Archive for the 'Martín Caparrós' Category
—¿Así que todavía no conoces a Yohan? Ah, pero es maravilloso. Maravilloso. Tal vez, si me da un ataque de bondad, mañana te lo paso y vas a ver.
Bert tiene cuarenta y nueve años, y sus dos hijos ya están en la universidad. Su señora se ocupa de la casa donde viven, cerca de Düsseldorf, y parece que desde que los chicos se fueron ella se aburre un poco, aunque Bert dice que él siempre le dio lo mejor y que no tiene de qué quejarse, y debe ser cierto. Bert usa esos anteojos de marco finísimo y unos labios muy finos y una sonrisa fina de óptico germano al que uno le entregaría los ojos sin temores. Bert tiene el pelo corto, muy prolijo, y una vida intachable. Sólo que, en cuanto puede, una o dos veces por año, cuando la empresa óptica donde trabaja lo manda a la India, Bert viene a darse una vuelta por Sri Lanka, el centro mundial de la prostitución de chicos. El resto de sus días es…
Caía la noche sobre una tarde de bochorno y Candela me decía por tercera vez que el joputa, el auténtico joputa era el tonto de Hemingway. Alrededor flotaba un humo pesado de cigarros y gritos que eran suspiros excesivos: olés, exhalaciones desmayadas. Allá abajo. en la arena, un bruto cuerpo negro arremetia contra un cuerpito envuelto en sedas:
–Tonto pero joputa, que te lo digo yo.
Candela era dos labios de pecado y una boca de carretero enfermo. Todo junto bajo los ojos verdes más almendrados que había visto en…
Hay un lenguaje: todo país es un lenguaje. Quizás, a veces, el viajero puede incluso suponer que entiende lo que le está diciendo. Y casi siempre se confunde, pero ése es el salero de los viajes.
Japón, en japonés, no se llama Japón sino Nihón –o Nipón si se le quiere dar más énfasis, como en dale nipón dale nipón o nipón la victoria final te espera…
Amaranta tenía siete años cuando terminó de entender las razones de su malestar: estaba cansada de hacer lo que no quería hacer. Amaranta, entonces, se llamaba Jorge y sus padres la vestían de niño, sus compañeros de escuela le jugaban a pistolas, sus hermanos le hacían goles. Amaranta se escapaba cada vez que podía, jugaba a cocinar y a las muñecas, y pensaba que los niños eran una panda de animales. De a poco, Amaranta fue descubriendo que no era uno de ellos, pero todos la seguían llamando Jorge. Su cuerpo tampoco correspondía a sus sensaciones, a sus sentimientos: Amaranta lloraba, algunas veces, o hacía llorar…
Hace caliente. Las sábanas se encharcan y busco la manera; el olor es sudor y canela. Dos mariposas rojas se rozan en el aire; cotorras cuchichean. La plegaria del almuecín se cuela por las celosías; más abajo, en la calle, las colegialas llevan velos negros, y grititos cuando las mira un hombre. La siesta llama cuerpos. Un soplo apenas mueve el tul azul…