El benjamín

Publicado: 15 septiembre 2010 en Sandra Botero
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A mi primo Carlos los juguetes que le regalaban en Navidad no le sobrevivían 24 horas. Su mamá cuenta que desde cuando estaba en su barriga se movía y pateaba con más fuerza que sus tres hermanos mayores, todos de carácter sereno.

Carlos nació en una familia bogotana de clase media el viernes 13 de mayo de 1966. Como el menor de los hijos, el benjamín, pudo haber sido el consentido de sus papás; pero en cambio se convirtió en la oveja negra de la casa: el autor de las más temerarias travesuras de niño y la personificación de la vergüenza familiar de adulto. A diferencia de sus hermanos, un físico, una matemática y una licenciada en idiomas, Carlos no se hizo profesional en nada excepto en el robo: desde la billetera de su papá hasta carros, almacenes y bancos, todo para financiar su enredada vida y el consumo de diversas drogas. Fumadas, inhaladas, tomadas.

–Nunca me inyecté, porque yo sabía que de ese viaje no me salvaba. Por eso y por mi hijo creo que hoy estoy vivo. Desbaratado, pero vivo.

Lo dice mirando su pierna izquierda, sin movimiento desde la cadera hasta los dedos de los pies; el vestigio más notorio de su supervivencia a décadas de drogas y alcohol, a dos puñaladas en el pecho, a un intento de suicidio en el que se arrojó del cuarto piso de un colegio, a huidas en medio de balaceras, a torturas con descargas eléctricas, a una tentativa de ahorcamiento –estas dos mientras estaba en la cárcel– y al golpe final, que le dejó inmóvil la pierna: un tiro que le entró en medio de las cejas y se alojó en su cerebro, disparado por la última de sus víctimas luego de que le rapara el teléfono celular una tarde en la Avenida Caracas con calle 64, en Bogotá.

–Era un señor calvo, panzón. Qué me iba a imaginar yo que andaba armado.

La bala expansiva le dejó incrustadas cuatro esquirlas en el hemisferio derecho. Los médicos del hospital Simón Bolívar, adonde lo llevó una ambulancia que casualmente pasaba por la Caracas, se las extirparon todas menos una que se le enterró profundamente. Se despertó a los cinco días. Después de la esquirlectomía, cubierta por el servicio médico estatal, y de una cirugía reconstructiva que le pagó su hermana la matemática en una clínica privada, tardó seis meses en poderse parar de la silla de ruedas en la que vivió en casa de su última mujer, Lola, a quien conoció en la cárcel un día de visitas. Pero Lola no lo quiso más porque ya no podía hacer mandados, como les llamaba a los atracos.

–Ni le podía responder igual como hombre. Al final ya no me quería ayudar ni siquiera a entrar al baño, y me dejaba quemar –lloriquea Carlos.

Desde entonces hasta hoy, cojea. Usa su pierna izquierda, rígida, apenas para apoyarse, ayudado de su bastón. Poca cosa para alguien que ha recibido un disparo en la cabeza.

***

Pero de lo primero que Carlos necesitó salvarse fue de los castigos de su papá, mi tío Anastasio. O “Anasfacho”, como le dice Carlos. Palizas, encierros y largas sesiones de cuclillas. Una de las reprimendas memorables para mi primo se la dio a los 11 años cuando descubrió que le había asaltado la billetera.

–Mi papá siempre cargaba buena plata; yo le sacaba poquitos y luego fui descarándome, hasta que me pescó.

Esa noche, después de estar amarrado a una viga y de recibir varios golpes de Anasfacho con un serrucho, Carlos tuvo que dormir con Ney, el perro de la casa, en el patio de atrás.

Muchas de las zurras venían tras las acusaciones de nuestra abuela, quien vivió en la casa de mis primos hasta su muerte. Ella crió sola a sus hijos y les dio su apellido. Además de carencias tuvo que aguantar los señalamientos por ser madre soltera, sañudos en la época.

Yo la recuerdo cariñosa, y también lo fue con mis otros primos.

–Pero con Carlos nunca pudo –comenta la mamá, quien supone que a la abuela no le caía en gracia que el niño fuera oscurito y sus hermanos de piel clara–. Todos los días tenía una queja de “ese negro polizón”. Y yo, para que el papá no llegara en la noche a darle, mandaba a Carlos a la calle a jugar en el día; para que así no hubiera quejas.

–Sí, yo le hacía muchas diabluras a mi abuela –dice Carlos–. Le escondía los cigarrillos, las gafas. Ella se quejaba de que no veía, pero si yo estaba en el parque al frente de la casa, ahí sí veía todo lo que hacía y me aventaba. Yo creo que me le parecía a mi papá. Él también fue niño problema, y como mi abuela no tenía marido era una generala. Ella era de las que decía, con su cigarrillo y su acento paisa, que “a los niños hay que consentirlos pero dormidos”.

”A mi papá le tocó otra época, y fue y es aún hoy tomatrago. Tuvo la suerte de tener un buen trabajo y plata. Pero donde hubiera vivido mi vida, estoy seguro de que hubiera sido drogo también.

”Yo soy muy parecido a él. Atravesados. Uno de los primeros recuerdos que tengo de niño es que a veces cuando mi papá llegaba borracho en las noches, no golpeaba a la puerta sino que hacía un par de tiros al aire. Mi mamá se levantaba y corría a abrirle. Se creía cowboy el hombre. A mí la vida me ha calmado. Y a él, el cáncer de próstata que le dio; porque ni los años le bajaban el voltaje”.

Las calles del barrio Mariano Ospina Pérez, de Bogotá, empezaban en los años setenta a convertirse en expendios de marihuana. Justo al frente de la casa del tío Anastasio había un parque que se volvió una olla de venta de drogas. Allí, Carlos a los diez años probó por primera vez la marihuana que le regaló un compañero del colegio: Camilo Cardona, el Caca, que hoy está muerto; al igual que la mayoría de sus amigos de la niñez y adolescencia.

–Yo era chiquito y era curioso y era casposo. Veía que fumaban y me provocaba. Le insistí tanto al Caca, lo jodí tanto, que un día en medio de su traba me la dio a probar.

En la familia siempre estuvo presente el alcohol. Por eso no fue raro que el primer trago de aguardiente de la vida de Carlos se lo diera un pariente beodo, cuando él estaba en segundo año de primaria, durante una típica reunión después de una misa de novenario. Lo insólito fue que al pariente nadie lo reprochó por ello, pero Anasfacho sí castigó a Carlos a la mañana siguiente porque no se despertaba para ir a estudiar, por el guayabo.

–Me levantó a palo y me obligó a irme así.

Carlos pasó por varios colegios antes de terminar el bachillerato.

–Me iba bien académicamente, pero no me volvían a recibir por mal comportamiento. Y en cada parte nueva encontraba siempre compañeros colinos.

Una de esas instituciones fue el Camilo Torres, donde conoció compañeros de diferentes estratos. Y amigas, pues antes sólo había estudiado en colegios masculinos.

–Siempre he sido entrador, hago amigos donde voy. En el Camilo me fue muy bien con las viejas. Antes sólo había tenido experiencia con una prostituta que me pagó mi papá, en Honda, Tolima. Un día me dijo que nos íbamos los dos solos a un paseo. Se me hizo muy raro, y resultó ser para eso. Pero ya luego yo hice mis propias amigas, muchas, y eso que vivía con la cara raspada porque me caía por las trabas; pero aun así tenía éxito. Y en ambientes de trago y drogas, ellas lo daban fácil.

”Me gustaba el rock, Led Zeppelin, Black Sabbath. La gente me recordaba por mi manera de ser y por marihuanero. Aproveché eso para hacer negocio y empecé a vender la yerba. Me iba muy bien”.

Carlos conoció una nueva droga, después de la marihuana: las pepas, que conseguía en el barrio La Perseverancia, cercano al colegio, junto con su amigo Hernando Robayo. Les decían mándrax o rorrer; o jumbos, porque ponían a volar.

–Hernando venía de un hogar disfuncional también. El papá vivía en otra ciudad y la mamá trabajaba todo el día. Todas las mañanas nos trabábamos en su casa mientras hacíamos las tareas. Y por la tarde a veces capábamos clase y nos íbamos a comer rueditas, o sea pastillas, que estallábamos con marihuana. Se sentía muy rico, era una traba muy especial.

”Para poder comprarlas nos volvimos retacadores en la calle. Hernando se metía un Alka-Seltzer en la boca y yo le decía a la gente que era epiléptico y tenía un ataque, y les pedía plata para llevarlo al médico. Todo el mundo nos daba porque éramos unos chinitos de 14 años.

”A Hernando lo atropelló un carro a los 16, un 25 de diciembre que iba trabado a visitar a la novia. Y se murió”.

Mi primo me cuenta sus vivencias como picardías de niño, con una expresión que no refleja ni su edad ni la crudeza de las historias que narra.

***

El timbre de la voz de Carlos es grave. Comenzó a estudiar locución y medios audiovisuales pero sólo hizo dos semestres, porque las horas que dedicaba cada día a conseguir droga, a drogarse y luego a salir de la traba, no le dejaban tiempo para llevar una vida con continuidad en nada. Cada día era distinto y a esa diversidad también se volvió adicto. Así y todo, tuvo una novia muchos años.

–A los 17 me ennovié con mi vecina Callita. Le mostraba una doble cara. Para ella yo era sano y además era su héroe porque un tipo le cogió el rabo un día que iba sola por la calle, y yo paré al hombre. Era un malandro, nadie se metía con él, le tenían miedo. Le decían El Desbaratado, porque en ese entonces ya estaba más maltrecho que yo ahora.

”Le busqué pelea una noche en un sector de tiendas del barrio al que todavía hoy le dicen Tintofrío, que huele a orines a una cuadra de distancia. Yo sentí que me dio un puño en el pecho, cuando de pronto me toqué y estaba sangrando; me había apuñalado”.

Carlos suspende su narración y me mira con ojos alegres:

–¿Sabes que ésa fue una de las pocas veces que sentí a mi papá conmigo, apoyándome? Él llegaba de un paseo con unos amigos en ese momento, y un vecino le contó lo que estaba pasando en Tintofrío.

”Mi papá le dio un cachazo en la cabeza al Desbaratado. Entonces se le soltó un tiró de la pistola, que le rozó la cabeza al tipo; casi lo mata. Le dejó un quemón arriba del tabique.

”Luego me llevó a la clínica San Pedro Claver. El médico le dijo que si la puñalada hubiera sido un centímetro más arriba me hubiera perforado el corazón. Anasfacho se puso a llorar. Y yo también lloraba, pero por él. Yo no puedo odiar a mi papá, así sólo lo viera reírse en Navidad y Año Nuevo, o cuando ganaba Millonarios”.

–¿Cómo le ocultabas a tu novia que consumías droga; los ojos rojos, el olor, el mareo?

–Yo usaba siempre gotas y loción. Además ella era muy inocente. O más bien remilgada. Las visitas que le hacía tenían que ser supervisadas por su abuela. Si un beso duraba más de unos segundos, la señora ladraba.

”Pero yo quería más sensaciones. Entonces empecé a frecuentar prostíbulos y conocí el bazuco, que es lo peor. Es tremendamente adictivo. Mi necesidad de consumir, y de plata para comprar, era cada vez más grande.

”Vendiendo droga conocí a militantes del M-19, de los Comandos Urbanos Especiales, CUES, y empecé a ir a sus reuniones. Me volví su amigo, aunque eran mayores que yo. Ellos estudiaban en la Universidad Nacional. Vivían por temporadas en diferentes casas del sector, en calidad de compartimentados, decían ellos; o sea, que intercambiaban casas.

”Tocábamos guitarra, cantábamos canciones revolucionarias y fumábamos baretos comunales. Empecé a ir a la Nacho y a participar en las manifestaciones y pedreas. Para mí lo máximo era la Universidad Nacional, pero todo era por el vicio. Marihuana y bazuco. Me estaba metiendo en un chicharrón muy delicado y no me daba cuenta”.

Carlos se volvió grafitero. Un día escribió: “Juventud Revolucionaria Nacionalista: un nuevo frente combatiente, con la Coordinadora Nacional Guerrillera” en la pared recién pintada de la iglesia del barrio. Callita, que no fallaba un domingo a misa, creyó reconocer la letra de su novio, de trazos tan particulares; los mismos con los que le escribía tarjetas y esquelas cada mes que cumplían de estar juntos.

–Yo le negaba todo, y le calmaba las dudas con regalos. Muchos regalos.

Pero el bazuco ya estaba dejando huellas en Carlos, en su carácter que se tornaba violento y en su boca que empezaba a perder dientes.

–Como no me daba hambre, me volví un flaco eterno. En la casa también empezaron a darse cuenta, y mi relación con mi papá se puso peor. No nos hablábamos.

Una tarde, luego de salir de una reunión con los del M-19 en el barrio Las Malvinas, fundado en una colina del suroccidente de Bogotá por este grupo guerrillero y donde en varias casas se izaba su bandera, Carlos fue obligado a subir a un Renault 4 blanco. En el camino hacia el sector de Paloquemao, uno de los hombres en el carro le dijo que estaba fichado por guerrillero y por expendedor de droga, y que si no quería irse a la cárcel tendría que “colaborar”.

–Me ofrecieron plata para ser sapo, y así empezó la caída de mi vida.

Llegaron al Departamento Administrativo de Seguridad, DAS. Lo subieron al piso nueve y allí recibió instrucciones. Su trabajo consistía en delatar, y el pago se lo daban al final de cada mes, sin nombre, con un código y firmando con su huella. Era más dinero del que nunca antes le robó a su papá o reunió vendiendo marihuana.

Se volvió aficionado a la ropa de marca y empezó a consumir licor.

–Bebía todos los días con un coronel al que le decíamos Carlos Primero porque todo el tiempo estaba tomando de ese brandy. Al menos dejé el bazuco un tiempo, hice un upgrade.

De la mano del alcohol, vino la cocaína.

–Era muy fácil conseguirla. Yo delataba ollas, íbamos, la incautábamos y nos la metíamos. Igual pasaba con dólares chimbos que quitábamos en imprentas de la ciudad, y luego los cambiábamos a pesos. Y con tarjetas de crédito falsas; se decomisaban y después las usábamos. Al final hacíamos lo que se conocía en el das como control, o sea oficializar la confiscación. Algunas incautaciones se informaban, otras no. Yo iba aprendiendo cómo era la movida.

”Ellos sabían cómo tenernos comiendo de su mano, por nuestra adicción. Me volví de los consentidos del DAS. Me tocó decir en la casa lo que estaba haciendo y por qué tenía plata; si no, hubieran pensado que seguía chalequeando a mi papá. Y no me pusieron problema”.

Pero mientras la situación en su casa se apaciguaba, Carlos hacía cada día más enemigos.

–Andar delatando no era rico. Yo perdí mucho criterio, y lo peor es que me quedé sin amigos. Me calenté con media Bogotá y vivía paranoico todo el tiempo.

Aun así, se sentía poderoso por la protección del DAS, el dinero y la alteración mental con que permanecía. Y andaba armado.

–La gente lo sabía, nadie se metía conmigo. Pero no faltó una noche que me tocó volármele corriendo a un guerrillo que me hizo disparos. Me metí a un solar de una casa y no pude salir hasta el otro día.

En 1992, la dirección del DAS cambió y el trabajo a Carlos se le acabó. Se había acostumbrado a la plata fácil y a los lujos, estaba adicto al alcohol y a más drogas y le ayudaba a pagar la carrera universitaria a su novia, que seguía sin hacer mayores preguntas.

Con el último pago que le dieron en el DAS, compró una moto. Pensó en ser mensajero pero un salario mínimo ya no satisfacía sus gustos y necesidades, y un trabajo con horario no conjugaba con su ritmo de vida. Se le acabó el dinero. En su crisis, aumentó su consumo de drogas y ya no le importó que su novia lo descubriera. Además, ella se enteró de que él visitaba prostíbulos y también lo culpó de haber inducido a su hermano pequeño a fumar marihuana; lo cual, según Carlos, no fue cierto. La relación terminó después de siete años.

–Estaba deprimido, desubicado y muy vicioso. Con la moto terminé dando el siguiente paso en mi camino de bandido, pues empezaron los atracos. Al taller de mecánica donde la llevaba llegaban motos robadas, y me fui relacionando con los atracadores. Empecé robando radios extraíbles de carros.

”Por esos días conocí a la mamá de mi hijo. Yo tenía 27 años y ella 15. Quedó embarazada y yo me puse feliz. Me lo confirmó un día de Navidad. Me fui a vivir con ella a su casa. Pasé de robar radios de carros a robar carros, que guardaba y desguazaba”.

Cristian nació un 16 de agosto, y para Carlos toda la fuerza y emprendimiento por su hijo se traducían en hacer robos cada vez mayores.

Al tiempo, la relación con su mujer se iba deteriorando.

–Ella era una niña de su mamá y la mamá se nos metía en todo. Hasta dormía con ella, y yo solo. Así que me convertí en un proveedor y no más, pero vivía feliz junto a mi niño y quería darle todo lo que los hijos de mis hermanos tenían.

”Unos amigos me invitaron a ser parte de una banda de atracadores de bancos, en la modalidad conocida como flete: una persona adentro miraba y con señas nos mostraba quién salía con fajos gordos de billetes. Yo daba moto, o sea que esperaba afuera, y los sacaba de escena”.

Nadie oponía resistencia y los atracos se hacían sin sangre, hasta que un día la víctima resultó ser un conocido de Carlos.

–No me mate, Carlos. Por favor, Carlos.

–Que no me nombre más, hermano, cállese.

–Apáguelo ya, Charlie, que es él o nosotros –mandó el jefe de la banda–. ¡Apáguelo, ya!

Y lo apagó. Fue con una Smith & Wesson 38, que había conseguido en la zona El Cartucho, de Bogotá, tan fácil como pan en panadería.

–Esa noche me emborraché. No pude dormir por varios días. El hombre era casado, tenía hijos. Pero sabía todo de mí. Con seguridad nos íbamos a la cárcel.

La noticia apareció en el periódico de crónica roja El Espacio.

–Recuerdo que eso para la banda no fue malo, nos sentíamos famosos, ya estábamos cogiendo cartel. Después del primer muerto uno cambia su manera de pensar. Otra vez empecé a fumar bazuco. Me volví un sangre fría.

”Pero no quise seguir dándole gatillo a nadie y me retiré. Entonces conocí a una banda de cuello blanco del Banco Central Hipotecario, que robaba desde adentro, y empecé a trabajar con ellos.

”Mi labor consistía en abrir cuentas de ahorro con cédulas falsas, y ellos me pasaban los picos de plata que la gente deja en las cuentas que no permiten que el saldo quede en ceros. Nadie se daba cuenta. En cada golpe recogíamos unos 30 millones; había que repartirlos con todos los involucrados. Yo era el que menos recibía, el último de la cadena, y me llegaban dos millones. Hasta que el banco se la pescó y se acabó ese negocio.

”Me compré una moto Yamaha, cero kilómetros, pero la perdí en seguida. La alquilaba para tumbes y me la tumbaron, porque yo andaba llevado por el vicio y ni me daba cuenta de nada.

”Mi mujer me dejó por un amigo. Mi familia ya no me recibía en la casa. Mi mamá a veces me daba comida y me lavaba la ropa a escondidas. Me volví un drogo de dormir en las calles. Pero querer ver a mi hijo siempre me sacaba del viaje.”

”Un día mi ex no me dejó entrar a visitarlo. Me puse muy mal. Me subí al cuarto piso de un colegio cerca de la casa de mis papás, al lado del parque, y me tiré. Sólo me partí el brazo y me tumbé más dientes de los que ya se me habían caído. Pero eso los conmovió y me dieron la mano”.

***

En un centro de rehabilitación cristiano, en Viotá, Cundinamarca, adonde sus hermanos lo llevaron y le pagaron un tratamiento de desintoxicación, la voluntad de cambio de Carlos duró poco.

–Aguanté casi un año limpio, pero nunca dejé de anhelar la traba. Fue importante ver que había otro camino, pedirle perdón a Dios, sentir que sí había misericordia para mí. Pero era muy difícil vivir aislado de todo, de mi hijo, de la televisión, del vicio. No nos podíamos ni pajear porque era pecado.

”Finalmente salí, con todo el deseo de rehacer mi hogar, y me encontré con que mi ex ya estaba viviendo con otro man y a Cristian lo criaba mi ex suegra.

”Empecé a manejar un taxi de un conocido de mi familia. La cuota diaria que debía entregarle no me dejaba casi nada para mí, entonces me rebusqué con unos amigos y terminé prestando el carro para hacer un atraco a una discoteca. Y nos boleteamos; cogieron las placas del carro. Decidí desbaratarlo, venderlo por partes y decir que me habían asaltado.

”Obviamente mi familia no me creyó y quedamos otra vez de pelea. De nuevo me fui a la calle, a meter, a putear y a robar. Y en un atraco en el año 2000 a un almacén de cocinas me cogieron, y fui a parar a la Cárcel Modelo”.

***

“En la Modelo empecé a pasar las duras y las maduras en el Patio 4, para delincuencia común. Me eché encima un enamorado, envidioso por un trabajo como ordenanza que le gané. Me dijo “todo bien”, y en la cárcel “todo bien” significa “todo mal”. Me apuñaló y me perforó el pulmón. Me operaron en un hospital del sur. Uno siente en el aire que lo están atendiendo por cumplir. Me dejaron una cremallera inmunda en el pecho. Me dolía respirar, me dolía moverme. Y eso que yo soy aguantador. Me tuvieron que poner morfina.

”Luego me reconocieron unos tipos de una imprenta que yo había echado al agua en mi época de sapo, y esta vez me echaron al agua fue a mí pero de verdad: en un recoveco de un pasillo, donde bajan las cañerías, me metieron desnudo en una caneca con agua hasta la cintura, y con un cable con las dos puntas peladas empezaron a hacerme descargas eléctricas.

”Yo sentía escalofrío, debilidad total, estaba hipotérmico. Ya después de dos días estaba en las últimas, cuando empezó a gritar todo el mundo que a encambucharse porque había una gresca de paramilitares.

”Fue lo peor que me tocó allá, pero por eso me salvé. Fue el 26 de abril del 2000: los paras querían tomarse el Patio 4 para quedarse con sus negocios: el derecho a celda, a seguridad, la droga, las mujeres, la plancha –o sea la cama– de más abajo, pues vienen de a tres, como camarotes de cemento, con espacios de más o menos 90 centímetros de ancho por 70 de alto, y la de abajo es la más valorizada para la visita conyugal. Todo vale plata en la cárcel. Un bombillo. Un jabón. Todo cuesta allá.

”Se armó un Beirut en esa cárcel… hasta granadas hubo. Y muchísimos muertos, nunca he visto tanto muerto junto. Yo estaba en la caneca ahí botado cuando pasaron los paras haciendo la corbata, que es ahorcar con un nylon. Me les desmayé y pen saron que estaba muerto. Ya en la madrugada del otro día me desperté en el carro de la basura, en el pasillo que lleva a la morgue de la cana, desnudo, untado de sangre, en la mitad de una pila de cadáveres.

”Caminé como pude hasta el puesto de sanidad, que quedaba en el pasillo central, y allá me refugié porque los paras seguían matando. Luego supe que entraron la Defensoría del Pueblo y la Cruz Roja a negociar; sólo hasta por la noche se vinieron a calmar las cosas.

”Después de ese incidente pude pasar al corredor del Patio 5, al que le decían La Isla, donde estaba la gente que se declaraba en peligro y que no tenía protección. Sólo pulgas y chinches. El bazuco fue mi salvación en todos esos trances”.

–¿Cómo te ayudaba el bazuco?

–No me ayudaba sino que el día se me iba en consumir, porque el bazuco te genera una adicción compulsiva y sólo quieres meter y meter y no piensas en nada más. Por eso en la cárcel a los ñeritos que ya no tenían ni dios ni ley, los mismos internos les daban de a diez papeletas de bazuco y un hacha, para que desaparecieran a los muertos que salían de los tropeles. Esas imágenes no se me borran de la cabeza. Ni los olores. Especialmente era duro el día lunes, después del domingo de visitas, que llegaba plata, pues era cuando se cobraban las deudas de la semana. Ahora he sabido que eso cambió, que ya no se permite que haya plata en la cárcel. Pero en ese entonces era una matazón cada semana.

–¿Vivías con miedo?

–Pues sí, pero como uno termina viviendo sólo para fumar bazuco, no se piensa en más, no se siente nada más. Hubo un día en que sí sentí miedo –Carlos se ríe–: hicieron una campaña de salud en la cana, y si querías te hacían el examen del sida. Afortunadamente salí negativo –suspira con gesto de alivio y se ríe más.

”Yo empecé a vivir verdaderamente tranquilo en la Modelo después de que no me dejé violar de un cacorro que se supone que era el cuchillero más bravo. Me gané el respeto. Pasé al Patio 1, y allá, un domingo de visitas, conocí a Lola, hermana del Tripas, condenado por homicidio y extorsión. Él era líder y yo me volví su cuñado y su protegido, hasta que salí libre y me fui a vivir con Lola.

”Apenas llegamos de la Modelo a la casa, ella me dio de regalo un revólver, como bienvenida a la libertad. ‘Para que empieces a trabajar, papi’, me dijo”.

***

Cuando fui a visitar a mi primo, luego de no verlo por años, al hospital Simón Bolívar, donde lo estaban atendiendo por el disparo en la cabeza, conocí a Lola. Una mujer de unos 40 años, con buena figura, menos de 1,50 metros de estatura, rubia, blanca, sin maquillaje, con un bluejean de marca ceñido y una chaqueta entallada azul oscura.

La imagen que percibí de ella cambió totalmente en cuanto me espetó tres palabras de saludo:

–¿Cómo le va? –me dijo, con una marcada entonación de bajo fondo bogotano. Sentí miedo.

Vi en Carlos, sedado en la cama, a otra persona diferente de mi primo. Tenía bigote, el pelo rapado y la cara muy huesuda. Lo vigilaba un policía apostado en la puerta.

Le susurré al oído:

–Ya no más, primo. Para ya. Si no te moriste es por algo. Para ya.

Le di un dinero a Lola, le pedí su teléfono y me despedí. Ella me aseguró que la plata sería para sumar al pago de un abogado que libraría de cargos a mi primo. Meses después supe que así fue.

Llamé por teléfono repetidas veces a Carlos y las diferentes personas que me contestaron nunca me lo comunicaron. Jamás volví a oír a Lola. Me desentendí. Quise por fin olvidarme de mi primo el drogo, como el resto de la familia.

***

Seis meses después, Carlos me llamó. Era su misma voz pero hablaba con la cadencia de Lola, tan intimidante para mí. Me avisaba que había estado en silla de ruedas por meses, deprimido, con ganas de matarse, con dolores de cabeza insoportables que sólo le mitigaba la marihuana y que había hecho terapia por su cuenta y ya podía caminar con un bastón, arrastrando su pierna izquierda.

Lola lo había cuidado un mes pero se había aburrido. Además trataba displicentemente a Cristian cuando lo llevaban a visitar a su papá, y eso los hizo romper. Sin mayor aviso un día Lola se fue a Estados Unidos, adonde viajaba con frecuencia para visitar a su hermana, cuya familia era delincuente allí; se dedicaban a robar ropa y accesorios finos en almacenes. De ahí su indumentaria.

En la casa se quedaron la hija adolescente de Lola y su esposo, al cuidado de Carlos; hasta que él se recuperó lo máximo posible y pudo marcharse. El olor de Lola le duró mucho tiempo en la piel, a pesar de tratar de zafárselo en la ducha cada mañana.

Pasó noches en casa de un amigo y de otro, pero todos le proponían delinquir.

–Porque en Colombia hay oportunidades para los guerrilleros que secuestran y los paramilitares que torturan, y se entregan, pero no para los delincuentes que se quieren redimir –comenta Carlos con resentimiento.

Llegó entonces al nuevo apartamento de sus papás, en el norte de Bogotá, y les dijo que él ya había corrido su última carrera, que robar y perderse en el vicio no era más una posibilidad. Anasfacho, en pleno tratamiento de un cáncer de próstata que finalmente fue efectivo, por primera vez en años dijo sí.

Los viejos lo recibieron en su finca de una población de clima cálido, donde Carlos vive hoy y comparte temporadas con ellos en medio de una relación de tolerancia.

–Me aburre que me controlen los horarios como si fuera un adolescente de 42 años, pero qué puedo hacer. A la final agradezco que mi papá me haya recibido. Yo sé que él nunca me quiso hacer mal, a pesar de sus métodos. Uno para un hijo sólo quiere lo mejor.

Carlos pasa hoy sus días confeccionando tirantas de brassieres para la fábrica de una señora amiga de la familia. Con delicadeza, le pone a cada una el herraje y las empaca por pares.

Es amigo de todos en los alrededores de la finca, los vecinos lo saludan con calidez. Allí recibe las visitas de Cristian, que ya es adolescente y quiere ponerse un piercing. Carlos lo abraza, lo besa hasta que el muchacho se fastidia; le repite y le vuelve a repetir que lo ama, y que lo tome como ejemplo de todo lo que no debe hacer en la vida. Le prometió que le dará la plata y lo acompañará a que le hagan el piercing, sólo si mejora sus próximas calificaciones del colegio.

–Me pagan 300 pesos por cada docena de tirantas, me hago 50 mil quincenales. Al menos para el transporte, visitar a mi hijo y comprarme un baretico de vez en cuando.

Tener la pierna izquierda inmóvil no ha impedido que Carlos tenga sueños. Entre otros, quiere conseguir un empleo de conductor.

–¿Y cómo manejarías el pedal de los cambios?

–Empujo la pierna con el cuerpo. Ya lo he hecho varias veces. El riesgo es que se me zafe el pie del pedal, pero podría asegurarlo con un pequeño acople. Quiero trabajar honradamente, poder darle a mi hijo lo que necesita. Yo aguanto lo que sea, tengo el cuero duro.

Lo dice mirando su pierna rígida, en la silla.

–Aguantaste un tiro en la cabeza. ¿Cómo es eso, sentiste dolor?

–No. Sentí un golpe seco en la frente, que me tiró al suelo, y luego como bajar y bajar en una montaña rusa. Empecé a tragar sangre y grumos. La luz del sol se volvió de un color naranja muy fuerte, me encandiló, yo veía negras en contraste las caras de la gente que me miraba ahí tirado. Alguien dijo “este muchacho se está muriendo”. Otro me preguntó mi nombre. Yo, que siempre usaba nombres falsos, como pude lo dije completo; y también el teléfono de mis papás. No quería que me echaran a una fosa común. Después oí una sirena y lo último que recuerdo es que me pusieron electrochoques en la ambulancia. Es verdad eso de que uno ve imágenes de la vida cuando se está muriendo. Yo veía a mi papá cuando me castigaba de niño, y a mi hijo cuando nació.

Carlos se queda callado un rato y sus ojos se encharcan mientras mira al suelo.

–No le pude comprar a Cristian el Play Station que quería para su cumpleaños, que era al día siguiente. Para eso estaba trabajando ese 15 de agosto del 2001, cuando me pegaron el tiro. Eso fue en lo primero que pensé cuando me desperté. Luego sí me di cuenta de que no me había muerto.

”Pero Cristian me ha dicho que el mejor regalo es tenerme a su lado. Y aquí estoy yo, vivo, por él.

Entonces se ríe:

–Es que, prima, le juro que yo me voy a morir de una gripa.

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