progreso es, a veces, tan solo una idea de permanencia, de estabilidad.

(Tomo nota de que en la universidad ya no hay carteles. Primero pienso que debería preguntar qué sucedió con aquella decisión del Consejo pero después pienso que, en medio de la crisis de la que todo el mundo habla, aquello de “Solo me dejaron mi dinero” ya no debe ser tan buen argumento, sonar tan despechado.)

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Me fijo más en otras cosas. En que no hay viejos más viejos que los viejos de Alcalá. No deben tener más de setenta pero caminan despacio y visten ropas rígidas, adustas. Hace años que no veo viejos así: viejos que fueron siempre viejos, viejos que no tuvieron juventud.

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Haití es pobre, pero tiene vista a un patio.

Madrid es rica, pero tiene vista a una pared.

Pobres, pero con vista.

Qué pensamiento barato.

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Después, un día, espero en un semáforo junto a una pareja de viejos. Él usa una campera oscura, triste, pero cuando la miro de cerca veo que es de Lacoste.

Los primeros días de todos los viajes, siempre iguales: armo mi mapa, busco los sitios en los que compraré agua mineral, comeré algo, conseguiré el diario. Ahora son las cinco y media de la tarde y busco un locutorio. Pregunto a una mesera y me dice “A la vuelta”. Pero voy a la vuelta y el locutorio cerró hace un año o dos. Vuelvo a preguntar y me dicen que a dos cuadras. Pero voy a dos cuadras y no quedan rastros. Lo mismo, siempre, en todas partes: excepto en barrios de inmigrantes, Europa asume que nadie necesita un teléfono ni una computadora porque todo el mundo tiene uno, una. Pregunto, entonces, por la estación de trenes, y allí, en los alrededores, encuentro de todo: locutorios, sitios donde venden tarjetas telefónicas, kioscos, verdulerías, panaderías con sánguches apabullantes, negocios de comidas árabes y checas, negros hablando a gritos por celular en un inglés alarmante calzados con botas de cuero de alguna imitación muy muerta, tres supermercados chinos, muchas cafeterías baratas. Pienso: un mundo parecido al mío. Un mundo posible.

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(Después, cuando les cuente a algunos habitantes de Alcalá las pequeñas historias que sucederán en esas cuadras, preguntarán sorprendidos dónde encontré cosas como esas: un bar llamado La Oficina, un locutorio atendido por una rubia endemoniada, un salón donde los viejos inmigrantes bailan merengue y chachachá. Llevan años en esta ciudad, pero no van por ahí o, si van, ven otras cosas.)

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—Perdón, ¿sabe dónde puedo comprar agua mineral por acá cerca?
—Como yo digo: como no te vayas al bar. No ha quedado ninguna tienda de alimentación por aquí.

El tipo de la casa de fotos lo dice de una manera rara: como si yo tuviera la culpa de que no haya quedado ninguna tienda de alimentación por aquí.

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Es humillante. La cantidad y la variedad de la comida es humillante. Orejas de cerdo, arroces con costra, pescados, cocidos, guisos, cazuelas, tapas, tortillas, pinchos. En el pequeño mercado municipal la fruta no se vende: se exhibe. Parece puesta para dar envidia.

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—Vete por ahí, cariño.
—Listo, amor, me llamas.
—Cariño, vente, vente con nosotros.

Me dicen cariño, me dicen amor. Y yo, como una imbécil, me lo creo: que mujeres y hombres que no me conocen, que nunca volverán a verme, me quieren, se preocupan por mí.

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El tren de cercanías sale con una puntualidad que me avergüenza, porque le desconfío. Los carteles dicen que va de Alcalá a Atocha y Recoletos y aseguran que sale en tres, en dos, en un minuto, pero le desconfío. El tren, por supuesto, sale a horario, y yo siento que esa puntualidad, tan previsible, despierta en mí un eco de lejana desazón.

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No conozco Madrid. Conozco una ciudad que para mí es Madrid y que está hecha con trozos de Chueca, Lavapiés, algo de la Gran Vía y la puerta del Sol, la Plaza Mayor, el Paseo de la Castellana, Salamanca, Ventas. No conozco Argüelles, no recuerdo la plaza de toros, aunque sé que estuve. Madrid empieza a ser, como Bogotá, como DF, una ciudad que no conozco con rincones que conozco bien: una ciudad inventada. Como todas.

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Regreso a Alcalá desde Madrid en bus. Son las dos de la mañana. El bus está lleno de gente que recién sale del trabajo: empleados, enfermeras, artesanos. Un hombre borracho quiere subir, el chofer le pide que se baje. Todos se amotinan (indignados, gritan que quieren llegar rápido a casa) pero son dos negrazos los que se ponen de pie, lo encaran, le dicen en un español truculento: “Báhate o te empuho, hombe. Te empuho ió, sí, no mires”. El hombre se baja, el bus sigue. Detrás de mí una vieja le cuenta a otra la receta de una lasaña y le dice que debería llamar a Conchis, la pobre Conchis de la gasolinera, que no se le dilata el estómago y hace meses que no come. La otra, entonces, le pregunta: “¿Pero se puso buena o ya se murió?”.

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Un día entiendo qué es lo que pasa con los viejos: uno no espera encontrar a estos viejos en España. Estos viejos —austeros donde reina el consumo, antiguos donde manda el diseño— no son viejos de acá. Son viejos que vienen de un pasado que no existe. De un pasado que, hoy parece, nunca existió.

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La residencia de la universidad funciona en el Colegio de San Ildefonso y, junto a la residencia, hay una puerta que da al paraninfo. Allí, en ese paraninfo, se entrega —se va a entregar en unos días— el premio Cervantes. Por algún motivo eso —el hecho de que la puerta esté tan cerca, el hecho de que le estemos durmiendo casi encima— a muchos les parece excitante.

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Iré a Zimbabwe desde España, en un mes.

Ahora prefiero pensar que estos días plácidos no terminarán nunca. Que siempre tendré este cuarto caliente, conexión a internet, agua mineral junto a mi cama. Será que la patria son las rutinas, no otra cosa.

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Por primera vez, desde que estoy en España, hablo con un tipo que está, de verdad, en crisis. Es el guardia que cuida la entrada de la residencia y, aunque ahora trabaja en una empresa de seguridad, tuvo una financiera y lo pasó muy bien hasta que 2009 —la crisis— acabó con su vida tal como la había conocido. Me dice que, de todos modos, en dos años podrá dejar este trabajo, poner una consultora, y entonces todo volverá a ser como antes. Yo pienso en lo que nosotros, en la Argentina, llamamos crisis —esa cosa que te hunde de una vez y para siempre, a vos y a tus hijos y a los hijos de tus hijos— mientras el tipo sigue contando que tiene su casa y su autito y que nunca dejó de tomarse vacaciones en la costa porque vivir no se vive dos veces, y yo pienso que en la Argentina vivir, lo que se dice vivir, a veces ni siquiera una.

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Termino una nota para La Nación, la mando. Son las seis de la tarde, hay un sol de justicia, saldré a correr. La tentación de pensar que esto bastaría: una habitación modesta, una ciudad pequeña, correr unos kilómetros al fin de la jornada.

Pero sé que no.

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Cené en una parrilla argentina. La mesa de al lado estaba ocupada por dos checos, una checa, niños. La mesera argentina, amabilísima, empezó a darles consejos acerca de cómo conseguir trabajo y fue un momento intensamente triste porque todos la miraban —a ella— con esperanza.

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Ayer en Madrid, hoy en Alcalá: los fines de semana hay, en la calle, una multitud espeluznante. Las fondas de Alcalá estaban llenas a mediodía y lo están aún pasadas las diez de la noche. La gente bebe, grita, come tapas, refritos, revueltos, panes, fuma. En medio de todo ese desborde me siento inclinada a cierta modestia de costumbres.

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Domingo. No muy tarde. Voy hasta el locutorio de la estación a llamar por teléfono. Cuando regreso, un tipo que antes me había pedido un céntimo me encara otra vez: “Dame un céntimo”. No tengo, le digo. El tipo me pega un codazo brutal en el costado. Me susurra: “Te mueras”. Me doy vuelta por instinto, ni sé para qué, y susurro un insulto que quizás no entienda. Dentro de mí reverbera eso que conozco: una violencia que, si saliera, me mataría o haría que me maten.

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Los chinos regentean los sitios que venden golosinas y gaseosas. Los pakistaníes y los checos, los locutorios. Los árabes, algunas casas de comidas. Me detengo delante de una inmobiliaria. Veo los precios. Unos pisos precarios, de ochenta metros cuadrados, cuestan doscientos cuarenta mil euros.

¿Dónde vive la gente? ¿Cómo?

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Ayer en la noche, caminando hacia la estación, una vieja viejísima, encorvada, del bracete de la que debía ser su hija, dijo:

—Con todo eso que han puesto, los satélites y no sé qué leches.

Y se rió, con una picardía de quince años.

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Por la mañana, en la cafetería de un hotel que está frente a la residencia, una mujer vieja, muy arreglada, lee el periódico. Al rato llega una amiga. Hablan de albóndigas, del potaje que no se descongela. La que llegó más tarde saca de la cartera una Barbie, unos vestidos en miniatura, y anuncia que ha montado una empresa de ropa para muñecas. La otra la felicita.

—Y fíjate qué bien te queda, eh —dice, admirada.

Es como si la vida, aquí, nunca fuera del todo en serio. Como si siempre hubiera tiempo para algo más.

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Ya sé qué pasa con los viejos: se dejan ver. En Buenos Aires los viejos no quedan con amigos, ni pasean del bracete con su esposa, ni toman helados o café. En Buenos Aires los viejos no salen de su casa. No tienen con qué.

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Las inmobiliarias anuncian cosas impresionantes. Un pisito de setenta y dos metros cuadrados cuesta doscientos cuarenta y cuatro mil euros. O sea que a un tipo que en la Argentina ganara, digamos, seis mil pesos por mes —y si destinara a eso todo su salario—, pagarlo le tomaría más de veinte años. Terminaría cuando tuviera edad para mudarse a un sitio más grande, por aquello de la movilidad social. Si es que hubiera, claro.

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Una escena desde la ventana de mi cuarto: tres autos detenidos, esperando detrás de un camión que carga containers de basura. Nadie grita, nadie se queja, nadie toca bocina. El conductor de uno de los autos baja las ventanillas, pone música, enciende un cigarro. Cuando los operarios terminan, el camión se pone en marcha y los autos retoman su camino. El asunto ha tomado más de quince minutos. Quizás veinte. Será eso la civilización: una cierta paciencia.

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Caminando por la calle, luego de un almuerzo, uno de los profesores de la universidad dice que él no cree en nacionalidades. “Yo solo creo en los barrios.” Es una de esas frases que querría haber dicho (pensado) yo.

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Siempre me impresiona cómo, en Europa, se vive con naturalidad en ciudades que son monumento histórico, patrimonio de la humanidad, reliquia pura. Cómo la gente camina sobre calles centenarias y apoya el culo en bancos de iglesias de mil años y estudia en aulas antiquísimas. En Latinoamérica si todo esto nos rodeara, le estaríamos poniendo cordoncitos y un cartel que dijera no pasar. Recuerdo, de pronto, Dubrovnik o Split, y esa sensación de pisar piedras como si uno estuviera mancillando alguna cosa.

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Lo más desconcertante de estar en una ciudad extraña es que, a ciertas horas, todo el mundo parece saber a dónde va. Menos uno.

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Un taxista, en Madrid, me cuenta con todo detalle la estrategia horaria que tuvo que montar para ver, hace algunos años, una exposición de Velázquez en el Prado que lo obligó a hacer cuatro horas de cola. Después me habla de sus planes para ir a la muestra de los impresionistas que auspicia Mapfre y donde siempre hay filas de tres cuadras. Le pregunto si le gusta la pintura. Dice “Bueno, no especialmente”.

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En tren a Madrid. Sube un rubito con ropa de gimnasia negra. Otro, vestido de rapper, lo mira mal. Cuando en la siguiente parada se abren las puertas el rubito baja y corre, decidido, hacia una reja de cuatro metros. Apoya el pie en el tapial y salta. Me gusta esa certeza en la falta de límites. La misma certeza, claro, que lo transforma en un peligro vivo.

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En Madrid, con los taxistas, el tema suele ser la crisis. En un trayecto entre el diario El País y Atocha un taxista me dice cosas como “Es que cuando no hay trabajo, no hay trabajo”. “Es que cuando no se puede pagar la hipoteca, no se puede pagar la hipoteca.” Me divierte esa tozudez que no deja espacio para rebatir. “Es que cuando aquí llueve, aquí llueve”, dice, cuando ya bajo.

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Alcalá tiene una calle llamada la calle Mayor, que continúa a la calle de Libreros. Hay, allí, negocios apretados, uno junto al otro. Eso es, para mí, Europa: ese abarrotamiento en el que caben una casa de alta costura, una mercería que ofrece bragas de abuela, un kiosco de chinos, una peluquería toda Kérastase, una bombonería fundada en 1846, tres tiendas que venden vestidos para novias y la casa de Cervantes.

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En el tren a Madrid un nene llora. Se tapa la cara con las manos y grita, con total desesperación, por qué por qué por qué por qué. Me dan ganas de decirle que no se gaste, que nadie sabe por qué

Por la noche ceno en un restaurante argentino que se llama El churrasquito. Los meseros son argentinos, el tipo de la caja es argentino, pero el ruido es el volumen universal del español: ocho grados por encima del grito. En una mesa hay dos parejas. Una de las mujeres dice, indignada, que parte de la crisis se debe a que los inmigrantes tienen más derecho que los españoles. Qué coraje, me digo, venir a hablar de eso en territorio enemigo.

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No escribo desde el sábado y hoy es viernes. El martes escuché la conferencia de un científico que trabaja en el yacimiento arqueológico de la sierra de Atapuerca desde hace veinticinco años. En cada viaje a la sierra él y su equipo se hospedan en Burgos. Alguna vez alguien le preguntó qué hacían por la noche en Burgos y él, muy tranquilo, respondió que iban a la taberna y bailaban con sus chicas.

—Y luego me di cuenta de que nuestras chicas ya tienen cincuenta años. Y que llevamos veinticinco años bailando con nuestras chicas.

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Miro la televisión. Anuncian el estreno del documental más caro de la historia, quinientos millones de euros. Muestran imágenes de ballenas, de morsas y morsitas, de tiburones. Después, el eslogan: “Queremos conocer las galaxias, y aún no conocemos bien nuestro planeta”. Yo no había leído todo Dostoievsky cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Kafka. Y no había leído todo Kafka cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Irving. ¿No es ese discurso una negación de lo que mueve las obras de los hombres: la curiosidad? Los ecológicos. Un grupo de gente desinfectada, caminando orgullosa hacia un futuro sin riesgos.

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El ruido que tiene el poder no es el de las trompetas, ni el de los bombos, ni el del aplauso. El ruido que tiene el poder es el que producen cientos de culos vestidos con ropa cara, levantándose de sus asientos en el exacto momento en que entra una majestad.

Su Majestad el Rey Juan Carlos entra en el paraninfo para la ceremonia de entrega del premio Cervantes a José Emilio Pacheco y, sin necesidad de que nadie dé una orden, acompaña a su entrada ese ruido triunfal.

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Noticias desde Zimbabwe. Me dicen que no hay luz, así que compro una linterna. La pago cuatro euros.

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Una camioneta recorre Alcalá anunciando la llegada de un circo. Circo Coliseo, treinta animales en escena, dice por megáfono una voz con acento italiano. La carpa del circo, que vi ayer mientras corría, es cremosa, elegante, a rayas azules y blancas. “Elefantes, impalas, leones, y lo nunca visto: cerdos amaestrados”, dice la voz, y yo me digo que tengo que ver eso: lo nunca visto. Pero después no voy.

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Sábado en Madrid. Los bares rebosan, los restaurantes rebosan, las taperías rebosan, la Plaza Mayor rebosa, los negocios de ropa rebosan, las tiendas de discos rebosan. Recuerdo nuestro año peor (2002, aunque fueron tantos), cuando nadie salía a la calle, cuando nadie se atrevía a comprar nada por miedo a la catástrofe que pudiera venir después.

Junto al Mercado San Miguel —antiguo, coqueto, gourmet, lleno de gente— hay tres parejas de mendigos, cada una en su umbral. A eso llamarán su casa. ¿A eso llamarán su casa? Frente a la FNAC hay un grupo de cuerdas tocando Las cuatro estaciones. Las cuatro estaciones debe ser, a Europa, lo que El cóndor pasa es a Latinoamérica.

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Una combinación indescifrable: se entierra a un franquista con honores (Samarranch) un día y medio después de una marcha masiva en apoyo al juez Garzón (que ha metido el dedo en la llaga de los crímenes franquistas).

Qué difícil.

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Por la mañana, en la cafetería de la residencia, Mariano, el hombre que sirve el café, habla con una mujer y dice que las heridas, cuanto más lejos del corazón, más duelen. La mujer dice que ella hace diez días que no aparece porque le han operado la boca.

—Me quitaron piel del cielo de la boca y me la pusieron en las encías. Es maravilloso lo que hacen ahora, Mariano, que ni te cortan.
—A este lo dejaron como a un jugador de fútbol —dice Mariano, señalando a su compañero—. Le pusieron unos electrodos, unos cacharros, y lo dejaron como un jugador de fútbol.
—Es increíble lo que hacen.
—Que sí.

Esa extraña sensación de tener la sensación —todo el tiempo— de que están usando un asombro muy antiguo para asombrarse de cosas no tan nuevas.

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Es martes. Ceno en el restaurante argentino. Hay poca gente, apenas tres o cuatro personas en la barra, y todos miran la televisión. Pasan un programa conducido por una española que recorre Buenos Aires: San Telmo, la Boca. Los mozos, el dueño, la mesera, miran arrobados. La presentadora se acerca a un bebé que está con sus padres, en la mesa de un bar, y le canta: “Yo tengo un elefante que se llama trompita”. Los mozos, el dueño, la mesera, sonríen con una nostalgia horrible y obvia.

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Hay una tienda de ropa, casi al final de la calle Mayor. Paso por allí siempre que puedo porque tienen vestidos fabulosos. Cuestan, en promedio, unos trescientos euros y cambian la vidriera casi a diario. Un día entro a curiosear y pregunto por el motivo del cambio tan frecuente. Me dicen: “Es que no nos duran, los vendemos todos”.

Qué difícil.

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Me invitan a dar una conferencia, en noviembre, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Debo hablar sobre el bicentenario, sobre las relaciones entre España y Argentina. En el minúsculo escritorio de mi cuarto de Alcalá empiezo a tomar notas. Escribo:

“¿Qué es España? Para nosotros, para los argentinos, para los que aportamos con cuarenta millones de habitantes a los trescientos setenta y cinco millones que, en diecinueve países, forman hispanoamérica, ¿qué es España? ¿El sitio del que nos independizamos? ¿El sitio del que venimos? ¿El sitio al que queremos volver? ¿Es la tortilla de papas, las doce uvas a las doce, los toros, el Quijote, Alaska, Almodóvar, Serrat, Sabina, Los héroes del silencio, Tomatito, García Lorca, Góngora, Quevedo, el vino, el Duero, el Tajo, la sangre y la tragedia, una plaza de piedra una tarde de sol, la Rambla, la Guerra Civil, el rey, la reina, el Escorial, Letizia, el Prado, Paquirri, los funcionarios de migraciones de Barajas, Machado, Miguel Hernández, la virgen de la Macarena? ¿El único país de Europa donde hay vida más allá de las nueve de la noche? ¿El sitio del que nos independizamos? ¿El sitio del que venimos? ¿El sitio al que queremos volver?”.

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No pocas veces, más bien varias, esta escena: madres (muy jóvenes) zamarreando críos (muy críos) y diciéndoles cállate, diciéndoles imbécil, diciéndoles eres un bueno para nada, diciéndoles no, no te perdono.

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Me depilo en Malvasol, un centro de estética. Me atiende una chica de veintiún años con ortodoncia de las de antes, con fierritos. Me pregunta de dónde soy. Cuando le digo que de Argentina dice que le gusta mucho viajar pero que no ha salido nunca de su país. Me pregunta qué hago y, cuando le digo que soy periodista, pregunta lo de siempre: si he conocido a algún famoso. Pienso un poco, porque quiero ofrecerle algo decente, y le digo que sí, que hace años entrevisté a Paulo Coelho. Me dice que a ella le gusta Jorge Bucay y me cuenta el cuento de un elefantito —un cuento de Jorge Bucay— que la conmovió. Después me dice que la crisis está fatal, que ella trabaja mucho para ganar poco porque el convenio es malo. Que ha pensado en irse de España pero que le costaría vivir afuera. Le pregunto por qué. Me dice que extrañaría la comida, que acá comen mucho y a toda hora y que por las dudas está estudiando para policía, que es otra cosa que también le gusta.

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La gran noticia, hoy, es el escándalo: el escándalo de la gente escandalizada con Zapatero, que mintió, y que, en vez de decir que los desempleados eran 4.700.000, como son, dijo que eran 4.200.000, como no eran.

Qué difícil.

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En la cafetería del hotel, las mismas señoras conversan. Una dice, con frialdad, que, cuando te vienes vieja, la línea de los labios desaparece, los ojos se hacen más chicos, la piel de aquí te empieza a sobrar.

—Vamos, que no te reconoces.
—No es para tanto —dice la otra.

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La publicó esta mañana el diario La Razón, pero ahora no puedo encontrarla. Era una nota sobre el hospital de Aguascalientes, México, donde le salvaron la vida a José Tomás, a quien corneó aquel toro. El artículo empezaba diciendo que el sitio no era una clínica suiza ni un sanatorio francés, pero que tampoco era tan sucio.

Qué difícil.

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Dejo Alcalá para irme al África pero primero paso por Madrid, donde me quedo en casa de un amigo, en Lavapiés. Un día, recostada contra una columna de la Plaza Mayor, mientras miro a un grupo de baile de Galicia preguntándome si serán todos gallegos, pienso que he escuchado muchas veces en este viaje el argumento de que no se puede cantar tango si se es gitano, ni bossa nova si se es chileno, etcétera. Si siguiéramos el hilito del argumento hasta el final, descubriríamos que tampoco sería posible que un tipo de barrio, argentino y devoto del mate y el fernet, como Julio Bocca, bailara el Cascanueces. Digo, digamos, por ejemplo.

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Una noche regreso caminando a Lavapiés y veo, frente a la catedral de San Isidro, un papel pegado en el piso, enmarcado con cinta scotch, que dice “Colombiano pinta uñas de pies y manos: prolijo”. Hay un teléfono y el papel tiene tiras que pueden arrancarse para llevar. Un tipo que descubrió que la gente camina mirando el piso más que ninguna otra cosa es, además de un genio, un sobreviviente implacable. A lo mejor tienen razón en tener miedo.

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Me voy a Zimbabwe, enferma. Ayer vinieron unos médicos, me inyectaron algo, me recetaron cosas. Para mi escándalo, en la farmacia descubro que una caja de cuarenta comprimidos de alguna de todas esas cosas cuesta apenas dos euros.

Qué difícil.

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Después, Zimbabwe. Por muchos días. Por muchos días.

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De regreso en Madrid paro en un hotel de la calle de San Bernardo. En el hotel han apagado la calefacción hace dos semanas y dicen que no pueden volver a encenderla aunque haga cinco grados: “Pero podemos darle una manta”.

Cada tarde escucho historias tristes en los locutorios de la zona a los que solo acuden bolivianos, brasileños, peruanos: ya no bebas, mi hijito; llámame cuando sepas que estoy en la casa, ¿por qué siempre me llamas cuando no estoy?; cuídame al perro, porfa; es que la niña no quiere hablar contigo, ¿no lo entiendes?, ya no te recuerda. Algunos lloran. Cuando les cuento estas historias a mis amigos de acá se sorprenden: jamás han estado en un lugar así.

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De la puerta de mi cuarto cuelga un cartel. En vez del atildado “Por favor, no molestar”, el cartel dice, en mayúsculas brutales: “No molesten”. Lo leo cada mañana, cuando bajo a tomar el desayuno. A veces pienso que es una forma, no demasiado mala, de empezar el día

Retrato de una dama

Publicado: 12 febrero 2012 en Leila Guerriero
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Suave es la noche.

El departamento, un piso en las calles Libertad y Marcelo T. de Alvear, se abre a una plaza con árboles como capullos frescos. La anfitriona, Fanny Llambi Campbell de Ferreyra -Bebita-, acaba de regresar de un viaje en barco y da, en ese departamento que no es suyo porque desprecia respingadamente la idea de tener casas y vive entre París, Nueva York y Buenos Aires, una fiesta. Corre el año 1952, quizá 1953. Es verano. El ventanal es un paño nítido por el que entra a raudales la noche clara. Hay brisa y el zumbido lento de la ciudad se cuela en ese piso donde criaturas refinadas ríen, fuman, beben.

La mujer entra en cuadro desde la derecha. Camina como si fuera parte de la tierra, con una gracia épica, serena. Lleva una falda azul marino y una camisa de un blanco óptico, de poplín. Su rostro tiene la belleza de lo que no puede repetirse. Las líneas, que ondulan suaves en los pómulos, se transforman en la altiva arquitectura de las cejas, en la vivacidad elástica de la boca, en el carbón de los ojos. Cuando su figura atraviesa el ventanal con gracia distraída, algo, en el íntimo engranaje de esa fiesta, se detiene. Porque la mujer que acaba de rasgar la suavidad de la noche derrama, sobre los que están allí, la sensación eufórica, y a la vez triste, de estar viviendo ya un recuerdo.

Y también está el nombre: Felisa.

Que significa la-que-siempre-está- feliz.

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Felisa Pinto nació en la ciudad de Córdoba el 25 de noviembre de 1931, de padre cordobés -Hernán Pinto, pianista y músico-, madre tucumana -Julia Rusiñol- y se crió en un mundo en el que se mezclaban la intelectualidad y la fortuna, la música dodecafónica y las fiestas en palacios, los apellidos de la más pura vanguardia -la generación de Nueva Música, la del instituto Di Tella- con los de una clase altísima ilustrada cuyos nombres no pueden encontrarse en doctor Google porque doctor Google no llega ni tan atrás ni tan profundo ni tan lejos: ni le interesa. El pasado que vivió Felisa Pinto es un mundo que ya no existe, habitado en idénticas proporciones por tías beatas y el secretario del Partido Comunista Argentino. En equilibrio entre esas dos orillas, Felisa Pinto encontró una profesión -el periodismo- y dentro de esa profesión una especialidad -la moda- que, si hasta entonces había sido tratada como un género menor, ella redefinió con textos que funcionaban -funcionan- como retratos de época, atravesados por una ideología que defiende lo auténtico y celebra la originalidad no pretenciosa cuyo mejor adorno es la simplicidad. Escribió sobre moda -pero no sólo sobre moda- en Primera Plana, en Confirmado, en La Opinión, en La Nacion, en Página 12, redactó el programa de la carrera de Diseño de Indumentaria de la Universidad de Buenos Aires, hizo curadurías en museos. Hasta el día de hoy es voz autorizada y de consulta para una o dos generaciones de periodistas y diseñadores jóvenes y alguien que cree que hacer el epígrafe de una foto de moda es una forma de escribir poesía. Además, claro, de ser una de las mujeres más hermosas de Buenos Aires.

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—Yo soy testigo viva del siglo veinte. No soy el google , entendés. Yo lo viví.

Felisa Pinto enfatiza la ve, violenta y corta:

—Lo vi-ví.

Son las cinco de la tarde de un día de sol. Por la ventana del departamento de dos ambientes se ven una bandera argentina, edificios lejanos. Usa un suéter oscuro, pantalón, zapatos chatos, el pelo carré. En el living hay una mesa baja, tres sofás, una biblioteca y retratos de ella misma, fotos de ella misma, una escultura de ella misma.

—Ése es un retrato de cuando yo tenía cuatro años. Ésa es una cabeza esculpida de cuando tenía 8. Esa foto me la hizo Rolando Paiva. Ésa, Juan Gatti; ésa, Alejandro Kuropatwa; ésa, Ronald Shakespear…

Rolando Paiva es un fotógrafo prestigioso, de origen paraguayo, que murió en París en 2003; Juan Gatti es un artista plástico que vive en Madrid y es responsable de la gráfica de los afiches de las películas de Almodóvar; Alejandro Kuropatwa es un fotógrafo especializado en retratos de músicos y artistas argentinos que murió en 2003; Ronald Shakespear es diseñador, responsable del sistema de señalización visual de la ciudad de Buenos Aires. Al cumplir 60 años Felisa Pinto no hizo una fiesta sino una muestra de sí misma: expuso todas esas fotos -majestuosas- en una galería de arte e invitó a sus amigos, que son muchos, a tomar champagne.

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“Cuando conocí a Felisa yo era realmente joven. Ella, en estos momentos, es más joven que yo. Tratando de encontrar una explicación, creo que el secreto radica en que tiene un cerebro Dorian Gray, y que en algún oscuro altillo de Córdoba hay una pintura de un cerebro que envejece inexorablemente”, escribe Juan Gatti, uno de sus mejores amigos, desde Madrid.

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Las fotos de su bautismo la muestran no en brazos de sus padres sino de su niñera porque así era como se hacían las cosas por aquellos años: sus primas ricas se criaban con misses , frauleins y mademoiselles , y las chicas como ella -de clase alta pero sin fortuna- con institutrices españolas. El 5 de diciembre de 1931, apenas diez días después de haber nacido, ya estaba en Totoral, una localidad del norte de Córdoba. Ella, su hermana menor, su madre, su padre, diecisiete primas, cuatro primos y varias tías beatas pasaban los veranos en el caserón de su abuela materna que compartía calle con el de Rodolfo Aráoz Alfaro, secretario del partido comunista para Latinoamérica, frecuentado por todos los refugiados de la Guerra Civil Española.

—A los del pueblo les llamaban la atención estas dos casas. A la que era de la familia de mi madre, donde estaban mis tías que eran todas de iglesia y misa, le decían el Vaticano. Y a la de Aráoz Alfaro le decían el Kremlin. Así que yo soy el resultado de esa calle. Una mezcla de ideas con mucha conciencia social y cierta concepción cristiana.
—¿Hace mucho que no vas?
—Sí. Pero me dicen que está hecha bola. Me basta con los recuerdos buenos.

En 1937, cuando tenía 7 años, su padre recibió una oferta de trabajo del Ministerio de Educación en Buenos Aires, y allá se fueron. Ella empezó a estudiar en un colegio público y, al terminar sexto grado, la mandaron al Mallinckrodt, privado y alemán.

—Fue un infierno porque las profesoras eran todas monjas alemanas y hablaban mal el castellano. Nos enseñaban matemáticas en alemán y nadie entendía nada.

Habla con precisión de enciclopedia, con comas, con subordinadas, con una pedagogía puntillosa: cada tanto, ante un apellido, deletrea: “Llambi: elle, a, eme, be larga, i”, y, ante una historia con demasiados recovecos y afluentes, se detiene y pregunta: “¿Te interesa?”. A cada rato suena el teléfono pero ella no atiende ni detiene la conversación. Los que llaman son su hermana Maru, la periodista Victoria Lescano o el diseñador de joyas Marcial Berro, que vivió en París trabajando para Hermès y Cloe y que deja un mensaje sintético: “Felisa: Marcial”.

Porque se pasaba el día leyendo, cuando era chica la llamaban “la literata”. Al terminar el secundario pensó en ingresar a la facultad de Filosofía y Letras, pero después entendió que necesitaba trabajar.

—Una parienta trabajaba en Emecé y me consiguió un trabajo como correctora de pruebas de libros científicos y técnicos. Después empecé a trabajar corrigiendo pruebas de la revista Nueva Visión, de Tomás Maldonado. ¿Sabés quién era Tomás Maldonado?

Tomás Maldonado es un diseñador y teórico de culto que, además de fundar esa revista de teoría de la arquitectura, fue parte de la Organización de Arquitectura Moderna (OAM), que funcionaba en el mismo edificio que la revista y que integraban varios amigos de Felisa (Eduardo Polledo, Jorge Griseti). Ella, a su vez, formaba parte del círculo de Juan Carlos Paz, el compositor y crítico que introdujo la música dodecafónica en Latinoamérica y fue fundador de los conciertos de Nueva Música, donde se ejecutaba la obra de toda la vanguardia latinoamericana. Así, esa belleza escandalosa se hacía adulta en el corazón de la más bruta vanguardia.

—Me hice fama de elegante, pero porque usaba lo que a mí me parecía. Ignacio Pirovano, cuando trabajaba en la Secretaría de Cultura, daba unas fiestas extraordinarias. Cuando me invitó, dije “¿Qué me pongo?”. Fui a La Europea, que vende tela para sillones, y elegí un terciopelo de algodón color Hermès. Entonces le dije a la costurera, que era tucumana, se llamaba Petronila y vivía como si te dijera en Villa Caraza, que me hiciera una solera de terciopelo con breteles cruzados. Y así fui. Ignacio Pirovano me agarró y me dijo “Sos la más elegante de la fiesta”. Ahí adquirí una seguridad en mí misma enorme. A partir de ahí siempre seguí esa cosa de elegir lo que me gusta.

Fue esa capacidad para entender, entre la confusión del presente, el esquivo lenguaje de lo que vendrá, lo que hizo que Jorge Iotti, el dueño de una casa de ropa para hombres, le ofreciera, en 1957, diseñar una colección de ropa de mujer. Ella hizo chaquetas y palazzos, y trajes de baño tejidos, sin forro, que recuperaban el recato de los años 20. Julia Constenla y Piri Lugones, que dirigían la revista Damas y Damitas, quisieron retratarlos. Felisa dijo sí, se los calzó ella misma y apareció en una foto en la que sus piernas brotan de un traje que es un incendio de pudor.

—Qué piernas.
—Sí, yo era muy mona, francamente.

Después le ofrecieron hacer una columna sobre música en Damas y Damitas y, desde entonces, nunca se detuvo.

***

(Días más tarde la desgrabación develará que, en dos horas y media de charla, Felisa Pinto ha hablado de su amistad o de su relación con Julio Llinás, María Luisa Bemberg, Pepe Bianco, Marta Minujín, Dalila Puzzovio, Carmen Córdova, Rosa Bailón, Delia Cancela, Jorge Grisetti, Marcial Berro, Juan Gatti, Manuel Puig, Juan Stoppani, Tununa Mercado, Juan Carlos Paz, Alejandro Kuropatwa, Clorindo Testa, Lalo Schiffrin, el Gato Barbieri, Marilú Marini, Jorge Álvarez, Ramiro de Casasbellas, Jacobo Timmerman, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Mercedes Rovirosa. Alguno son sus amigos más queridos; otros, sus compañeros de trabajo; otros, conocidos sin amistad confesional. No hace falta saber quién es cada uno de ellos, pero sí entender que son algunos de los escritores, diseñadores, cineastas, artistas, modelos, fotógrafos, músicos, periodistas, editores y coleccionistas más importantes de eso que ya pasó y que se llamó el siglo veinte en la Argentina).

***

—¿Cómo lo conocí a Rubén? Lo conocí vía Lalo Schiffrin, porque tocaban en un club de jazz. El Gato y Rubén Barbieri, que son hermanos, tocaban con Lalo ahí y Lalo me invitó.

Rubén Barbieri tocaba la trompeta y era hijo de una familia de inmigrantes italianos afincados en Rosario. Había llegado a Buenos Aires a los doce años pero él y su hermano, que sería un saxofonista de prestigio internacional, habían aprendido a tocar, con instrumentos prestados, en un sitio llamado “La infancia desvalida”.

—¿Cómo no te vas a enamorar de una persona que estudió en “La infancia desvalida”?

Se casaron el 28 de diciembre de 1959. Lo que siguió fueron décadas de un amor tozudo, tres separaciones, muchos regresos.

—Yo era periodista y él era músico. Casi no nos veíamos. Teníamos demasiada personalidad, y nadie se dejaba. Nos divorciábamos, nos juntábamos. Llevábamos una vida que no era burguesa. Para mí lo primero era el trabajo. Mi vida laboral era intocable.

Con conocimientos de música, arte, diseño y arquitectura, sin haber pasado por la universidad, y de las vanguardias americanas y europeas, sin haber salido del país, entró, en 1960, a trabajar en la revista Atlántida, y fue allí donde, a punta de refinamiento e intuición, inventó una forma de escribir sobre la moda.

—Me gustaba el lenguaje fuera de lo corriente pero nadie me dijo si eso estaba bien o mal. Me di cuenta de que escribir un epígrafe de moda era un subgénero extraordinario, poético. Una vez usé como modelos a Dora Baret y Nacha Guevara para hacer una nota muy importante sobre Fridl Loos. ¿Sabés quién es Fridl Loos?

Fridl Loos fue una diseñadora vienesa que creó una línea de ropa en la que utilizó materiales como el barracán y vivió, desde los años 40, en Buenos Aires, donde murió en el año 2000. En aquella nota, circa 1962, las actrices Guevara y Baret fueron fotografiadas en el departamento de la diseñadora, en un cruce entre moda y arquitectura que resultaba insólito para esos años: “Una investigación constante de sus diseños hace que los resultados sean despojados, nítidos, inteligentes como el plano más estricto de un arquitecto”, decía Felisa Pinto sobre la ropa de Loos, con una prosa parca, asertiva, y una mirada capaz de relacionar un ruedo con la historia de la cultura universal.

En 1962, después de separarse por primera vez de Rubén Barbieri, Atlántida le ofreció una corresponsalía en París. Tenía treinta años cuando llegó a la capital francesa donde se hospedó en casa de su amiga, Lita Sánchez Cinez, modelo de Laroche y madre de la futura modelo de Chanel Inès de la Fressange, portando dos cartas que le había dado Bebita Ferreyra: una, para el fotógrafo de origen húngaro Brassai; otra, para el escritor americano Henry Miller.

—Brassai me dijo: “Voy a tratar de contactarme con dos amigos en el sur de Francia. Uno es Jacques Prevert y el otro es Picasso”. Al mes me fui a Antibes, y ahí Prevert me presentó a Picasso que, cuando me vio, me dijo “¿Qué raza tienes, hija, de dónde vienes tú?”. Claro, yo tenía una cara muy étnica, me había hecho una trenza y estaba muy quemada por el Mediterráneo.

En una columna llamada “Historia de una tarde de verano”, que publicó en 1976 en el diario La Opinión, Felisa Pinto recordaba así aquel encuentro: “Me llevó a una escalera más despejada y allí sentí sus ojos como carbones encendidos y toda su fama justificada de homme à femmes [...]. Cuando se acercó su esposa Jacqueline a buscarlo, Picasso repitió el mismo chiste sobre mi físico preguntándole: ‘¿No te parece que a esta chica solamente le falta una pluma?’: La mujer respondió seria y cabalmente [...]: ‘Sí. Es verdad’”.

***

—Me gustaría que empezara así.

La artista plástica Dalila Puzzovio, amiga de Felisa Pinto desde los años 50, ha escrito en un papel parte de la letra de “O que é que a bahiana tem”, del brasileño Dorival Caymmi. La ha retitulado “O que é que a Felisa tem” y ha copiado algunos pasajes de ese ditirambo a la gracia emocionante de una mujer bahiana: “Tem torso de seda tem

Tem brinco de ouro tem

Corrente de ouro tem [...]. E tem graça como ninguém…[...]. Como ela requebra bem”

—Así es Felisa. Charlie Squirru, mi marido, dice que es la mujer más chic, ya no de Buenos Aires sino del planeta.

***

En 1964, ya de regreso en Buenos Aires, consiguió trabajo en Primera Plana, la revista que Jacobo Timmerman había fundado en 1962. Durante cuatro años hizo notas sobre moda además de la sección “Estravagario”, una miscelánea donde podía recomendar tanto un negocio que vendía miel como los nuevos escarpines de Pierre Cardin, todo con una prosa cargada de (buen) humor: “Una cocina ecuménica, además de refinada, debería guardar los alimentos básicos en recipientes que muestren algún indicio de cultura gastronómica. Una serie de gavetas de loza blanca, alemana, empotradas en un mueble de madera oscura, proponen el cumplimiento de tal exigencia. Conviene saber de antemano el significado de las palabras estampadas al frente de cada compartimiento (Brösel, pan rallado; Zucker, azucar; Zimmt, canela; Gries, sémola) para que el artefacto no se convierta en un laberinto”.

—La idea era hacer mundanidad que no fuera tonta. Frivolidad en serio.
—¿Qué repercusión tenían tus notas?
—Y, la gente iba donde yo decía. Si yo no lo decía, no existías.

Todavía no cae la tarde cuando se acomoda en el sillón y dice:

—Bueno, me gustaría que me cuentes vos, ahora: ¿qué vas a hacer con todo esto?

***

Diana Vreeland fue editora de moda en las revistas Harper’s Bazaar y Vogue, además de curadora del Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Marcó tendencias, consolidó prestigios, y por su capacidad de ver más allá de la tendencia, trazando vínculos con la arquitectura, la pintura y la sociedad, a Felisa Pinto se la ha comparado con ella. “Felisa es la hermana amerindia de Diana Vreeland, no conozco elegancia y belleza menos colonizadas que las suyas. Su mirada sobre la moda no está calcada de lo que dice Vogue” escribe, desde París, una de sus mejoras amigas, la actriz Marilú Marini. “La elección de un campo como la moda es un tremendo desafío. Es muy específico lo que hay que describir y muy escasos los términos que se tienen a mano. Y después hay que saber ‘leer’ esos objetos, circunscribirlos en una tendencia, en una concepción estética. Felisa hizo todo eso e inventó un tipo de crónica de moda con valor propio”, dice la escritora cordobesa Tununa Mercado, amiga de Felisa Pinto desde los años 50.

***

—Ay, cómo estás. Yo me dije “esta mujer no viene más”. Con todo lo que hablé.

Son las dos de la tarde de un martes. Llueve y por la ventana se ve el mismo paisaje: la bandera, ahora mojada, los lejanos edificios. Felisa Pinto está vestida con una variación de lo mismo: pantalón, suéter.

—Me visto con el vintage de mí misma. ¿Vos no vas con fotógrafo a las notas?
—No.
—¿Ves? Por eso salen las cosas que salen. Yo iba siempre con el fotógrafo y le decía exactamente qué quería que sacara y después elegía la foto. Una vez me vino a ver un periodista del New Yorker, que me mandó Jacobo Timmerman. ¿Te interesa?

***

La Galería del Este, en la calle Florida el 500, fue, junto al instituto Di Tella,?el núcleo duro de la vanguardia de los años 60. Allí Felisa Pinto abrió, en 1968 y con amigos, la boutique “Etcétera”, donde se vendía arte aplicado: papelería de Edgardo Giménez, plataformas de Dalila Puzzovio. Blackie -quizás era Pinky- conducía un programa televisivo e invitó a la actriz Marilú Marini, la diseñadora Rosa Bailón y la periodista Felisa Pinto a hablar de mujeres intelectuales. El look que usó para ir a ese programa fue, quizás, la única concesión que hizo, en toda su vida, a la moda entendida en su forma banal: aquello que se usa.

—-ijimos “Tenemos que hacernos la croquignole”. Nos hicimos un afro look enorme. Nos costó un año sacarnos eso. Era una bola de pelo. Pero lo hicimos porque era el look de Angela Davis y dijimos consignas de Angela Davis en el programa. Una cosa muy increíble. ¿Sabés quién es Angela Davis?

(Angela Yvonne Davis: activista afroamericana, expulsada en 1969 de la universidad de California, donde enseñaba filosofía, al descubrirse que estaba afiliada al Partido Comunista. Etcétera).

En 1968, cuando cerró Primera Plana, empezó a trabajar en la revista Confirmado, donde hizo una sección parecida a “Estravagario” que se llamo “Escaparate”. En 1969 pasó a La Opinión, el periódico fundado por Jacobo Timmerman, donde estuvo a cargo de cuatro páginas para la mujer. En 1977, ya en plena dictadura, empezó a trabajar en La Moda, una revista dirigida a fabricantes nacionales y solventada por textiles como Grafa y Alpargatas.

—No tenía que escribir de la situación del país, pero defendía la industria nacional. Mientras tanto, todos mis amigos se iban del país o desaparecían. Cuando Juan Gelman volvió después de la dictadura me dijo “¿Qué hiciste vos, todo este tiempo”. Le conté y me dijo “Ah, a vos te salvó el canesú”.

Durante esos años viajó por el mundo para ver desfiles y diseñadores, empezó a colaborar en el suplemento de modas de La Nacion, donde escribió durante dos décadas, y, en algún momento, aunque siguieron formando una pareja, con Rubén Barbieri decidieron vivir en casas separadas. Un día, mientras buscaba departamento, revisando los avisos clasificados, Felisa Pinto dio un grito de felicidad: “Esto es para mí: departamento chic, calle Paraguay”. Después descubrió que “chic” era la abreviatura de “chico” pero, de todos modos, ése es el departamento donde vive ahora. Finalmente, antes o después de todas esas cosas, murió su madre.

—No podía mover un brazo, no podía caminar. Lo tengo borrado porque esa imagen de mamá es un horror. Después murió papá. Mejor no acordarse.

Cuando se le pide algún detalle sobre cosas como ésas -la muerte, los divorcios- esquiva o resume con pinceladas gruesas: “No quiero ni acordarme”; “las separaciones nunca fueron traumáticas”. Un día dirá: “Yo me defiendo del horror. Al horror ni lo miro”. Otro, enviará un mail: “Quedé muy conmocionada luego de tu minuciosa entrevista de ayer. Confío en que rescates de mi vida plena y feliz los mejores momentos y olvides los pocos que fueron tristes. Como siempre lo hice yo”.

***

En 1990 diseñó, junto a Susana Saulquin y Andrea Saltzman, el programa de la carrera de Diseño de indumentaria de la Universidad de Buenos Aires. Colabora, desde su inicio, con el suplemento “Las 12″, de Página 12, donde escribió tanto sobre las monjas francesas desaparecidas durante la dictadura militar argentina como acerca de los cien años de Dior o el feminismo de Victoria Ocampo. En 2004 publicó, con ilustraciones de Delia Cancela, el libro Moda para principiantes, un recorrido por la vestimenta desde 1900 hasta 1999. En 1997, en una nota de La Nacion que se abría con un título elegante -”Otoño en Nueva York”- enlazaba un recorrido por las tiendas de Prada o Miyake con esto: “La revancha llega desde los fabricantes de Canal Street, calle enclavada en el barrio chino, donde las falsas perfectas copias de Prada se venden a 20 dólares, junto con las de Chanel o Donna Karan [...]“.

—Yo nunca fui consumista. Los japoneses me gustan todos, y aunque nunca pude tener nada porque son carísimos, me he comprado varios falsos Miyakes. La idea de lo falso me parece genial. Lo verdaderamente falso me parece valioso y si es un falso muy mal hecho, me parece una ironía y me parece divertido. Yo voy al barrio chino de Nueva York y me parece lo máximo. Ahí consumo porque me parece festivo, celebratorio. En cambio, especular con el valor de las cosas, la ostentación de la riqueza, siempre me pareció asqueroso.

***

El jueves 26 de mayo envía un mail, en respuesta a otro donde se le pide revisar algunos de sus artículos más antiguos, en el que dice que tiene más bien pocos. El domingo 29 escribe otro: “Hoy estuve mirando y encontré algunas cosas que creo te servirán”. El jueves 2 de junio, a las dos de la tarde, espera, puntual en su departamento, con una carpeta en la que ha separado artículos y folletos.

—A ver, controlemos lo que te llevás.

Durante algunos minutos revisa cada uno de los documentos mientras recomienda que, al chico de la fotocopiadora, se le pasen los papeles de a uno y sólo después de tener la certeza de que haya devuelto el anterior.

—Se ponen a escuchar rock atronadoramente, se distraen y se les caen las cosas abajo de la fotocopiadora.

En la fotocopiadora el chico escucha atronadoramente música clásica y pone un cuidado candoroso en no contrariar los pliegues de esos papeles viejos. Quince minutos más tarde, en su casa, Felisa recibe y dice:

—Vamos a ver.

Y controla, uno a uno, los documentos que llegan de regreso.

El 17 de julio enviará un mail: “Me preguntás si guardo mis archivos en la computadora. Te diré que toda la vida fui desprolija en cuanto a guardar notas publicadas y luego, con el tiempo, me arrepentí. Con mis archivos me ha pasado muchas veces que no hago back ups y todo se pierde”.

***

“¿Cosas que la hacen flaquear? La amenaza de una derechización. Perder amigos y amores. Las restricciones económicas de una jubilación magra”, escribe Tununa Mercado.

“Felisa no es una mujer que te va a llamar para contarte pálidas”, dice Dalila Puzzovio.

***

—Nos habíamos divorciado legalmente hacía poco, pero nos veíamos todos los fines de semana. Así que fue muy horrible esa historia de que se murió. Porque fue una gran sorpresa. Fue a una observación de un ACV y se murió. Inadmisible. Mientras lo estaban observando. Fue brutal.

Así, después de ser por primera vez un hombre divorciado, un día de 2006 Rubén Barbieri se murió.

—Mejor no pensar.

***

Hay una foto: es en Totoral y hay varios niños. Una es Felisa Pinto, otro es el Che Guevara. Todos llevan abrigo exagerado en lo que parece haber sido un invierno aterrador.

Hay un mensaje escrito en un papel: está firmado por Julio Cortázar, a quien Felisa Pinto le prestó su departamento durante un viaje a Buenos Aires. Dice: “Querida Felisa, disfruté mucho de tu casa y sobre todo de tus discos de jazz”.

Hay una carta: está firmada por Manuel Puig, remitida desde Cuernavaca, y dice: “Estoy con mamá, tenés que venir a ver la nueva casa en la calle Orquídea, tenemos pileta de natación. Vení, Salif, Salif, Salife”.

Hay imágenes de una placidez mórbida -Dalila Puzzovio pelando papas bajo los árboles- en una casa que Felisa Pinto, Rubén Barbieri y su amigo Eduardo Pollero compraron en La Barra, Uruguay. Hay, en esa misma casa, recuerdos de una algarabía adolescente: Felisa, Dalila Puzzovio y Charlie Squirru, intentando prender fuego para hacer asado, incendiaron el jardín.

Son tantas las cosas que ya no existen.

Pero ahí está Felisa Pinto, en su departamento chico, diciendo que le gustan los programas de cocina de Narda Lepes, las revistas digitales, la ropa de Alexander McQueen, Valeria Pesqueira y Pablo Ramírez, los restaurantes buenos y baratos, el under fino, la Rodhesia.

—Yo no tengo un mango, me compro una Rodhesia que vale setenta centavos y soy feliz. Ahora ya no viajo. No tengo plata. Pero eso no me entristece. Me encanta haberlo hecho. Con las cosas que no se van a dar más digo “Qué suerte que lo pude hacer”. No me quedo pensando “Qué pena que no lo voy a poder hacer más”.

Después ofrece agua, café, jugo de mango, y dice:

—Ahora me gustaría que me cuentes qué vas a hacer con todo esto

—Espere un segundito.

Frente a la habitación, en un extremo del pasillo oscuro —la mano pálida en el picaporte—, el hombre dice:

—Espere un segundito que aviso que me cuiden a Ángela.

Tubos de oxígeno, mesas rodantes, ruidos a metales sanadores: cuchillos, agujas, esas cosas. Todo lo demás: prolijidades de hospital privado. Un médico, las manos envueltas en la viscosidad del látex, baja la vista por precaución, pero el hombre no lo ve. Camina errático, como si fuera a desarmarse, y entra en el cuarto de las enfermeras. Dice:

—Por favor, me la cuidan a Ángela.

Y está claro que esa frase no es un ruego: es una orden.

Después, en una sala con televisor, butacas, donde otros parientes esperan a que todo pase o a que todo termine de pasar, el hombre —alto— se sienta y dice que la cuenta de este hospital le va a salir una fortuna.

—Pero fue ella: ella quiso internarse.

Ella. Ángela.

***

Es poco después del mediodía. El televisor está anclado en Mirtha Legrand y sus almuerzos. El hombre —camisa clara, pantalón beige, saco de hilo— se llama Horacio Tirigall y nació en San Isidro ochenta y un años atrás.

—Éramos doce hermanos. Doce. Mi casa era un cuartel, realmente.
—¿Su padre qué hacía?
—Mi padre… Ramón… trabajó en la aduana toda la vida.

Vuela un pañuelo desde su bolsillo. Zic, zac, se frota cada ojo enrojecido.

—Perdonemé. Era un gran artista. Tocaba la guitarra, hacía de todo. Un acuariano que hacía títeres, un gran cocinero. Mi madre se llamaba Ángela. No permitió nunca, con doce hijos, que entrara un médico en la casa. Jarabe de tuna para esto, de cebolla para lo otro. Un día mi hermano estaba jugando al fútbol y se hizo un tajo terrible. Se le empezó a poner negra la pierna. Lo llevaron al hospital y le dijeron: “Mire, va a haber que cortarle la pierna”. Y mi madre dijo: “Primero lo voy a llevar a mi casa”. Le puso agua caliente, sal, rezó. Y se curó.

En las Navidades, dice, eran ciento cinco. Una mesa interminable, y fogateiros con fuegos de artificio, y las guitarras.

—Yo había hecho una traducción de Romeo y Julieta cantada por un gaucho: “Les voy a contar ahora la historia del gaucho Luna/ que una vez que tenía sed se tomó una laguna./ Subido en una vinchuca que era más grande que él/ una vez se mordió un pie por el lado de la nuca./ Como el gaucho era leído, cuando una tarde llovía/ dentró en una librería para ver qué habían traído/. Para mitigar sus pesares y serenar su alma inquieta/ compró Romeo y Julieta que escribió un tal Chaquespeare”. Y ahí arrancaba con lo de Romeo y Julieta.
—¿Usted leía mucho?
—Si. Flammarion, Freud, Heine. Pero en realidad, todo eso lo leía para disimular lo que estaba haciendo, que era estudiar astrología y astronomía. Después pasaron cosas.

La primera: que un día, yendo al colegio, pasó por la quinta de una escritora mundana, sofisticada, que vivía en el vecindario.

—Yo tenía ocho años, iba con mi hermano. Un hombre alto, como hindú, me miró y dijo: “Este chico tiene el ombligo de Mahoma”. No sé si era ombligo o tercer ojo. Pero yo lo único que recuerdo es que ese hombre me daba miedo.

***

De Horangel se dice que es culto, discreto, cascarrabias. Cuando a fines del año 2007 se presentó en el programa Mañanas Informales, de canal 13, se molestó con los conductores —Ronnie Arias, Ernestina Pais— reconviniéndolos con frases del tipo “No me haga repetir” o “Se nota que usted no me ha leído”. Eso, a los ojos de sus seguidores, aumentó su fama de hombre serio. De astrólogo entre astrólogos.

***

De infante era un chico reconcentrado pero no triste, buen alumno. Por eso fue tan extraño que, a los doce años, le dijera a su madre que ahí se terminaban los estudios para él.

—Yo quería estudiar piano. Fui a ver a doña Rosa Castex, una señora que era parienta nuestra y que tenía mucho dinero, y le pregunté si me prestaba dos mil dólares. Era mucha plata. Le dije: “Señora, necesito ayuda, estoy buscando alguien que me ayude a comprar un piano porque yo quiero estudiar dirección orquestal”. Y me dijo: “¿Y cómo me lo vas a pagar?”. Y le dije que había conseguido trabajo en una imprenta.

Y, en efecto, había conseguido: en la imprenta Busnelli de la calle Lavalle al 400. Se levantaba a las cuatro de la mañana y a veces tomaba doble turno. Le llevó apenas una tarde aprender a manejar el tipógrafo, y poco después lo ascendieron a encuadernador. Compró su piano, tomó clases. Cuando terminó de pagar el instrumento abandonó la imprenta, y siguió estudiando música en el conservatorio Williams. Creció. Terminó el colegio en una escuela nocturna. Con sus hermanos, con sus amigos, acostumbraba ir a charlas y conciertos. En alguno de todos se topó, un día, con un pianista de quince años que lo impresionó tremendamente. Se llamaba Luis Bacalov.

—El que ganó el Oscar con la música de Il postino. Nos hicimos grandes amigos y le sugerí dar unos conciertos.

Para entonces tenía veinte años y hacía algunos meses que mantenía correspondencia -intensa- con Ángela Groba.

***

En 1963 Horangel empezó a publicar un libro llamado Predicciones astrológicas. Desde entonces y hasta hoy el libro ha aparecido puntualmente, cada año; lleva vendidos treinta millones de ejemplares y la de 2009 (publicada por Atlántida) es la edición número cuarenta y seis.

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—La diferencia que hay entre un astrólogo de los que te dicen “a usted le va a pasar tal cosa” y los que, como Horangel, hacen astrología mundana y pretenden vaticinar lo que va a pasar en el mundo, es que se abre una brecha de posibilidades mucho más grande para ser refutado. Es más fácil refutar un vaticinio al cual todos tenemos acceso —se va producir un cataclismo equis, van a matar a tal— que refutar algo que le dice un astrólogo a una persona. ¿Dice algo de la buena fe de Horangel que se dedique a la astrología mundana? Posiblemente. Se arriesga a lanzar profecías o pronósticos que cualquiera puede chequear. Pero su buena fe no lo hace más efectivo. En 2004 dijo que si el triunfador de las elecciones en Estados Unidos resultaba George Bush, corría el riesgo de no concluir su mandato, por enfermedad o accidente. A la luz de lo que ocurrió, no fue así —dice el periodista argentino Alejandro Agostinelli, autor del blog magiacritica, en el diario Crítica.

***

“Los horóscopos no son serios; lo mío es una ciencia”, titulaba la revista Gente, en el año 2008, un artículo donde Horangel decía así: “Tengo más de cuatro mil aciertos. Pronostiqué la muerte de la princesa Lady Di con el día exacto (…) Si hubiera puesto un consultorio, estaría forrado en dólares. Pero mi trabajo es serio. Los horóscopos son poco serios, y lo mío está basado sobre estudios”. En la página 243 de su libro Predicciones astrológicas 2008-2009 pueden leerse cosas como estas bajo el signo de Sagitario: “El Lucero Vespertino tocará Sagitario (…) en su pasaje por el sector, ayudará a resolver viejos dilemas conyugales, amparará los noviazgos y las uniones postergadas se consumarán con felicidad. (…) La agudeza y la fina percepción para los negocios rápidos patrocinarán adquisiciones significativas, traslados e inauguraciones”.

***

Datos difusos, frases desdibujadas, escenas inconexas: eso sucede cuando Horacio Tirigall habla de los nexos que llevan de ciertas cosas a ciertas otras: en este caso, del nexo que llevó de la inexistencia absoluta de Ángela Groba en su vida a la existencia absoluta de Ángela Groba en su vida. Difuso, vago, desdibujado, habla de reuniones en las que él solía tomar cualquier objeto que le dieran los presentes y aventurar, en plan de broma, alguna cosa acerca del dueño de ese pañuelo, de ese par de gafas. Habla, en particular, de una reunión en la que una mujer le dijo: “¿Por qué no me dice algo sobre este anillo?” y que él, sin pensarlo, respondió: “A la persona dueña de este anillo la mordió un caballo y tiene un ojo de vidrio y está en cama”.

—La mujer me contestó: “En efecto, mi marido acaba de ser mordido por un caballo, y está internado en un hospital”.

Difuso, vago, desdibujado, dice que se cruzó con esa mujer en más reuniones y que, en una de tantas, la dama le dijo: “Conozco a una persona que le puede interesar” y le dio una dirección, en la ciudad de Córdoba, de una chica llamada Ángela Groba, universitaria, estudiante de francés, grafóloga, ganadora de premios literarios desde los ocho años. Horacio Tirigall le escribió, a esa mujer, una carta petulante en la que le hablaba de Schopenhauer y de poetas alemanes. Ella no le respondió durante dos meses. Y, cuando lo hizo, ya no hubo manera de parar. Él tenía veinte. Ella, seis menos. Eso quiere decir que, cuando Ángela Groba empezó a enamorarse de ese hombre al que no conocía, era una niña de catorce años.

***

—Yo no dudo que Horangel cree en lo que hace, pero es una impresión personal –dice Alejandro Agostinelli—. Y no está bien juzgar a las personas por las impresiones. Porque no sabemos si él maléficamente sabe que está engañando a los demás o si confía en lo que hace. Pero se expone al ridículo y eso te inspira cierta ternura. Por otra parte, no son los tipos como Horangel los responsables de lo que sucede, sino los medios, que siempre andan buscando gente rara para que haga afirmaciones extravagantes. Y después nosotros, los periodistas, nos hacemos los tontos, nos lavamos las manos, decimos ah, no sé.

***

—Ángela escribía tan divinamente.

Horangel tiene la piel muy lisa, intocada por el sol, los poros espesos, apretados, de un varón de veinte.

—Cuando me llegó su primera carta perdí toda cordura. Nos escribíamos tres veces por semana. El tipo del correo me decía: “No te veo caminar pisando el piso, vas flotando”. Estuvimos un año escribiéndonos antes de conocernos. Ni siquiera nos habíamos mandado una foto. Un día le dije: “Mirá, yo tengo absoluta dependencia de esta relación con vos. No pienso en otra cosa, no puedo hacer otra cosa que escribirte y leerte. Tengo que casarme con vos”. Le sugerí a Luis Bacalov, ese pianista joven con el que dábamos conciertos, que hiciéramos uno en Córdoba. Le dije: “Resulta que me escribo con una chica y no la conozco, nunca la vi, pero me he enamorado de ella. Vive en Córdoba, tiene catorce años, y no podemos dejar de escribirnos cartas fogosas, ardientes”. Fuimos. Cuando llegamos, tomé un mateo para recorrer el territorio. Y ella estaba en la puerta, sola. Nos dimos un gran abrazo. Un abrazo definitivo. Yo no la conocía, pero hubiera podido dibujarla. Yo temblaba todo el tiempo, y ella también. Después me presenté a los padres. El padre no me quería. Me decía: “Usted es un seductor literario”.

Un año después, Ángela Groba y Horacio Tirigall se casaron y empezaron a vivir en San Isidro.

—Ya había decidido que la música no era para mí. Había conocido, en casa de Luis Bacalov, a Lalo Schiffrin. Y me di cuenta de que yo no podía tocar el piano. Para mí fue como la línea Maginot: dije “basta, empezó otra guerra para mí”.

Y, aunque nunca dejó de tocar Beethoven para Ángela, abandonó la idea de la música y empezó a ser esto que es: Horangel, la mezcla de Horacio y Ángela.

***

En Predicciones astrológicas 2009-2010 (editorial Atlántida) la carta de los editores dice así: “Horangel basó su arduo y minucioso trabajo no sólo en el dictado de los astros: lo complementó con rigurosos buceos por la Historia, la Psicología, la Heliofísica y otras disciplinas colaterales, hasta lograr una Ciencia de lo Posible que llamó Previmetría. Es decir, la predicción de sucesos en función de cálculos celestes y terrenos que dejaron atrás la intuición, la casualidad o la audacia —la irresponsabilidad, en suma— y les dieron serio y respetable sostén a sus pronósticos. El resultado fue y sigue siendo sorprendente. Predijo centenares de sucesos. (…) Los asesinatos de John Fitzgerald Kennedy y Martin Luther King, la guerra árabe-israelí de Los Seis Días, la llegada del hombre a la Luna y el trágico terremoto que enlutó al Perú en 1970 (…). Causó gran conmoción su acierto sobre la muerte de Lady Di, predicho con fecha exacta. Así también el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York y el colapso financiero mundial anunciado en Mercado Bursátil y el Efecto Canguro (Predicciones astrológicas 2008-2009)”. En la página 46 de Predicciones astrológicas 2008-2009, bajo el titulo “Mercado bursátil, Efecto Canguro”, dice: “El criterio especulativo de las grandes potencias moverá hilos invisibles que con frecuencia inusitada burlarán el ritmo relativamente moderado de las oscilaciones bursátiles en el mundo. El constante cambio de manos de empresas prestigiosas, el lavado de dinero, los capitales golondrina y la corrupción de gobernantes inescrupulosos promoverán en las bolsas el Efecto Canguro, es decir que sólo funcionarán a los saltos”.

***

—La previmetría es un estudio de la persona, no del zodíaco. Algo basado en encuestas. Yo empecé hace años a estudiar a cientos de personas, millonarios, atletas, presidentes, trabajadores comunes, farmacéuticos. Y después los iba metiendo en signos, entonces usted veía que subían en tal cosa, bajaban en tal otra. Como frasquitos. Tenía los promedios de personas reales: los que tenían tendencia a hacer buenos negocios, los que se habían casado cuarenta veces o una vez. Tengo un millón seiscientos mil encuestados. Gasté, en eso, más de cuatro millones de dólares. Nosotros vivimos en Perú, en España, en Florencia. Todos nuestros viajes son de estudio y de investigación muy seria. En Florencia fuimos a un laboratorio astrofísico. Ahí estudié las manchas solares, y aprendí que el sol tiene estiramientos. Se estira como una carita.

Se toma las mejillas con las manos, estira y dice, pedagógicamente:

—Así.

***

“Horacio Tirigall, más conocido como Horangel, es uno de los pseudocientíficos más populares en la Argentina”, escribió el periodista Alejandro J. Borgo (especializado en temas pseudocientíficos y director del CFI Argentina —Center For Inquire Argentina, http://www.cfiargentina.org— en la revista Pensar, abril 2007. “(…) Horangel apuesta a los clásicos, pero los clásicos a veces no se dan: hace largo tiempo que el afamado profesional viene prediciendo la abdicación de la reina Isabel, las posibles enfermedades de figuras conocidas, el pago total de la deuda externa argentina (…)”.

—El tipo —dice Alejandro Borgo— tiene un discurso bien elaborado. Utiliza muy bien la jerga pseudocientífica: hacer pasar por científico algo que no lo es. Él dice que usa la previmetría, algo que hasta ahora ningún científico sabe qué es. Es difícil saber si él está convencido de lo que está diciendo. Lo único que podemos decir es que si lo juzga uno por sus resultados, lo que predice hasta ahora no es gran cosa. Dice que predijo la muerte de Kennedy, pero la muerte de Kennedy la habían anunciado videntes en Estados Unidos mucho antes. Y lo que trasciende es lo que el tipo acertó, y no lo que no acertó. Y siempre hay una probabilidad. Tirás mil, tres acertás.

***

En sus primeros años como Horangel, con la previmetría en pleno desarrollo, Horacio Tirigall trabajaba también como celador en un colegio, preparaba alumnos, era bibliotecario, relataba partidos de fútbol, redactaba fotonovelas y discursos para políticos. El nexo que lleva de una cosa a la otra es, una vez más, difuso, vago, desdibujado.

—Pasaron cosas. Conocí personas.

Un día, dice, a los oídos del presidente de la empresa Mercedes Benz llegó el rumor de un hombre que le había predicho, al anarquista y escritor español residente en la Argentina, Diego Abad de Santillán, que iba a recibir una carta importante el día 10 de octubre.

—La carta llegó. Yo no sé cómo supe. El caso es que a los 23 años yo era asesor del presidente de Mercedes Benz.

En esos años —difusos, vagos, desdibujados— se presentó en las oficinas de Julio Korn, dueño de la revista Vosotras, y empezó a publicar una doble página con predicciones. Poco después le ofrecieron un programa de televisión por canal 9: Dimensión Astral. Allí, un día, dijo: “Señores, yo creo que el próximo 22 de noviembre lo pueden matar al presidente Kennedy”. Era 1963. Llegaron quejas, llamados del Gobierno. Una semana después, Kennedy estaba muerto en la fecha que Horangel había predicho. Dice que no lo echaron pero que, así y todo, tuvo a la CIA durante cinco años pegada a los talones.

***

—¿Y quién prueba una cosa así? Yo también, puedo decir que me persigue Interpol. Horangel parece el agente del recontraespionaje, Maxwell Smart. Yo diría que este señor me diga qué organización internacional avaló la previmetría —dice Alejandro Borgo—, en qué revista de astronomía o de física la publicó. Que no me diga que fue a visitar el observatorio tal. Yo le hago un desafío: que me diga qué número va a salir en la lotería en una fecha determinada, lo jugamos y le donamos lo que salga al hospital Garrahan. Y le hacemos un bien a la humanidad.

En Predicciones astrológicas 1991-1992, Horangel escribió: “El próximo año [el conocido comentarista de fútbol argentino)] José María Muñoz será portador de nuevos lauros y crecientes beneficios materiales”. José María Muñoz falleció en 1992. En Predicciones astrológicas 1993-1994 escribió:“[Para Lady Di y el príncipe Carlos] Existe la probabilidad de que este matrimonio, luego de un tiempo, aplaque sus iras y (…) se reconcilien (…) Diría que a partir de junio mejorará el panorama de esta relación”. Ambas citas están tomadas del libro Puede fallar. Predicciones fallidas de astrólogos, videntes y mentalistas en la Argentina, escrito por Alejandro Borgo y Enrique Márquez (Planeta 1998).

***

Horangel no tiene consultorio, no hace cartas natales personalizadas, no atiende a civiles de a pie. Vive, dice, de asesorar a una empresa petrolera que paga sus movimientos por el mundo y de la venta de sus libros que, desde hace años, mantienen una estructura más o menos igual a sí misma: una carta a sus lectores; un calendario de lluvias (astrometeorología); un capítulo dedicado a la lectura del dorso de las manos (donde dice por ejemplo, que la cutícula crecida que tapa la base de la uña indica “abuso de alimentación chatarra y consumo excesivo de azúcares; alteración transitoria del sistema nervioso, insatisfacción sexual”); una sección con predicciones mundiales (rebrotes del cólera o peligrosos asteroides demasiado cercanos); otra, más amplia, con predicciones para cada signo y, en los últimos tiempos, un capítulo sobre los astros y su influencia en el corte de pelo. En Predicciones astrológicas 2008-2009 detalla, bajo el título “Depilación, tintura, cortes de uñas y tratamientos para la piel”, los días propicios para cada una de esas actividades: “El llamado ‘viento solar’ es el que traslada desde el Sol hasta la Tierra la mayor cantidad de protones electrificados, que tantos perjuicios suelen causar al cuero cabelludo y a la piel”, dice, escribe, justifica.

***

Después de aquel programa en canal 9 hizo otro, llamado Juicio Final, en canal 13, y en los primeros años setenta se fue a vivir, con Ángela, a Venezuela.

—Tuvimos una oferta de Venevisión para hacer allá Horangel y los Doce del Signo. Y fue un éxito. Después me hice asesor de la familia.

La familia es la familia Cisneros, dueña, en aquel país, de Venevisión y Directv, y sobre cuyos miembros pesan, siempre, sospechas oscuras.

—Pero yo no necesitaba ese apoyo. Ya tenía mi dinero. Yo no quiero ese dinero. Ni ese ni el de nadie. Publico mi libro, y el que lo quiera comprar, que lo compre. Esos que le dicen a la gente cómo le va a ir en el amor, todo eso son inventos de las revistas.

Así, durante más de tres décadas, su base de operaciones fue Caracas, desde donde regresaba a la Argentina para publicar el libro de las predicciones. Pero cinco años atrás se instaló en Buenos Aires, en un departamento de la Recoleta, y entonces, un día, esa mujer que fue a buscar a Córdoba para quedársela toda la vida, Ángela Groba, se enfermó.

—Y la semana pasada me dijo que quería internarse. Yo no quería, pero ella insistió.

***

De Horangel se dicen cosas: que es culto, que es discreto. Que no es como los demás. Escancia frases sobre la astrología caldea, Fenelón, la genética y el determinismo. Dice que ganó su primer millón de dólares siendo muy joven, en una historia que no puede develar del todo y en la que asesoró, de forma casi conductista, a una mujer muy rica en un juicio por unas propiedades. Que, durante años, guardó el dinero que ganaba en cajas de zapatos. Que le robaron. Que lo atrapó el corralito.

—Si yo fuera adivino, sería todo muy fácil. Pero lo mío es otra cosa. La astrología usa los planetas, y la distancia que hay entre ellos, y dice que eso podría influir en el momento del nacimiento sobre un individuo, según el lugar, la hora, etcétera. Eso no se pudo probar nunca, porque si uno cree ciegamente en eso está negando la teoría genética, y no se puede ser terminante porque hay personas que nacieron el mismo día y son muy distintas, o cuatrocientos que se mueren en un accidente aéreo y son todos de distinto signo.

Lo rodea el halo de virtud del no fanático. De quien permite la sombra de la duda incluso en su contra, aun a su pesar.

***

Al final de la tarde el televisor está apagado, y el pasillo que lleva a las habitaciones, sumido en susurros lentos. Horangel se pone de pie y camina —como si fuera a desarmarse— hacia el sitio donde yace esa mujer que quiso —que quiere— tanto.

—Ella quiso venir. Yo no quería.

Las enfermeras, a su paso, lo miran con recelo, se escabullen.

—Yo quería seguir cuidándola en casa. Si yo la cambio, la lavo, le plancho, soy marido, enfermero, amante, todo. Yo no quería una internación.

Y, antes de entrar al cuarto, la mano pálida en el picaporte, dice:

—Tener un buen amor es una bendición. Pero no hay que andar diciendo que uno fue feliz en el amor.

Y después:

—En el fondo, yo he intentado ser siempre un hombre bueno.

Dos semanas después, Ángela habrá muerto.

Máquina Fogwill

Publicado: 19 septiembre 2011 en Leila Guerriero
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El piso del departamento donde vive Fogwill ha sufrido un accidente. Es, de todos modos, un accidente añejo en el que él no tuvo intervención: una pileta de lona, que se desbordó durante días desde la terraza, y produjo un hoyo profundo en el centro del living. Pero ese, dicho queda, es un accidente añejo en el que Fogwill no tuvo intervención. Él, sin embargo, es responsable de todo lo demás.

-¿Querés un té?

De pie, en la cocina, Fogwill calienta agua para el té en medio de un paisaje como los que dejan las inundaciones cuando las aguas se retiran. En el suelo, en la mesada, sobre la heladera, hay tostadas, servilletas de papel, yerba, fideos secos, ollas, pavas, jarras, restos de comida, saquitos de té, carnets de afiliación a clubes, pomos de crema Vichy vacíos. En el lavatorio, lleno de agua oscura, flotan, o se hunden, tazas, vasos, platos, tenedores. En el living hay ropa, diarios, partituras, zapatillas, un telescopio, binoculares, botellas de coca cola vacías, rollos de cables, rollos de soga, libros, cedés, una estufa eléctrica, una estufa a gas. De una escalera que conecta con el entrepiso cuelgan dos helechos y un racimo de perchas con suéteres, camisas, pantalones, bolsas de tintorería y una computadora, la pantalla y el teclado cubiertos por grumos endurecidos de polvo, tiempo, mocos. Pero Fogwill dice que es chocolate con saliva.

-Mientras escribo, como chocolate, me chupo los dedos, y eso se queda pegado. Antes era peor. Tomaba merca, y la merca se come el cobre.

Y, como todo el mundo sabe, el cobre es un componente fundamental de las computadoras. Y, como casi todo el mundo sabe, la cocaína fue, durante mucho tiempo, un componente fundamental de Fogwill, nacido Rodolfo Enrique en 1941, sociólogo, autor de unos veinte libros –novelas, cuentos, poemas- a los que hay que sumar una antología de cuentos -Cuentos completos, con prólogo de Elvio Gandolfo, Alfaguara, 2009- de reciente aparición, que ha sido saludada como obra maestra y que lo coloca, definitivamente, entre los mejores escritores argentinos. “(…) planteada una buena antología de treinta cuentos argentinos, que incluyera las mejores piezas, compilada por un imparcial juez de cuentos, libre de amiguismos y compromisos, allí, en el primer escalón, Fogwill estaría compartiendo espacio con Borges, con Artl, con Roberto Fontanarrosa”, escribe Elvio Gandolfo en ese prólogo.

-Son veintiún cuentos. Siete son de antología ¿Quién tiene siete cuentos de antología en este país?

Pantalones cortos, camiseta gris, sandalias –rulos alzados, ojos azules sin gota de piedad-, Fogwill elige un par de tazas de las que flotan en el agua lechosa. Las lava. Dice:

-Nadie.

***

“Se dice que Fogwill está loco, que es insoportable, que más vale tenerlo lejos. En el mejor de los casos, se dice que Rodolfo Enrique Fogwill (1941) es “un provocador”. Lo que nadie puede decir es que sea tonto. Por eso se insinúa que es una lástima que Fogwill esté loco, porque en realidad es un tipo inteligente. (…) Es que la de Fogwill es una inteligencia “superior”, y por lo tanto un poco inhumana: como si se tratara de la inteligencia de una divinidad o de un alienígena, siempre un poco más allá de la capacidad de comprensión del común de los mortales. (…) Fogwill siempre tiene algo que decir en contra del sentido común (sobre todo, en contra del sentido común progresista)”, escribió Daniel Link en Seis personajes en busca de autor, un texto publicado en el diario argentino Página/12.

Durante todos estos años, con una breve interrupción entre 1990 y 1995 en la que dejó de publicar y de dar entrevistas, Fogwill no ha parado de escribir y de aportar aristas a ese personaje público, mezcla de lobo feroz y jubilado violento, en un prontuario que tiene hitos tales como Fogwill contra Piglia, Fogwill contra Beatriz Sarlo, Fogwill contra el crítico de cine Quintín, Fogwill contra Juan Forn, Fogwill contra el Premio Nacional de Literatura (que ganó en 2004), Fogwill contra Alan Pauls. En un artículo de 1983 que publicó la revista Alfonsina, llamado El aborto es cosa de hombres, Fogwill escribió: “El embrión y el feto humano es eso: protoplasma humano. Como los bebés y los abuelitos, carecen de medios para autoabastecerse. Como los paralíticos, no pueden moverse. Como los inmigrantes clandestinos de Bolivia y de Chile, carecen de identidad para las leyes nacionales. Pero son humanos”.

Fogwill. La máquina de aterrar.

***

-Tirí-rirí. Tirí-riiirí.

Fogwill arroja al piso un poco de yerba que acaba de derramarse en la mesada, aparta trozos de pan, vasos usados, y apoya, en ese espacio libre, dos tazas limpias mientras tararea en tono quirúrgico, azul, indiferente.

-Estudié canto tres años. Cantaba muy bien yo. Pero la cocaína me cagó el oído. La cocaína te hace pensar que estás haciendo bien lo que estás haciendo mal, en la vida como en el canto.

En la mesada hay, también, una canasta repleta de frascos que se parecen a los inhaladores que usan los asmáticos.

-Son mis drogas. Tengo enfisema pulmonar. Hay momentos en que tengo broncoespasmos. Tengo las arterias de las piernas hechas mierda. Me tendría que hacer una operación en la arteria ilíaca izquierda, pero no la voy a hacer porque es una operación delicada y si sale mal te cortan las dos piernas en el momento. Estoy en el final, loca. Una gripe me manda al foso.

Junto a la canasta con medicamentos hay recipientes altos, de vidrio, llenos de cereales y pasas de uva.

-Acá podés observar generaciones diferentes de granola. Eso es sésamo, coco y pasas. Le falta agregarle otra generación de nuez, almendra. A medida que estoy al pedo, voy echando. La granola más cara que yo puedo hacer tiene un precio de sesenta pesos el kilo. Y la granola que venden cuesta diez pesos los cien gramos. ¿Querés té verte o té rojo?

Fogwill. El hombre que fabrica su propia granola.

***

Es septiembre, quizás octubre de 2008, y Fogwill fuma en la vereda, frente a la puerta de un restaurante del barrio de Almagro, en Buenos Aires. Dice que tiene una novia, joven, pero que las mujeres terminan por dejarlo.

-Se aburren. Tengo sesenta y siete pirulos. No salgo los viernes, no salgo los sábados, no salgo los jueves, no voy a bailar, no tolero casi los restoranes. Extraño mi comida.
-¿Te han dejado más veces a vos que vos a ellas?
-Últimamente, creo que sí.

***

Vierte agua en las tazas, camina hacia el living, se sienta en una butaca, señala:

-Ese es tu sofá.

El sofá está cubierto de papeles, libros, un objeto de lana –una bufanda, un suéter: no se sabe-, partituras, fotos, diarios.

-No sabés lo que es una casa cuando hay chicos. Es un kilombo.

Pilar y José, sus hijos de once y trece años, viven entre esta casa y la de su madre. Fogwill es, además, padre de Andrés –publicista-, Vera –actriz-, y Francisco, músico.

-Me gustan los chicos. Para mí son la continuidad del amor por una mujer. No ocuparme de ellos es imposible. Francisco es hijo de una novia que yo tenía. Ella durmió la semana siguiente al parto en mi casa, para que yo le enseñara todo lo del bebé.

“Pensar al sol, navegar y generar hijos y servirlos son las actividades que mejor me sientan: confío en seguir repitiéndolas”, escribió en la Introducción a su novela Cantos de Marineros en La Pampa, (Mondadori, Barcelona, 1998).

-Pilar y José duermen arriba, conmigo. Yo siempre fui partidario de dormir con mis hijos. Yo quería un sistema, que la madre se negó a tener, que era dormir todos juntos y tener una pieza para coger. Por eso hay que tener plata.
-¿Para coger?
-No. Para no preocuparse por la guita. No me gusta cuando no tengo guita. Me siento revelado en mi verdad, y no quiero.
-¿Y cuál es tu verdad?
-Mi verdad, mi verdad. No es la falta de guita mi verdad. Es no ser un verdadero hombre. Ahora me dieron un adelanto por un libro y me gasté toda la guita. Yo pago las expensas de acá, la de la casa de los chicos, luz, gas, teléfono, las cuotas de los clubes. Y listo. No tengo más plata.
-¿Alguna vez pudiste ahorrar?
-No. Un día tenía un canuto de dos mil setecientos dólares y me hicieron un secuestro virtual. Me dijeron que tenían secuestrada a la madre de mis hijos y me pidieron cien mil pesos. Le dije “Mire, yo lo que tengo son dos mil setecientos dólares”. Me dijeron que estaba bien. Me dieron las instrucciones y tiré los dos mil setecientos dólares que tuve tres meses encanutados.
-¿Entonces?
-Entonces: no hay que ahorrar.

Fogwill hace natación –una hora por día- y gimnasia. Su rutina incluye, además, leer, atender a sus hijos, cocinar, hacer las compras. El resto del tiempo lo dedica a escribir: cuarenta -o cuarenta y cinco- minutos por día.

***

En marzo de 2009, en la ciudad de Montevideo, dos personas conversan. Una de ellas es un escritor, que se pregunta:

-¿Fogwill es hijo único? ¿Sabés si nació en Buenos Aires? ¿Qué hacían los padres? ¿Eran argentinos? ¿El sigue navegando? ¿Tiene cuatro hijos o cinco?

El escritor es amigo de Fogwill desde hace tiempo.

-Diez, quince años. A lo mejor, más.

Y, sin embargo, no sabe, de Fogwill, nada.

***

Rodolfo Enrique Fogwill nació en 1941 en Bernal, suburbio tranquilo de la ciudad de Buenos Aires, único hijo de Samuel Enrique –dueño de una empresa agrícola ganadera- y Beatriz Catalina.

-Mi viejo se iba a las cinco de la mañana al matadero y se quedaba en la oficina hasta las diez de la noche. Mi madre era rubia y fumaba y conducía, tres cosas muy peligrosas en esa época. Era muy parecido a ser una puta. Se llevaban como todos los matrimonios, como la mierda. Pero no se pegaban. Yo era problemático. Muy autónomo. Hinché las bolas, hasta que me permitieron entrar al colegio a los cuatro años. A los trece tenía moto. En el ´55 tenía auto, carnet de conducir.

A los seis hacía dos años que leía, y tenía nueve cuando su tía, hermana de su madre, le regaló un revólver.

-Lo trajo sin balas, pero yo iba a la armería y compraba balas. Armaba fardos de diarios y tiraba ahí. Conseguía cosas que no conseguía nadie. Me acostaba con mi novia en mi casa. Eso en mi pueblo era inusitado.

La infancia y la primera juventud estuvieron marcadas por esa precocidad sin freno, y por problemas motrices de los que la ingravidez del agua lo salvó.

-Para alguien con problemas motrices, como yo, la desgravitación que produce el agua es la solución de la vida. Yo nadaba mucho, cuatro kilómetros en río abierto. Iba a un club náutico, y en ese club había una pileta y había botes. Los pibes dábamos un pequeño examen, y teníamos derecho a irnos a la mierda en bote. Cuando agoté mi carrera de botes de remero, empecé con los barcos a vela.

Tuvo su primer velero en 1956. El mismo año, su primera máquina de escribir. Un año más tarde, a los 16, ingresó a la facultad de medicina.

-Me interesaba como curiosidad científica. Pero curar gente no me interesaba. Estudié hasta tercer año, hasta los 19.

A los 21 montó casa propia con una mujer a la que conoció en una manifestación contra la invasión estadounidense a República Dominicana

-Ella era la encargada de llevar las bombas molotov. Y me gustó la francesita de las molotov.

De Medicina pasó a Filosofía y Letras y de allí a Sociología. Lo demás es mito o es historia: se recibió de sociólogo a los 23, hizo una carrera rampante como investigador de mercado y experto en marketing y publicidad, y dejó un tendal de slogans que todavía perduran , como “el sabor del encuentro”, o eso dicen.

-En los ´70 armé una empresa mía, Facta, mercados y comunicaciones. Nadie sabía qué era “mercados y comunicaciones”. Todo el mundo llamaba para ver si yo vendía líneas de teléfono. En esa época no tomaba cocaína. Fumaba marihuana y me patinaba la guita en ropa y boludeces. Nunca me compré un Mercedes, pero rompía un Citroën por año. No era troskista pero me gustaban los troskos. Cuando el ERP (n. de la r: Ejército Revolucionario del Pueblo, el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores) empezó con los secuestros, a mí se me hizo un problema lógico. Yo estaba relacionado, por mi trabajo, con todos los tipos más secuestrables de la Argentina. Al margen de eso decidí que yo estaba a favor de la eliminación de gente, pero la idea de cambiar un ser humano por plata, por una pequeña reivindicación política, me parecía peligrosísimo.

Entonces se declaró, ante sus amigos del ERP, como “un marxista que era constitutiva y biológicamente liberal que no podia suscribir a ciertos métodos como la bomba indiscriminada o cualquier forma de secuestro de personas”. En 1979 estaba divorciado, tenía mucho dinero, había publicado un libro de poemas -El efecto de realidad- en una editorial propia –Tierra Baldía- creada para difundir, sobre todo, la obra de otros -Osvaldo y Leónidas Lamborghini y Néstor Perlongher-, y se presentó al concurso de cuentos Coca Cola. Lo ganó. Pero cuando la empresa quiso firmar un contrato de publicación él dijo que, si querían publicar, tenían que pagarle aparte, de modo que lo editó por su cuenta bajo el título Mis muertos punk. Poco después, de todo lo que había hecho –slogans, películas publicitarias, estudios de mercado- no quedaba mucho más que eso: ese libro.

-Muchos grupos militares operaban sobre las agencias y querían que yo me asociara con ellos. Cada vez que salía una película mía en televisión, la prohibían. En 1981, hice una publicidad de cigarrillos. Una mina que estaba en una fiesta se va con un tipo a ver el amanecer, y en un paneo se ve que la mina tiene alianza. Fue prohibida porque la mujer era casada y no estaba con su marido. Decían que yo usaba los dólares de la inversión publicitaria para presionar sobre los canales para que pasaran mensajes cifrados de la guerrilla. Y me cerraron las cuentas en los bancos, me procesaron y me metieron preso. Seis meses, acusado de estafa y subversión económica. Produje mucho en la cárcel. En la cabeza. Recuperé memoria que había perdido.
-No te desesperaste.
-No.
-Y no escribiste.
-No. Te voy a mostrar por qué no.

Se levanta y regresa con una carpeta de páginas manuscritas

-Son todos sueños míos, que anoté en 1971 ¿Acá qué dice? No sé. “¿Por qué se produce el degradé?” Eso. Lo leo y de golpe hay una palabra clave que me permite reconstruir el sueño. Pero ya ves por qué no escribía.

En las hojas no hay letras ni palabras sino algo ilegible, algo licuado, algo que no parece escrito por una mano humana.

***

“Vera entrando a mi cuarto, diciéndome que estaba “dada vuelta” y desnudándose. Vera saliendo de mi cuarto, y la sombra de Vera contra el blindex empañando la ducha, y la voz de ella subiendo junto a una nube de vapor para decir que el domingo siguiente se iría a Europa con Agustín Bullrich. Vera esperando los llamados de algún hombre, en mi casa. Vera fumando, adelgazando. Dejándose crecer el pelo. Depilándose las piernas con cera negra. Vera de frente y de perfil. Inclinada sobre la bandeja del grabador. Inclinada sobre algo que hervía en mi hornalla. Vera en el living, y su cabeza entre las piernas, y ella tratando de rodear todo su cuerpo con los brazos larguísimos. Vera cerrando un ojo. Vera despertando y volviéndose a dormir, y despertando al rato para calcular la hora por la sombra de una rama que cruzaba el balcón y volviendo a dormir. Vera sin dormir, caminando con pasos kilométricos por la vereda de Paraguay. Vera bajándose de un taxi, saludando. Vera llamándome, esperándome, yéndose. Ya ahora estaba muerta”. En los primeros ´80 Fogwill escribió Help a él, la historia de un hombre que evoca a una antigua amante que acaba de morir. El título es un anagrama de El Aleph, de Jorge Luis Borges; el relato está cargado de una sexualidad densa, sádica; y la amante muerta lleva, por nombre, Vera. El nombre de la hija de Fogwill.

-Bueno. La escena en la que le digo “Cogeme, Vera”, es peor. Pero era el único nombre femenino que me daba como anagrama de Beatriz Viterbo. Vera Ortiz Beti. Hola. Hola. Hola.

Durante los últimos tres o cuatro minutos, sin perder el hilo de la conversación, Fogwill ha estado mirando de reojo una tarjeta, marcando un número en su teléfono celular, diciendo “Hola, hola, hola”, colgando con expresión de disgusto.

-Último intento. Cada vez que llamo son dos mangos. Quiero ver si logro sacar mi auto del taller hoy. Hola. Hola. Hoooola.

Alguien atiende.

-Hola, sí, estoy llamando hace rato. No me cuelguen, eh.

Pausa larga. Fogwill no ha dicho “Habla Fogwill”, ni “Buenas tardes”, ni una frase que eche luz sobre el motivo de su llamado.

-¿Qué tarjeta?

Pausa larga.

-No sé. Bueno, quiero saber algo. Mañana, ¿hasta qué hora van a estar abiertos?

Silencio.

-Ah, perfecto. Por el Clío verde que estaban haciéndole el freno. ¿Estará listo hoy o tendré que ir mañana a la mañana?

Silencio.

-Bueno, listo. Graciassss.

Cuelga. Parece satisfecho. Le da una última mirada a la tarjeta, la guarda, deja el teléfono a un lado.

-Listo.
-¿Lo lograste?
-No. Logré saber que mañana trabajan hasta mediodía.

***

En los ascensores, en la calle, desde los taxis, Fogwill mira a hombres y mujeres con la lascivia de un coleccionista, como si fueran, todos, ejemplares de catálogo. “Con frecuencia –escribe en la Introducción a su novela Cantos de marineros en La Pampa- imagino que soy una mujer, pero estas fantasías pronto se evaporan o recaen en una vulgar escena de lesbianismo sádico y desazón”.

Cuando se va, cuando regresa, cuando dice “Hola”, Fogwill saluda con un gesto manso, desusado: un beso en la frente.

***

Al salir de la cárcel, en 1981, no tenía nada, ni casa ni oficina ni trabajo, y fue a vivir a casa de su madre. Poco después le ofrecieron ser director general de la agencia de publicidad del hijo del general Roberto Viola, presidente de facto en aquel tiempo. Y él aceptó.

-¿Y mi trabajo sabés dónde se verificaba? En el piso que había sido mi oficina de opublicidad. Callao y Santa Fe. Y me tocó la oficina con la alfombra que yo había puesto.

Trabajaba aún en esa agencia cuando, durante abril de 1982, su madre, que miraba la televisión –la guerra de Malvinas apenas comenzada- le dijo: “¡Nene, hundimos un barco!”. Y entonces él, que no sabía nada de la guerra, se encerró en su cuarto y escribió aquello de “Que no era así, le pareció. No amarilla, como crema; más pegajosa que la crema. Pegajosa, pastosa. Se pega por la ropa, cruza la boca de los gabanes, pasa los borceguíes, pringa las medias. Entre los dedos, fría, se la siente después”, que fue el principio de Los pichiciegos, la novela sobre la guerra de Malvinas –una veintena de soldados argentinos que sobreviven sin pelear, ocultos en una trinchera subterránea- que escribió en tres días y corrigió en cinco más, subido a la tracción de varios gramos –doce, dice- de cocaína. Hoy, Los pichiciegos, cuya ultima reedición -lleva cinco- se hizo en 2006 en la editorial argentina Interzona, es considerada una de las grandes, grandes, grandes novelas argentinas, y se le adjudica un carácter extraño: anticipatorio. Al escribirla, Fogwill no sólo no sabía nada de la guerra, ni de los códigos internos de las tropas, sino que no tenía cómo saber que la Argentina terminaría por rendirse ante Inglaterra.

-Inducción pura. Cualquier tipo inteligente lo puede ver. El otro día encontré una novela mía inédita. Pero es impublicable. Sobre los countries. Escrita en el ochenta. Pronosticaba la Argentina de los countries y de la gourmandise. Pronosticaba esta mierda. Se llama Nuestro modo de vida. A mi hijo le impresionó porque en el último párrafo decía “Este año se empezaron a poner de moda los jeeps”. Los cuatro por cuatro. Y en ese momento en la Argentina nadie tenía jeeps. Mi hijo la leyó justo cuando se acababa de comprar su Suzuki Vitara y quedó impresionado.

Suspira, estira los brazos, se quita la camiseta, se mira los pies.

-Antes estaban muy mal mis pies. Con la cocaina se me destrozaron. Se me formaron como garras. De estar sentado. Lo único que hacés es tomar cocaína. No movés los pies. Voy a mear. Me ponés nervioso, vos. Me hacés ir a mear.

Desde el baño, la puerta semiabierta, llega el fragor del líquido en el líquido.

-Tirí- canta Fogwill-. Tirirí.

***

La obra de Fogwill incluye los relatos de Música japonesa (1982), Ejércitos imaginarios (1982), Pájaros de la cabeza (1985), Muchacha punk (Planeta, 1992), Restos diurnos (1997); las novelas Los pichiciegos (1983), La buena nueva (1990), Una pálida historia de amor (1991), Cantos de marineros en las pampas (1998), Vivir afuera (1998), La experiencia sensible (2001), En otro orden de cosas (2002), Urbana (2003), Runa (2003), Un guión para Artkino (2009); los poemas de Partes del todo (1990), Lo dado (2001), Canción de Paz (2003), Últimos movimientos (2004); y la recopilación de artículos Los diarios de la guerra (2008). Pero para decir cómo y por qué empezó a escribir hay distintas explicaciones: que es más fácil escribir que evitar la sensación de sinsentido de no hacerlo, que tuvo mucho que ver uno de sus analistas, que ayudó el hecho de que, en 1975, se volvieran accesibles las máquinas de escribir IBM a bochita que le permitieron retroceder y borrar y, también, el hecho de que, en 1978, aparecieran las máquinas de escribir eléctricas portátiles, que le permitieron ganar velocidad. Fue con una de esas máquinas de escribir eléctricas portátiles que una noche se subió a su barco –el último de todos los que tuvo se lo llevó aquel juicio por estafa de 1981- y tecleó, de una sentada, Muchacha Punk.

-El casco de un barco es una cámara de amplificación. A docientos metros nadie dormía con el tecleo, y nadie sabía que era yo el hijo de puta.

“En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”. Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.”, escribió Fogwill aquella noche de insomnio propio, ajeno.

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Una noche de invierno de 2008, después de presentar el libro de un amigo en una librería de Palermo, Fogwill dice:

-Loca, ¿me acompañás hasta la casa de mis hijos? Se van de campamento y necesito darles unas cosas para que se lleven.

Usa una campera roja, pantalones grises, zapatillas, una bolsa de nylon en la que parece acarrear algo preciado. Detiene un taxi, sube, indica una dirección. Cuando el taxi se detiene, Fogwill le pide que espere. Después baja, toca timbre, y aparecen José y Pilar, sus hijos chicos. Fogwill los besa, abre la bolsa, les muestra el contenido: tabletas de chocolate, enormes, muchas. Los chicos toman la bolsa, dicen algo, cierran la puerta. Sin brusquedad, sin despedirse.

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Fogwill levanta un brazo, lo flexiona, abre la boca como si bostezara, con cierto abatimiento, cierta perplejidad. Toma mate en un vasito de plástico azul.

-Cuando era chico tuve un problema metabólico. No calcificaba bien. Eso demoró mucho mi maduración nerviosa. Ya de grande, un médico me hizo una serie de pruebas de equilibrio, de simetría visual. El resultado fue que mi cerebro era como el de un epiléptico. Nunca tuve epilepsia pero tuve cosas típicas de epiléptico: ataques de agresividad, cambios absolutos de carácter, no medir las consecuencias de mis actos.
-O sea que todo lo que la gente cree que es Fogwill, no es otra cosa que un síntoma epiléptico.
-Jum.

”Tengo una deuda con Fogwill -escribió el crítico Quintín en el blog la lectora provisoria-. (…) Hace unos diez años leí Vivir afuera y no me gustó y leí una entrevista que le hizo Daniel Link en Radar Libros, donde F. hablaba bien del Papa y L. lo llamaba genio justamente por eso y me gustó menos. Así fue que publiqué una nota enojada en El Amante, Fogwill se cabreó, me contestó en Página/12 (…). La hostilidad se mantuvo durante un largo tiempo. Hasta que, de pronto, F. tuvo un par de gestos amables hacia mi persona. Primero, me invitó a un coloquio, seminario, congreso, jornadas o no sé qué de críticos que organizó el año pasado en Buenos Aires. Pero hubo un detalle. Nos consiguió alojamiento, viáticos y hasta se preocupó de que la heladera estuviera llena a nuestra llegada. Después hizo algo aun más insólito. Me invitó a presentar Los libros de la guerra, la jugosa recopilación de sus ensayos, distinción que compartí con Horacio González y en la que hice un papel por demás deslucido. (…) Si bien tengo una idea de qué clase de personaje es Fogwill (imposible no tenerla, dado su tendencia al histrionismo, imposible no pensar también que comparto con él cierta facilidad para hacerme odiar gratuitamente), y cuáles son sus ideas políticas (hasta ahí), no he leído su poesía y, aun dentro de la prosa, no sé al día de hoy qué clase de escritor es. La experiencia sensible (el resto lo leí hace mucho) me enseñó que es capaz de una gran precisión al narrar y no conozco a un escritor argentino que lo supere a la hora de describir la intimidad (el sexo, pero no solamente)”. La presentación de Los libros de la guerra se hizo en el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) en marzo de 2008, y no fue la pelea de perros que se esperaba, sino un evento apacible en el que ambos presentadores, supuestos enemigos del presentado, no se deshicieron en elogios, pero casi.

Fogwill se levanta de su butaca, mira alrededor, buscando un cigarrillo. Ya no tiene barco propio, y casi no navega (“Se me puede reventar un aneurisma y no puedo regalarle a un tipo un muerto en un barco”). Vive de sus ingresos por los libros, del Premio Nacional de Literatura, y de su trabajo como asesor de marketing para una empresa argentina de golosinas con sede en Chile.

-¿Vamos a buscar a mi hijita a su clase de flauta? Me voy a cambiar.

Sube al entrepiso. Se cambia mientras dice que Pilar es muy buena con la flauta, y que José es especialista en un paso de baile.

-No sé qué paso de mierda, pero él lo hace perfecto. Es flogger, pero disimula. En el club igual lo captan.

Regresa con pantalones cortos, camiseta rojo sangre, zapatillas, auriculares.

-Tirí, tirírí…Ah, quería buscar un mail de mi agente alemán, antes de salir.

Se sienta frente a la computadora en un asiento ergonómico, una suerte de tabla sin respaldo que lo obliga a permanecer erguido.

-Alargue su pene, viaje a Buzios, alargue su pene…¿Dónde está?
-¿Es cómodo escribir sentado ahí?
-Si. Nunca escribo más de cuarenta minutos. No hay guita que pague la producción de un libro. Una novelita, tipo La experiencia sensible, me lleva ocho meses. Si me encierro a laburar ocho meses, nadie me va a pagar veinte mil dólares, salvo que sea una obra maestra. Y no voy a hacer una obra maestra. Ni quiero.

La flecha del mouse sube y baja por la pantalla brumosa de chocolate, saliva, polvo.

-Ya las hice.