Muerte súbita

Publicado: 2 octubre 2009 en Diego Enrique Osorno
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El diario La Mañana Neuquén estaba desparramado en una mesa de ping-pong, con la sección “Policiales” abierta. Oscar Ottón, entrenador de la selección argentina de tenis de mesa, clavó la mirada en el titular: «Asesinan a neuquino en asalto, en México.» Incrédulo, leyó el sumario de la nota: «Ocurrió el viernes pasado, sus restos llegaron a Neuquén y hoy recibirán sepultura. Conmoción local.»

El argentino muerto al que refería la noticia ese 28 de noviembre de 2003 era Mario Palacios Montarcé, profesor de tenis de mesa que hacía 10 años había enseñado a Ottón sus primeros golpes en una bodega petrolera adaptada como club de pingponistas. «Dos meses antes de morir vino a Neuquén para un torneo. Lo sentí contento de vivir en Toluca», me dice Ottón, moreno y de bigote delineado, en un oscuro rincón del Club Pacífico de Neuquen —ciudad de La Patagonia, en Argentina—, con el telón de fondo del castañear de las pelotas blancas que conectan sus pupilos.

Poco después de leer la noticia, Ottón recibió una llamada de Doelia Montarcé, madre de su antiguo maestro: Mario —le confirmó la mujer— había sido víctima “circunstancial” de un asalto a una panadería.

Durante dos años, Ottón creyó esa historia.

—A Mario lo mataron porque se involucró con la mujer de alguien muy poderoso en México—, le dijo un entrenador de la selección mexicana de tenis de mesa, que en 2005 visitaba Buenos Aires por un torneo latinoamericano. Sorprendido, Ottón buscó en ese mismo evento a Fernando Serrano Almudí, papá de un niño del mismo nombre (“Fernandito”), un muy destacado alumno mexicano de Mario que también competía ahí: «Su padre me corroboró —asegura Ottón— que en Toluca se decía que lo habían mandado matar por una revancha.»

Hasta entonces, Ottón jamás había escuchado la versión de que Mario había sido ejecutado.

Un escalofrío lo recorrió.

Por amor

—¿Sabes algo de un profesor de tenis argentino que murió hace unos años? —pregunté a mediados de 2008 a un socio del Club Toluca.

—Sí, cómo no. Pero no era tenista, era tenista de mesa, de ping-pong. Daba clases en el club y se metió con quien no debía meterse.

—¿Con quién?

—¿Con quién más…?

—No sé.

—Mejor no te metas en eso.

—¿Por qué mataron al tenista? —insistí al socio del Club Toluca.

—Por amor— me respondió y colgó.

Esa fue mi primer llamada para conocer qué había sucedido con un deportista asesinado en el sexenio de Arturo Montiel. En voz baja, se hablaba de ese hombre en la socialité del Estado de México y algunos pasillos de la política nacional.

Como River Plate

Para viajar a México, Mario compró un boleto en la aerolínea más barata: Lloyd Aéreo Boliviano. La compañía prometía una sola escala en Santa Cruz de la Sierra. Pero la travesía incluyó tediosos aterrizajes en Uruguay, Bolivia y Panamá. Exhausto, el profesor de 32 años arribó a México. «Se retrasó un día el avión, que es como el bus de Neuquén porque para en todos los lugares —escribió en una carta a su familia—. Para colmo, Toluca queda a 60 kilómetros de DF. Los directores del Club Toluca me llevaron a las instalaciones, que son como River Plate, tiene: 14 canchas de tenis, 2 piletas cubiertas olímpicas, 4 restaurantes, 3 plallas (sic) de estacionamiento, 5 salones de reuniones y de Congresos, capilla, servicio médico, canchas de fútbol y muchas cosas más.» En realidad, las canchas de tenis eran 11, había una sola alberca —no olímpica—, dos estacionamientos, un restaurante y una sala de eventos. Magnífico contador de historias, Mario no sólo dio de un plumazo más grandeza a ese centro. El hombre que por una mejor vida había cambiado de hemisferio concluyó la carta con otro hecho imaginario: «Después hicieron una conferencia de prensa. Había 8 periodistas de radio, televisión y diarios e hicieron mi presentación oficial. Tengo una oficina y una secretaria, Pilar.»

—¿Que más les contaba de México?—, pregunto a Graciela, hermana de Mario.

—Nos decía: «Acá hay gente muy pobre, pero también gente con helicópteros en sus casas.»

Roberto Benigni

Calvo prematuro, Mario había dejado crecer el cabello de los lados, que parecía cepillado con furia. Con ese look entró al Club Toluca. A Víctor Cienfuegos Arochi, el gerente, le preocupó que en su institución —epicentro del empresariado y la clase política local—, aquel muchacho de 1.64 metros proyectara una imagen que, con un poco de imaginación, tenía algo del payaso Krusty.

—Córtate el cabello—, le ordenó.

Mario hizo caso. Con la cabeza a rape, en el gimnasio del Club Toluca comenzó a dar de cuatro a siete horas diarias por 6 mil 400 pesos al mes. Por sus clases divertidas se hizo popular y fue abriéndose terreno como profesor por su disciplina e inteligencia. Pero, sobre todo, destacó en el deporte estatal al formar a un estupendo jugador de tenis de mesa, el niño Fernando Serrano, cuádruple campeón en Olimpiadas Nacionales y medallista continental.

Mario dio clases en la UAEM, el Tec Toluca, la Unidad Deportiva Filiberto Navas, el Club Deportivo Britania y el Club de Golf San Carlos Metepec.

En el restaurante La Esquina Gaucha, al que acudía con frecuencia, Mario se hizo de amigos argentinos, muchos ligados al fútbol. Entre ellos estaba el portero del Toluca, Hernán Cristante, quien aceptó una curiosa idea de Mario para promoverse como instructor: instalar una mesa en Galerías Metepec y batirse juntos en duelos de ping-pong. En los descansos de los partidos que el arquero siempre perdía, Cristante daba autógrafos y se sacaba fotos con fans. Mario aprovechaba el enjambre para repartirles folletos de sus clases particulares.

«Era un chico estupendo que todos apreciábamos. Decíamos que era como Roberto Benigni en La vida es bella», dice Cristante.

Mediante el propio arquero y amigos como el empresario Luis Gasca,

el pingponista se coló a la alta sociedad mexiquense, de la que era parte la clase política estatal. «Su único pecado eran las mujeres. Anduvo con mujeres casadas», dice Edgar Madrigal, uno de sus mejores alumnos.

Academia Paraíso

En los últimos 30 años, Neuquén se ha convertido en la ciudad más importante de La Patagonia. Gente de otras provincias ha llegado atraída por la bonanza bajo su llanura rojiza, rica en petróleo. A esa búsqueda quedó ceñido el destino de Mario Palacios y su familia, originarios de Darwin, pueblo de mil habitantes en la vecina provincia de Río Negro,

donde el chico vivió hasta los 11 años.

Mario fue el único varón y el más pequeño de los hijos que tuvieron el maquinista de trenes Julio Palacios y su esposa Doelia. Las otras hijas del matrimonio fueron Mónica, Patricia y Graciela. A causa del desarrollo ferroviario de la época, la familia abandonó Darwin para trasladarse a un barrio popular de Neuquén, a un costado de la estación de trenes

En la dictadura militar argentina, que dejó 30 mil desaparecidos políticos de 76 a 83, la economía de los Palacios sufría. La madre de Mario, una obrera, al cumplir su turno llevaba a los empleados a sus casas para ganar algo más. Como sus hermanas, Mario no terminó el Bachillerato. Fue ayudante de soldador, mecánico, electricista. Hasta que una tarde conoció su destino: el ping-pong.

Mario solía relatar que un día, jugando ping-pong con “Perengue” —su tío Carlos— se le acercó Wu-Hong, hombre de rasgos orientales.

—¿Vas conmigo a Concepción, Chile? Ahí hay una escuela de talentos dirigida por instructores chinos —le dijo.

A su regreso de Chile, una empresa petrolera le rentó a bajo costo un depósito inutilizado que limpió para convertirlo en un club de esa disciplina —con restaurant y ocho mesas de juego construidas por él mismo— al que llamó “Academia Paraíso de Tenis de Mesa”. «El mejor club en la historia de Neuquén», me dice Ottón, uno de los cerca de 20 alumnos que ahí entrenaban. Sin embargo, la afición por el fútbol no dejaba margen para crecer profesionalmente en el ping-pong. Con los ingresos Mario sólo cubría la renta. Academia Paraíso duró lo que un lirio.

Agobiado por el desempleo, se encerró en un taller del garaje de su casa. Juntó piezas de metal, eléctricas y madera para construir su propio Robo-Pong, un androide lanzapelotas como los que había conocido en Pekín, a donde viajó en 98. El robot, decía, «me va a sacar de pobre».

Pero el aparato no terminó de funcionar. Sin alternativas, Mario la hizo de electricista, soldador y albañil.

Depietri: el contacto

Matilde Montarcé, tía de Mario, vivía con su familia a 400 kms de Neuquén, en Bahía Blanca. Poseía cierta fortuna a la que contribuyó su hijo, Roberto Depietri —primo de Mario—, jugador profesional de Toluca y Pumas de México.

De veleidosa vida laboral, a fines de los 90 Mario había sido contratado como staff del Dúo Pimpinela, que justo daría un recital en Bahía Blanca. Doelia, su madre, avisó telefónicamente a su hermana Matilde que Mario iría a esa ciudad y que deseaba ver a su primo.

Con un abrazo, Mario y Roberto —apodado “Ringo”— se encontraron en la Estación de Ómnibus de Bahía Blanca, junto al helado mar del Atlántico.

En un bar, evocaron entre risas viejos recuerdos, como los días en que juntos pescaban en los canales de Darwin.

Depietri, entonces promotor de futbolistas argentinos en México, notó los serios problemas económicos de Mario.

—Dame tu currículum y lo presento en el Club Toluca para ver si pueden darte trabajo—, le ofreció “Ringo”.

Depietri entregó a su amigo Eduardo Gómez de Orozco, fundador del club, un fabuloso CV que incluía cursos en Asia, meca del ping-pong.

Al cabo de unas semanas, Matilde llamó a su hermana Doelia para decirle que Mario fue aceptado. Eufórica, la familia Palacios sacó un viejo globo terráqueo para ubicar a Toluca. Aunque no la hallaron, festejaron con un asado.

La mañana del 22 de enero de 1999, el pingponista llegó al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Bastó que se subiera al avión para cambiar de clase social.

Ahí sí no te metas.

—¿Y qué tal la gobernadora? —preguntó Mario tras ganar el set mañanero que jugaba con Luis Gasca en el Club Toluca.

—¿Qué con ella? —le respondió sorprendido del otro lado de la mesa el empresario.

—Está relinda —insistió el argentino.

—Sí, sí. Pero no, no… Aguas, güey. Ahí si no te metas. Esos sí son de balas —contestó Gasca. El partido prosiguió.

Mario había coincidido con Maude Versini —a quien le llevaba cinco años—, el 20 de noviembre de 2002, cuando su alumno más destacado, “Fernandito”, recibió de manos de ella y del Gobernador Arturo Montiel el Premio Estatal del Deporte.

«Era un día muy importante para Mario, porque al reconocer a ‘Fernandito’ lo estaban reconociendo a él como entrenador —dice Gasca—. Ese día, Mario se fue de repente de la reunión, sin avisar ni nada.»

—¿Mario se veía con Versini?—, pregunto a Gasca en el Hotel Holliday Inn Toluca.

—Nunca me dijo nada más. Mario era extraño, enigmático. Aunque lo quería mucho y era un gran amigo, parecía con doble personalidad.

—¿Por qué lo mataron?

—No sé. Se ha dicho mucho que porque anduvo con la esposa del anterior gobernador. No me consta nada de eso, pero fue lo que más se escuchó. Como nadie investigó ni nada, no se supo bien qué pasó.

Tunas jugosas

Maude llegó a México en el 2000 para el proyecto “México, el país de los mil rostros”. Se decía “periodista”, pero en realidad era una administradora de empresas que vendía publicidad para la empresa española NOA Comunicación. Durante un año, la joven de 26 años viajó por el país para sostener entrevistas con gobernadores, a los cuales les ofrecía publicar, a cambio de hasta 100 mil dólares, reportajes sobre ellos y sus estados en el semanario francés Paris Match.

En sus periplos, solicitó una audiencia con Montiel. El gobernador aceptó: les daría media hora el domingo 24 de septiembre del 2000.

Cuando los visitantes entraron a su despacho, Montiel debió sorprenderse ante la belleza de la esculpida trigueña. El protocolo se vino abajo: la charla se extendió 60 minutos. Montiel debió cortarla para ir a una cena con el gobernador de Illinois, George H. Ryan, quien llevaba un rato esperándolo. «No se vayan, no hemos terminado la entrevista, falta mucho por decirles», pidió Montiel. En la espera, de cuatro horas, el gobernador les envió bandejas de quesos y jamones delicatessen y, a Maude, dos recaditos de su puño y letra. Al regresar, la plática se extendió una hora más. Entre otras cosas, el gobernador le habló entusiasta de la tuna, típica fruta mexiquense que Versini desconocía: «es tan importante para los mexicanos —le dijo Montiel—, que forma parte del escudo nacional.»

El político, casado en ese momento con Paula Yañez, se despidió finalmente de la francesa, una mujer con la edad de sus dos hijos.

Esa misma noche, la joven recibió sorpresivamente un dulce y jugoso regalo del gobernador: una caja llena de tunas.

Al iniciar 2001, según su amiga Guadalupe Loaeza, Maude convivió tres meses en Venezuela con Hugo Chávez, a quien le hizo un publirreportaje para The New York Times. Montiel mantuvo contacto telefónico hasta que para verla organizó una gira por Caracas. Ahí, la joven le dijo que se iría a vivir a Líbano. El gobernador, dolido, le pidió volver a México: dejaría a su esposa y le facilitaría un proyecto con la revista Hola.

Una noche parisina de fines de 2001, frente al Arco del Triunfo, Montiel le pidió matrimonio. Para que los recién divorciados como él pudieran casarse de modo inmediato, hizo que en 2002 el Congreso reformara el Código Civil estatal. La boda entre la joven y el político que alguna vez dijo «los derechos humanos son para los humanos, no para las ratas», se realizó el 22 de julio ante unos 100 invitados.

Por su esposa, “la gobernadora”, sentía devoción. La pasión de Maude era el esquí. Montiel quiso aprender, pero fue imposible. Capitalizó su nulidad con otra prueba de amor: en 2002 anunció la creación del Centro Internacional de Esquí Nevado de Toluca.

El mandatario le ofrendaba serenatas de mariachi y le mandaba 200 rosas blancas cada 22 de mes, día de su aniversario.

La adoración caló en la política pública. Maude apareció en espectaculares y fotos que se regalaban en actos políticos, y con su nombre fue bautizado un hospital de Atacomulco —municipio natal de Montiel que da título a su grupo político— con todo y su título profesional: “Lic. Maude Versini de Montiel”. A dos años de la derrota del PRI en las elecciones del 2000, Montiel, el político con mayor presupuesto del país, era tan poderoso que ya sonaba como candidato a la presidencia.

Besos suaves

¿Es posible un Don Juan chaparro, calvo y sin dinero? «No era un galán pero era muy coqueto y caía bien a las mujeres», explica su amigo Aldo Dapozzo, entrenador de futbol. «Tenía mucha labia», justifica su alumno Edgar Madrigal. «Era muy juguetón a la hora de enseñar», explica el empresario Luis Gasca. La psicóloga Jazmín López, joven de pelo largo y ojos grandes que me recibe en la clínica de Santa Cruz Atzcapotzaltongo, abre sus secretos: «Los besos de Mario eran muy suaves, acompañados con un abrazo fuerte y tierno.»

Jazmín fue su pareja meses antes que Mario muriera. «Salí con Mario porque era muy humano y muy gracioso», me dice esta chica, con la que el argentino iba al Café Cool y al restaurante La Fortaleza.

—¿Qué piensas sobre su muerte? —pregunto.

—No sé. Mario me platicó que antes era mujeriego. Se comentó que había sido un crimen pasional. Nunca supe qué pensar, aún no lo sé.

Bolsa de cartón

En el viaje DF-Buenos Aires-Neuquén recorro unos 9 mil kms. Me encuentro con Doelia, madre de Mario, una tarde de octubre, comienzo de la primavera. Al entrar a Gregorio Álvarez, como se llama su barrio, transito entre nubes de polvo y me cruzo con algunos perros flacos. «A dos calles de aquí no entra la policía», me dice Doelia, señalando una zona con casas de hormigón. La familia Palacios Montarcé vive en un Fonavi, unidad popular construida por Felipe Sapag, una suerte de cacique —hoy de 91 años— que gobernó Neuquén 20 años.

«Hasta que murió Mario empezaron a darle bolilla (tomar en cuenta) en Neuquén al tenis de mesa», dice esta mujer cuando entramos al cuarto de su hijo. No ha modificado nada: un altero de brillantes trofeos ocupa una cómoda. Junto a un camastro hay un retrato barnizado de Mario jugando ping-pong en el Club Toluca. En el colchón, sobre una sábana amarillenta, descansa una maleta negra. Además, una simple bolsa de cartón. Doelia me pide que la abra: sentado en su camastro veo anuncios de cursos de ping-pong, copias de emails personales dirigidos a mario_palacios_Montarcé @hotmail.com, tarjetas de presentación con su celular (044722-1183228), una nota del Reforma con su foto, folletos de su Atos, copias de su CV, notas del Sol de Toluca donde Montiel y Versini entregan el premio a su alumno “Fernandino”, fotos con amigos, papeles del Instituto Nacional de Migración y una vieja cartera.

Al cuarto lo sume el silencio. De pronto, Doelia, de brillantes ojos rodeados de arrugas, se suelta a llorar.

Azucenas

Mario murió en la clínica 22 del IMSS media hora después de ser atacado el viernes 21 de noviembre de 2003. Los testigos de su último aliento en el cuarto del nosocomio fueron el médico José Bernal Ocampo, y el gerente del Club Toluca, Víctor Cienfuegos.

En cuestión de horas, el directivo preparó el velorio y una misa en la Iglesia de Dolores a la que acudiría Fabián Estay, jugador de Santos Laguna y amigo de Mario, quien dejó la concentración de su equipo en Torreón para viajar a esa ciudad.

A las 6 pm, Cienfuegos llamó a Argentina.

—Mario tuvo un accidente… está muerto —le dijo a Mónica. Desconsolada, la hermana se hundió en llanto y soltó la bocina. La comunicación se cortó.

Media hora más tarde, Cienfuegos llamó de nuevo.

—Mario murió en un accidente –reiteró el gerente, y ahora añadió: —le dieron un tiro—

«Me pareció raro que dijera que fue un accidente y que (al mismo tiempo) fue un tiro —recuerda Mónica. Luego me dijo que fuera a México y le contesté que no tenía dinero. Me dijo que si no iba lo declararían NN —no identificado—, pero nos habló Depietri y dijo que se encargaría de todo.»

Mónica avisó lo sucedido a las otras hermanas. Ninguna sabía cómo darle la noticia a sus padres. Esa noche, se limitaron a decirles que Mario había tenido un accidente en Toluca y que esperaban más noticias. Acto seguido, Doelia fue al cuarto de su hijo a encender una vela. Se apagó al instante. Pensó que era el aire y la encendió otra vez. Cuando la llama volvió a extinguirse, supo que su hijo había muerto.

En los días en que el cuerpo de Mario volaba hacia Neuquén, Doelia se levantó cada madrugada a regar unas azucenas de su patio, las favoritas de Mario. «Pese al agua, la luz y viento, no dejaban de marchitarse», dice Doelia. El 27 de noviembre de 2003, luego de un viaje Toluca-DF-Santiago de Chile-Neuquén, la familia recibió el cadáver en el Aeropuerto Internacional Presidente Perón. «Ese día era el cumpleaños de mi papá, que estaba enfermo del corazón —cuenta Mónica—. Fue muy duro.»

El cuerpo permaneció 24 horas en una funeraria. Al día siguiente, el 28 de noviembre a las 10 am, lo enterraron en el Cementerio Central de Neuquén. Ya en casa, Doelia fue a su patio y cortó las azucenas, que estaban marchitadas por completo.

Traten de no meterse

Graciela, hermana menor y consentida de Mario, dice que ante la muerte no podían hacer mucho: no tenían dinero, México estaba lejos y sólo conocían a Depietri: «Y en Toluca, aunque hay leyes, no había ley.»

—¿Qué les decía Depietri? —pregunto a Mónica.

—Que le habían pegado un tiro y que no sabía nada, que había sido un accidente. Y me dijo: «Traten de no meterse en nada, no hagan llamadas ni envíen mensajes. Hay mucha mafia en México». Evadía hablarnos de qué pasó (pero) estoy agradecida porque sin él no hubiéramos traído a Mario. Esa fue la única vez (cuando el cuerpo llegó) que vimos a Depietri.

—¿Ustedes nunca dudaron de la versión?

—Después empezamos a atar cabos porque “Ringo” (Depietri) ya no contestaba cuando le llamábamos para peguntar por lo de Mario.

Caso archivado

En el Club Toluca busqué a Víctor Cienfuegos, gerente que contrató a Mario. Lo esperé una hora y aceptó platicar conmigo mientras se dirigía por su auto. Los primeros dos minutos no paró de caminar y alabar a Mario. Luego me dio la dirección exacta del sitio donde había muerto. «¿Falleció por un asalto?», le pregunté. Detuvo su paso, me miró a los ojos y dijo: «Murió de muerte natural» y siguió caminando hacia su coche.

Cerca del centro de Toluca, en Lerdo de Tejada y Josefa Ortiz de Domínguez, estuvo la panadería La Bondi, negocio de la familia Reyes que fue cerrado poco después del deceso. Hoy es una tienda de Telcel atendida por una chica que me dice no tener idea de qué sucedió ahí.

Toluca es quizá la ciudad con más diarios del país: 15. Pero únicamente El Sol de Toluca y Cambio publicaron en interiores notas como susurros sobre el suceso del 21 de noviembre de 2003. El primero omitió el nombre de la víctima y su puesto en el Club Toluca.

Arturo Callejas, entonces reportero policial de Cambio, revela que resultó extraño el modo como ese diario supo lo sucedido: no fue por el ritual aviso del jefe de prensa de la policía, sino porque el dueño de un negocio vecino a la panadería se lo contó a un editor.

Mario Alberto Carrasco, director de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México y en aquél entonces Subdirector Jurídico Consultivo de la Secretaría de Gobierno del Edomex, me confirmó escueto: «la muerte de esta persona fue por un disparo en la sien y los asesinos no han sido detenidos.»

Días después, un funcionario de la procuraduría que contacté extraoficialmente accedió el expediente TOL/HLN/I/2747/2003, abierto a causa del homicidio. «Es uno de los expedientes con menos hojas que he visto en mi vida», me dijo, y añadió que incluía tres declaraciones ministeriales de personas relacionadas con lo sucedido. «El caso fue archivado —me dijo el funcionario—. No hubo investigación.»

Busqué al ex secretario particular de Montiel, ahora alto funcionario del gobierno de Enrique Peña Nieto: «Ese caso no se resolvió y nunca se resolverá —me aclaró—. Es un tema bastante delicado. Averigua también cómo fue qué se lo llevaron hasta Argentina. Y el no murió en un asalto. Checa eso. Es todo lo que te puedo decir.»

No existen registros

En la Oficialía número 3, libro 6 constancia 01018, de Toluca, se encuentra el acta de defunción de Mario Palacios Montarcé, soltero nacido en Neuquén, muerto a causa de «herida penetrante por proyectil de arma de fuego en cráneo» y «sin hijos».

Según un sello del acta de defunción, el 25 de noviembre de 2003 el cuerpo de Mario fue revisado por el área de Sanidad Internacional del Aeropuerto de la Ciudad de México, antes de partir a Neuquén. La Embalsamadora Kong, de Toluca, preparó el cuerpo para el viaje. «Se recibe cuerpo procedente de Semefo Toluca (…) procediendo a reabrir cavidad toracoabdominal para aseo viseral, extracción de gas, líquido y materia fecal introduciendo sustancias conservadoras y en duro, posteriormente se realiza la misma maniobra con cavidad cranearia», detalla el certificado de Santiago Kong, quien rechazó una entrevista.

Pese a que la empresa Intercontinental cargo, con sede en el DF, hizo los trámites aduanales para la salida del cadáver que voló por Aerolíneas Argentinas, en la Embajada de Argentina en México no existe registro del deceso de Mario Palacios Montarcé. «Oficialmente puedo decirte que de 2003 a la fecha no existe registro de la muerte de un argentino con ese nombre», declaró Facundo Macedo, agregado de prensa de esa representación. Sin embargo, Chilango posee copia de la constancia registro 0325141 del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de Argentina, en la que el entonces cónsul argentino en México, Carlos Aparicio, autorizó el 25 de noviembre de 2003 que el cuerpo de Palacios saliera del país. Aparicio, funcionario de Relaciones Institucionales de ese ministerio, se negó a una entrevista.

Después de semanas de tentativas, me encontré con Depietri, el familiar que llevó a Mario a México y, según la familia del occiso, quien les pidió no indagar nada sobre la causa del deceso. Para ser redonda, a la noche de Buenos Aires sólo le falta el triunfo que no tuvo la selección de Argentina en su partido contra Chile. Aunque vive del fútbol, Depietri no vive para el fútbol. Cuando entra al Museo del Jamón, en la céntrica avenida 9 de julio, al promotor de Rodrigo Palacio, estrella de Boca Juniors y la Selección, se lo ve tranquilo.

—A Mario fueron a matarlo, eso lo sé. No se lo dije a su familia porque no tenía caso hacer esto más doloroso. Iban por él, eso lo tengo muy claro. Nunca se supo por qué lo mataron. Era muy bueno, su gran motivación era juntar dinero y regalos para su familia.

—¿Existió una investigación?

—No hubo nada acerca de los que mataron a Mario. Fui dos veces a ver cómo iba la investigación, pero nadie me quería informar. Sólo supe que la chava que estaba en la panadería durante la muerte de Mario había dicho primero que podía reconocer a los asesinos y luego a los días siguientes la hicieron que fuera a cambiar su declaración y dijo que no los podía reconocer.

—¿Cuál puede ser la causa del ataque?

—Hubo muchos rumores e hipótesis. La principal: un marido despechado. Algunos me dijeron que Mario estaba nervioso esos días.

Un año después del asesinato de Mario, el empresario Luis Gasca le dijo a Depietri que en el Club Toluca se decía que la muerte de Mario se debía a que había sido amante de Maude Versini. Según Gasca, Depietri le contestó: «Si fue por eso, por lo menos Mario se fue contento al cielo».

—¿Mario tuvo una relación con Versini?

—Mario nunca me dijo nada. No sé que pensar. Pese a todo, creo que Mario fue feliz en México. Vivió cosas que nunca hubiera vivido en Neuquén.

—¿Tramitaste el permiso ante la Embajada Argentina en México?

—Supongo, pero no me acuerdo. De muchos trámites se ocupó (el gerente) Cienfuegos en el Club Toluca.

—En la Embajada dicen que no hay registro del traslado de Mario, ni de su muerte.

—No recuerdo qué pasó. Tal vez (Cienfuegos) Arochi lo recuerde.

Ni lo acepto, ni lo descarto

Busqué otra vez a Cienfuegos, el gerente del Club Toluca que contrató a Palacios. Sólo aceptó tomarme la llamada.

—Dos escenarios me circundan a Mario –me dijo—: uno, que era un gran amigo; el otro, que tuvo una muerte muy trágica —comenzó el directivo.

—Quisiera hablar en persona, acabo de regresar de Argentina.

—Tengo 63 años, me afecta hablar del tema. Debí identificar el cadáver cuatro veces… su fisonomía… fueron balazos que no lo desfiguraron.

—Quisiera hacerle preguntas sobre su muerte.

—Sé el momento político de mi estado, el que viene. Yo sé mi cuento y créame, es todo lo que le puedo comentar.

—¿Tiene que ver la política?, ¿hay políticos involucrados en su muerte?

—Créame que lo que sé, ya lo dije. Hablaría las veces que quiera con usted pero no sobre Mario. Usted en su medio y yo en el mío, somos gente que sabemos. Soy un viejo de 63 años y tengo algo de experiencia en la política.

—¿Hay políticos involucrados en la muerte de Mario?

—No puedo ni debo hablar. Uno sabe hasta dónde hablar sobre una persona.

—¿Descarta que Mario conociera a la señora Maude Versini?

—Ni lo acepto, ni lo descarto, ni nada. No voy a hablar más de esto.

Dos días después

El 23 de noviembre de 2003, apenas dos días después del asesinato de Palacios, a la Embajada de Francia en México entró una mujer de lentes oscuros y gesto descompuesto. Era Maude Versini, con cinco meses de embarazo. Declaró a las autoridades diplomáticas haber sufrido golpes por órdenes de su esposo.

Al abordar el fracaso de las reformas al IVA en alimentos y medicinas, Jorge Castañeda —secretario de Relaciones Exteriores cuando Montiel era gobernador— y Rubén Aguilar, vocero del presidente Vicente Fox, revelaron lo siguiente en el libro “La Diferencia”: «La tercera respuesta a la pregunta sobre las causas de la derrota (en el Congreso) es la más “técnica”, si se quiere. Descansa en la abdicación, traición o debilidad de Arturo Montiel, cuyos 21 diputados del Estado de México faltaron y fallaron en el último momento, haciendo en teoría la diferencia de los 18 votos que nunca llegaron. (…) según esta versión, debido a sus líos matrimoniales, patrimoniales y anímicos, se fue a refugiar a San Diego para reconquistar a su esposa francesa. Ella, de acuerdo con fuentes de inteligencia y diplomáticas, había sido objeto de una golpiza mayúscula por parte de presuntos guardaespaldas de Montiel, como se denunció ante el Ministerio Público en Toluca, pero sobre todo, ante el Consulado de Francia en México. (…) Montiel estaba en eso, y se desentendió de lo otro, que al final importaba menos que el amor.»

Según el texto, para compensar la golpiza Montiel compró con un maletín de efectivo una «fastuosa casa de playa en la isla francesa de Saint-Barthélemy, pagada con maletín de efectivo.» En marzo de 2004, nacieron los gemelos Sofía y Adrián Montiel Versini, con los que la pareja posó sonriente para las cámaras de la revista Quien.

Mientras tanto, en Toluca, Fernando, de 11 años, devastado por quedar huérfano de su “padre deportivo” evaluaba dejar el deporte. «Lo quise mucho», es lo único que acepta decirme.

Sepulcros

Con Graciela y Patricia —hermanas del pingponista— entramos al Cementerio Central de Neuquén. En el nicho de Mario, el 6195, hay un collar y un mate de su club adorado, Boca Juniors. Además, dos láminas; una con la leyenda «Mario Palacios Montarcé: Serás un ejemplo de vida que nos guiará por siempre. Tus padres, hermanos políticos y sobrinos», y otra con la frase: «Una persona buena que supo dejar una profunda huella en el espíritu de quienes lo amamos. Tus tíos y primos.»

En la urna con sus cenizas hay una carta que le escribió su sobrino Rodrigo, un corazón con claveles rojos y unas raquetas de ping-pong que desde Toluca le envío su discípulo mexicano más querido, el pequeño Fernando. Patricia, costurera en un hospital de la zona, limpia el cristal del nicho: «A veces —me confiesa con una sonrisita— aparecen besos pintados con labial que tengo que quitar.»

Los restos de Mario están en un lugar pleno de sol, rodeados por sepulcros de niños. De tan coloridos, los crisantemos y gladiolas ofrendados al tenista parecen artificiales. «Mi papá venía mucho a charlar con Mario. Al poco tiempo aquí se quedó», dice Graciela señalando el nicho 3290, el de su papá, Bernardo Palacios, que murió tres meses después de recibir el cadáver de su hijo. «Creo que por la tristeza”, expresa Mónica.

Lamento lo que pasó

—¿Qué opina de la muerte de Mario Palacios Montarcé?

En París, del otro lado de su celular, Maude Versini guardó silencio un par de segundos y contestó:

—No conozco a ese señor…lamento lo que le pasó.

—Era un instructor de tenis de mesa que fue asesinado…

—Como le dije —me interrumpe—, lamento lo que le pasó a ese señor. Ahora me disculpo porque tengo que hacer algunas cosas.

La ex esposa del gobernador colgó. Al día siguiente, recibió en su email un cuestionario en el que le pregunté sobre Mario y los señalamientos del libro “La Diferencia”.

Hasta el cierre de la edición no respondió.

Te vamos a matar

Uno de los alumnos de Mario me confía algo que su maestro le contó un día de noviembre de 2003: varios hombres a bordo de un Galaxy blanco pasaron a su lado y le dijeron: «Te vamos a matar.»

Mario previó que algo iba a pasar; no sabía cuándo. La gente que lo vio esos días lo notaba nervioso.

En su departamento de Santiago Miltepec, una colonia austera bajo unos cerros, se dedicó a ver caricaturas. Avelino Gutiérrez, amigo argentino que vivió con Mario en sus últimos días, lo recuerda triste, inquieto.

«Marito era un muchacho muy alegre, pero se volvió otro días antes que lo mataran», me cuenta en un café de Avenida Olazcoaga, en Neuquén, a donde volvió lleno de miedo cinco días después del deceso. Al ver que la rutina de su amigo se reducía a ir de la casa al club y viceversa, Avelino lo encaró. Mario adujo que el radiólogo Fernando Serrano Almudí, papá de su alumno, le había detectado una «arteria tapada de la cabeza». «Cuando Mario murió se lo pregunté (a Serrano) y me dijo que no le había hecho ningún estudio», dice Avelino.

Tengo hijos

El 21 de noviembre, Mario llegó al gimnasio del club a las 6 am. Como aún no había llegado ningún alumno, hizo estiramientos. Al rato, acudieron unos 20 socios a los que puso a practicar sobre las mesas, sin prestarles mucha atención.

Una de sus alumnas, Alicia Bennet, lo llamó para se quedara un rato más a practicar con ella: «Tengo cosas que hacer», respondió en seco el instructor. Aunque la sesión colectiva a veces terminaba hasta las 10 am, Mario suspendió todo hacia las 8. Apresurado, salió del gimnasio.

En su Atos rojo, tomó la avenida Lerdo de Tejada y, antes de llegar al cruce con Josefa Ortiz de Domínguez —donde viraba en su habitual itinerario—, frenó el auto de golpe y entró a la Panadería La Bondi.

Según la declaración ministerial de la empleada —hecha frente a Avelino Gutiérrez—, Mario entró de prisa, agitado. Segundos más tarde, hicieron lo mismo dos hombres corpulentos de traje y corbata.

«Tírate al suelo y cállate», le dijeron a ella al tiempo que se abalanzaban sobre Mario, con quien forcejearon. El argentino lastimó su mano al detener un cuchillo que lo amenazaba, pero un momento después quedó inmóvil: uno de ellos le clavó un cuchillo en el cuello, y otro le asestó con un tubo un golpe en la cabeza.

Con Mario derribado y sangrante, los asesinos lo arrastraron hasta el baño de la panadería. Todo acabó con un balazo en la sien.

Salieron de la panadería sin robar nada.

Las últimas palabras de Mario —según la declaración ministerial de la empleada de panadería—, fueron: «¡No me maten, tengo hijos!»

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  1. […] Diego me pasó una crónica suya, “Muerte súbita”, que publicó en Chilango. A mí me gustó la idea y busqué un guionista que escribiera un […]

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