El humanitario negocio de vender tu cuerpo para la ciencia

Publicado: 24 octubre 2008 en Leonardo Faccio
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El ensayo clínico al que voy a someterme tendrá varias pruebas durante un mes, y por ello me pagarán quinientos euros, unos seiscientos cincuenta dólares. Es decir, un salario que en Europa no alcanza para alquilar un departamento ubicado en la zona céntrica de cualquiera de sus capitales. El medicamento que van a probar en mi cuerpo es un calmante del dolor (un analgésico opiáceo) que no debería entrar en contacto con ningún estimulante del sistema nervioso. Por eso, además de venir en ayunas, dos días antes no debía tomar té, café, Coca Cola ni mate.

La doctora M ya me había advertido que participar como voluntario en un ensayo clínico era como someterme a un análisis de sangre, sólo que al revés: en lugar de extraerme glóbulos rojos de las venas, me inocularían una sustancia para medir las reacciones de mi cuerpo. En ambos casos los requisitos son los mismos: llegar temprano y en ayunas. «Ni agua puedes tomar», me dijo la doctora M. Así que esta mañana, mientras me hundo en un sofá en la sala de espera del hospital la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona, siento que en vez de saliva tengo arena en la boca. Seré un conejillo de Indias para la ciencia: si todo sale bien, la sustancia que probarán en mi cuerpo se convertirá en un medicamento con la marca de un laboratorio y un precio para venderse en las farmacias. Pero ahora tengo ganas de huir. Peor que vender tu cuerpo es venderlo con el estómago vacío. Sin embargo, al igual que casi todos los voluntarios que llegan hasta aquí, me quedo. Al fin y al cabo, ser un conejillo de Indias en Europa es el remedio más rápido y legal para aliviar los síntomas del desempleo.

El metro al que subí esta mañana estaba lleno de albañiles y obreros con bolsas de plástico en las manos. Todos íbamos a trabajar. Ellos con sus músculos, y yo con mi hígado, mi estómago y mis neuronas. Quizá por eso, por el invisible anonimato de estos órganos, el trabajo de un conejillo de Indias humano no se considera un empleo. Está entre los últimos peldaños del escalafón laboral: un infra-subempleo para inmigrantes ilegales, universitarios, gente que necesita dinero con urgencia. Pero el primer mandamiento de un conejillo de Indias es confiar en el científico que está a cargo del experimento. El segundo es conservar la lucidez para poder contar los efectos que pronto empezarás a sentir, como si tuvieras que describir un paisaje campestre mientras te lanzas de un avión en pleno vuelo.

La industria farmacéutica es el negocio más rentable del mundo. Según la lista Fortune 500 de las empresas que más dinero mueven en el planeta, los laboratorios de medicamentos y cosméticos no sólo obtienen más ganancias que la industria automotriz y del petróleo, sino que esta rentabilidad se ha multiplicado en los últimos años hasta superar por ocho veces el promedio de ganancias de las demás industrias. Aun así, los ensayos clínicos –el primer paso de este negocio– son casi desconocidos en la mayor parte de Europa. A veces en Londres los laboratorios farmacéuticos publican anuncios para conseguir voluntarios en revistas gratuitas para mochileros como TNT Magazine, y en España aparecen en las páginas de avisos clasificados de algunos diarios. Pero casi siempre es un conejillo de Indias veterano quien busca nuevos voluntarios corriendo la voz en las oficinas de asistencia a los desempleados e inmigrantes. Así ocurre en Barcelona. Y fue así como, a través de una compatriota argentina, llegué al hospital de la Santa Creu i Sant Pau, donde funciona el laboratorio de ensayos clínicos más grande de la ciudad.

Por fuera este hospital parece un castillo medieval. Tiene nueve manzanas de terreno, veintisiete pabellones conectados por galerías subterráneas, enormes jardines interiores y una torre con una cruz de metal en su cúspide. Por dentro, los pabellones tienen cúpulas con mosaicos y murales de estilo modernista que son la atracción de cientos de turistas que cada día ingresan –junto a los familiares de los pacientes– con cámaras de video y sus mejores caras de maravillarse por todo, como si visitaran un museo. La doctora M me había dicho que la buscara en el pabellón dieciocho, una construcción prefabricada, fría por dentro. Y aquí estoy, desde las siete de la mañana, esperándola al lado de una docena de camas vacías. Por primera vez voy a conocer por dentro una industria que hasta hace unos días pasaba tan inadvertida como la caja de aspirinas que está en el botiquín de mi baño. En esto radica mi utilidad de conejillo de Indias: probar cómo actúa una pastilla en el cuerpo de alguien. Saber por qué se debe tomar cada ocho horas y no cada cinco. Medir sus efectos secundarios. La doctora M todavía no llega. En realidad, aparte de mí, no hay nadie.

Según el marketing farmacéutico, gracias a los medicamentos hoy los europeos viven en promedio treinta años más que a principios del siglo XX. Pero los críticos de los laboratorios dicen que esto no es exacto, pues el aumento de la esperanza de vida se debe sobre todo a la disminución de la mortalidad infantil y a las mejores condiciones de seguridad y salubridad que hay en casi todos los ámbitos de la vida moderna. Más allá de esta polémica, un medicamento en prueba no tiene por qué mejorar la salud ni alargar la vida de quien presta su cuerpo para saber si sirve o no: entre otras razones, porque quien lo prueba es una persona sana. Un estudio de la revista estadounidense Nature Biotechnology dice que ocho de cada diez nuevas medicinas fracasan al ser probadas en humanos por primera vez. Pero lo que ese estudio no advierte es que la palabra «fracaso» significa que el voluntario puede quedar lesionado de por vida. O morir. Todo ensayo implica la posibilidad de error. Y en un ensayo clínico, ese margen de error no es otra cosa que dejar la puerta entreabierta para que se asome la muerte.

Por ahora, mientras espero en ayunas a la doctora M, sólo me estoy muriendo de hambre. En marzo del 2006, a seis jóvenes británicos los ingresaron casi en estado de coma en la unidad de cuidados intensivos del hospital Northwick Park de Londres porque habían empezado a convulsionar tras haber probado un nuevo medicamento. Aquella sustancia ni siquiera tenía nombre: la llamaban TGN1412 y debía servir para fabricar una medicina para la artritis y la leucemia. El laboratorio alemán Tgenero y la compañía encargada del estudio, la estadounidense Parexel, les habían dado la droga a seis voluntarios y, a otros dos, un «placebo», es decir, un producto inocuo que no contenía esa sustancia y que suele usarse en este tipo de pruebas por si los voluntarios simulan síntomas que no guardan ninguna relación con los esperados. A uno de los que sí habían tomado la droga se le hinchó la cabeza hasta alcanzar tres veces su tamaño normal. «Parecía el hombre elefante», protestó su novia ante las cámaras de la BBC. A otro, un joven llamado Ryan Wilson, le colapsó el sistema circulatorio y se le empezaron a gangrenar los brazos y las piernas.

A Ryan Wilson le tuvieron que amputar los dedos de las manos y los pies. Esto ocurrió en junio del 2006, tres meses después de haber estado hospitalizado en terapia intensiva. Los médicos explicaron que la gangrena se había expandido a tal punto que si no le amputaban los dedos en ese momento, más tarde hubiesen tenido que cortarle las extremidades completas. «Es dramático lo que sucedió –admitiría después Emilio Sanz, profesor de farmacología clínica en la Universidad de La Laguna, España. Luego agregó–: Aunque la única forma de saber si el fármaco funcionaba era realizando un ensayo como ése». Ésta es la lógica de todo ensayo clínico: asumir el riesgo de poner en peligro la vida de unas cuantas personas con el objetivo de encontrar la curación para muchas. La lógica del conejillo de Indias. La ética del mal menor. Unas semanas después, las noticias decían que Wilson y los otros cinco muchachos británicos que habían probado el TGN1412 podrían enfermar de cáncer linfático a causa de esa sustancia. De eso me enteré un día antes de decidir si sería o no voluntario del ensayo dirigido por la doctora M. Y acepté.

 

* * *

Una enfermera aparece por fin en el pabellón dieciocho del hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Se acerca y me pregunta:

–Hola. ¿Tú eres el del Tramadol?

El Tramadol es el analgésico por el que he aceptado vender mi cuerpo. Puedo recitarlo de memoria: un medicamento que calma el dolor (produce analgesia) al combinarse con los receptores opiáceos del cerebro. Así que le respondo que sí.

–Entonces empezamos –dice ella.

La enfermera es una chica de baja estatura, teñida de rubio, y lleva en su mano una jeringa con la aguja ya puesta. Me explica que durante toda la prueba tendré que llevar los cables de un encefalograma en la cabeza, así que lo primero que hará será pegarme esos conectores. Sin embargo, lo primero que hace en realidad es poner una canción del dúo argentino Pimpinela en su radiocasete.

–Tú eres Tramadol 8LF –agrega sin mirarme, mientras revisa unos papeles.

A partir de este momento soy un código: el voluntario número ocho de los treinta y seis que haremos de conejillos de Indias por la humanitaria lucha contra el dolor. Aun así, me preocupa el grosor de la jeringa que la enfermera no ha dejado de cargar en su mano derecha. Tiene el diámetro de un palo de escoba y está llena de un líquido verde.

–Siéntate –dice, y me señala una silla.

La jeringa ahora apunta a mi cabeza, desde mis espaldas: el líquido verde no es más que un gel que va cayendo sobre mi cuero cabelludo para que los cables del encefalograma capten la actividad de mis neuronas. Hay una mezcla de curiosidad, miedo y repulsión que uno no puede evitar sentir ante estas situaciones. Debe ser lo mismo que ha fascinado y repelido a la humanidad desde los primeros experimentos con personas: la separación de siameses, los reimplantes de dedos, las trepanaciones craneanas. La historia del Doctor Frankenstein y sus variantes son poderosos imanes que nos atraen como una luz a las polillas porque representan un desafío a la moral científica. Cuando la enfermera levantó la jeringa y apuntó a mi nuca, tuve ganas de huir. Pero no lo hice. En parte porque confío en los médicos, pero sobre todo porque quería saber qué vendría después. Quería llegar hasta el final.

 
* * *

A la doctora M la conocí en mayo del 2006, un par de meses antes de llegar a la primera prueba con el Tramadol. Fue una entrevista de trabajo: ella quería saber cuán apto estaba yo para formar parte del ensayo, y yo, en qué consistiría todo y cuánto me iban a pagar por eso. Aquel día la doctora me atendió en el laboratorio del hospital, un amplio ambiente con cajas de cartón en el suelo y posters de paisajes tropicales en las paredes. La doctora M debe andar por los treinta y pocos, es alta y muy delgada. Explicó que mi primera tarea consistiría en someterme a unos análisis completos y evaluar lo que llamó mi «umbral de dolor», es decir, qué grado de dolor corporal puede resistir alguien sin necesidad de calmantes. Luego me dio un folleto de cuatro páginas que debía asegurarme de haber comprendido bien. Lo más importante era que el fármaco se llamaba Tramadol, que el ensayo se dividiría en tres pruebas durante un mes, y que cada prueba empezaría a las siete de la mañana de un día y acabaría a las diez de la mañana del día siguiente. Es decir, unas veintisiete horas por sesión, más el tiempo que durarían los análisis previos.

Los riesgos eran que podía sufrir náuseas, vómitos, irritación nerviosa y taquicardia. Si decidía abandonar el ensayo antes de haber completado la tercera prueba, simplemente no cobraría nada. Y si me pasaba algo, sufría un accidente o una lesión, las leyes españolas me amparaban con un seguro de hasta ciento ochenta mil euros. El sueldo por ese mes que durarían las pruebas sería de quinientos euros. Uno podía pensar que el trato no estaba mal por dormir tres noches en un hospital con el desayuno incluido. Pero había otra forma de verlo: quinientos euros por las ciento veinte horas que en total debía pasar allí significaban apenas 4,17 euros la hora. Mucho menos de lo que cobra un peón-albañil-ilegal en España. No era un trato justo, pero sí muy coherente: el nombre de los conejillos de Indias en inglés es guinea pig, y se dice que los llaman así porque en los tiempos de las colonias los marineros británicos pagaban sólo una guinea por estos animalitos que se llevaban de América como mascotas. Desde entonces, a nadie se le ocurriría pagar más que lo mínimo por un conejillo de Indias. Así sea humano.

–Si tienes dudas, pregunta –dijo esa primera vez la doctora M.

El mismo folleto que hablaba de los riesgos, el seguro contra «accidentes» y la penalización en caso de abandono del ensayo decía que el Tramadol es una sustancia que se vende desde hace más de dos décadas en unas diez marcas de analgésicos.

–¿Por qué prueban un medicamento que ya está a la venta?

–Para hallar nuevas aplicaciones, variar sus dosis. Depende.

–¿Cómo miden el umbral de dolor?

La doctora explicó que se hacía con unas descargas de rayos láser, similares a las que se emplean en algunas discotecas, pero más fuertes, causando una sensación de quemazón en la piel sin llegar a dañarla. La idea era ir subiendo la intensidad de estas descargas hasta que hubiese ingerido el analgésico y probar así su efectividad en la disminución del dolor.

–¿Y por qué lo prueban con gente sana y no con gente que sufre de verdad?

–Existen cuatro fases de ensayo –dijo la doctora M con la paciencia propia de un científico– y tú participarás de la primera, que es con voluntarios sanos. Si un enfermo llegara a reaccionar mal, se le podría agravar su enfermedad.

Las siguientes preguntas fueron de ella, antes de hacerme firmar el contrato.

–¿Fuma?

–Sí.

–¿Cuántos cigarrillos al día?

–Unos diez.

–¿Bebe? ¿Cerveza, vino, licores?

Había que especificar una cantidad promedio por semana. También con el café, otras bebidas estimulantes, las drogas y los antecedentes médicos de mi familia. Era como un test de revista de peluquería, pero de más de diez páginas.

Después entré en un consultorio para que me auscultara, tomara mi peso y mis medidas, una muestra de sangre, otra de orina y, por último, para que midiera al fin mi umbral de dolor. En una pared había un gran cartel con una escala del uno al ocho. Del uno al tres eran los dolores más bajos, soportables. Cuatro equivalía a un mechón de pelo arrancado de golpe. El nivel cinco era como sentir el hincón de una punta que te llega hasta el músculo. El ocho era el máximo grado soportable por una persona. La doctora M me colocó unos cables de encefalograma en la cabeza, y unos anteojos gruesos y oscuros parecidos a los de un soldador. Los cables eran para seguir mis impulsos cerebrales mientras recibía las descargas de rayos láser. Las gafas eran para evitar que los rayos me perforasen un ojo. La doctora tenía una pistola plateada en la mano. Parecía un personaje de Star Wars.

Primer disparo. Blanco de la doctora M: mi mano.

–¿Dolor? –preguntó.

–Cuatro.

Los disparos prosiguieron. Hasta que hubo uno que me hizo saltar.

–Perdón –dijo ella–, pero necesito conocer tu umbral de dolor.

Había sido un ocho, y era insoportable. 

* * *

No hay muchos motivos para convertirte en un conejillo de Indias. En esencia, se podría hablar de dos: porque eres un altruista y crees que tu aporte a la medicina mejorará el mundo (o tu país), o porque estás desesperado por conseguir dinero para sobrevivir. No conozco en persona a nadie que entre en la primera categoría. El primer ensayo clínico con humanos que reconoce la historia es el de un médico escocés llamado James Lind, quien en 1746 se embarcó en un buque inglés para encontrar un remedio contra el escorbuto que aniquilaba a los tripulantes de la armada británica. A partir de sus experimentos, Lind descubrió que la solución era aumentar la dieta de naranjas y limones en alta mar, y así Inglaterra se convirtió en la primera potencia marítima del planeta. Otro de los altruistas famosos fue el médico peruano Daniel Alcides Carrión, quien se inyectó el virus de la «fiebre de La Oroya» que a fines del siglo XIX mató a cientos de obreros que construían ferrocarriles en el Perú. Carrión murió a los veintiocho años sin haber hallado un antídoto contra esa enfermedad, pero dejó un diario en el que describía los síntomas que sirvió para que otros médicos completaran su trabajo. Estas antiguas historias de heroísmo no se parecen en nada a las que he encontrado en mi corta vida de conejillo de Indias. Antes había un ideal patriótico de por medio: uno se inmolaba por su país, por la salud de sus compatriotas, por un concepto de nación. Ahora se hace, entre otras cosas, para beneficio de las multinacionales de la industria farmacéutica.

John Le Carré, el escritor de novelas de misterio, ha escrito una parábola de esta realidad que algunos llaman «apartheid farmacéutico». En El jardinero fiel, una novela que también se llevó al cine, narra cómo una farmacéutica multinacional prueba con pacientes de un pueblo de Kenia un medicamento cuyos efectos son todavía muy peligrosos como para hacer ensayos en países con leyes sanitarias más duras. Es una historia de ficción, pero el autor dijo en una entrevista que no estaba tan lejos de la realidad, ya que había investigado sobre la industria farmacéutica antes de escribirla. Quizá Le Carré se refería a esto: el ochenta por ciento de esta industria está en manos de catorce empresas ubicadas en los cinco países más ricos del mundo, mientras que todos los países del Tercer Mundo, juntos, no pueden comprar ni el diez por ciento de las medicinas que se producen en el planeta. El apartheid farmacéutico sería, así, que los pobres sirven sobre todo para probar nuevos medicamentos, pero que una vez que estos empiezan a venderse, difícilmente pueden comprarlos.

A mi lado, ahora que estoy a punto de empezar el encefalograma previo a mi primera dosis de Tramadol, está El Uruguayo. Él no quiere dar su nombre. Dice que es para «no preocupar a la familia», que lo imagina con una mejor vida en España. El Uruguayo se parece a Manu Chau: es muy bajo y flaquito, con una cara huesuda que le da una edad imprecisa, entre los veinticinco y los cuarenta años. Para participar como voluntario en un ensayo clínico no necesitas «tener papeles legales» ni mostrar un certificado de antecedentes penales. Una vez que firmas el contrato te vuelves un código que contiene los resultados de tus análisis y la relación entre tu estatura y tu peso: sólo aquello que demuestra que eres una persona sana. En España, ser un conejillo de Indias es uno de los trabajos más requeridos por los inmigrantes ilegales. Algunos han convertido los hospitales en sus centros de trabajo, y el dinero que reciben por vender sus cuerpos en una especie de salario mínimo. El Uruguayo es uno de ellos. Ésta es la cuarta vez que participa en un ensayo clínico. Cuando se quita la camiseta para ponerse el pijama y acostarse en la cama que está al lado de la mía, veo que tiene el pecho depilado.

–Yo voy a probar ayahuasca –me dice.

Estamos por comenzar lo que los médicos llaman el «período de adaptación»: tendremos que dormir con los cables del encefalograma puestos para que una enfermera evalúe nuestro sueño. El Uruguayo ocupa el «box tres» y yo el número cuatro: dos habitaciones minúsculas sin ventanas, insonorizadas con paneles de madera y con unas cámaras de video que asoman por encima de nuestras camas. Hace muchos años que en España se experimenta con drogas alucinógenas para probar sus propiedades terapéuticas. La ayahuasca, esa planta amazónica que en el Perú, Brasil y Bolivia se usa en ceremonias místicas como una especie de purgante del alma, no está aún tan difundida en Europa. Pero algunos doctores intuyen que algún día tendrá una utilidad médica como la que ahora se da a la marihuana, que ayuda a abrir el apetito de los enfermos de sida, calmar los dolores agudos y evitar los vómitos que induce la quimioterapia. Así surgió el éxtasis, por ejemplo, esa sustancia que hoy se usa como droga juvenil, pero que desde 1913 se probaba –sin éxito– para quitar el hambre.

–Hacía tiempo que estaba detrás de esta prueba –dice el Uruguayo.

A él también le pagarán quinientos euros por tres dosis. Como ya sabía que le pondrían unos cables en el pecho, se lo ha depilado para que al quitarlos la enfermera no le arranque los vellos. El Uruguayo cuenta que en los ocho meses que vive en España ya ha sido voluntario en tres ensayos. El primero era para medir su tolerancia alcohólica. «Tenía que tomar siete cócteles en treinta y cinco minutos, uno tras otro, a las siete de la mañana y en ayunas», dice. También recuerda que los vasos estaban cubiertos por completo, salvo por el tubo a través del cual debía beber, para evitar que el olor del trago pudiese sugestionarlo e influir en sus reacciones. Después evaluaban sus reflejos poniéndolo a conducir un simulador de automóvil. El segundo ensayo consistía en medir otra vez su tolerancia con el alcohol, pero mezclando los cócteles con un medicamento antialérgico.

–Lo importante es conocer bien la materia: Si el médico no me inspira confianza, no lo hago. Hay que tener olfato –dice El Uruguayo apoyando su dedo índice en la nariz. Luego explica que de estos ensayos se entera a través de «contactos», que se pasan la voz unos a otros. Él lo llama «estar atento a la oferta».

–Una vez me perdí de probar un antidepresivo por el que pagaban mil doscientos euros, por hacer otro por el que me pagaron ciento ochenta –se queja–. ¿Te das cuenta? Hacer un doblete es la tentación, pero en este laburo no hay que perder la credibilidad: si los médicos se dan cuenta, no te vuelven a llamar.

Los ensayos clínicos tienen un código que sólo conocen los voluntarios veteranos, y por lo visto El Uruguayo se ha propuesto enseñármelo como si me contara un cuento antes de dormir. Dice que en las pruebas en las que participa mucha gente hay que evitar estar entre los últimos, porque con ellos suelen probar las dosis más altas. Algo parecido me había contado un muchacho de Asturias que se gana la vida como voluntario en Londres. También me dijo que además de «olfato» había que tener suerte, pues él estaba por presentarse al ensayo del hospital Nothwick Park –el mismo en el que tuvieron que amputar los dedos a un joven británico–, pero que días antes había aceptado probar un medicamento para la diabetes. Y que por eso se salvó. Al igual que El Uruguayo, el chico de Asturias me pidió no mencionar su nombre. Parece que vender el cuerpo, así sea para un fin benéfico como son en teoría los ensayos clínicos, siempre produce vergüenza. Antes de quedarnos dormidos, El Uruguayo me cuenta otro secreto. Dice que los voluntarios que hacen «dobletes» llevan a los análisis los orines de otra persona, para que los médicos no detecten las sustancias de la prueba anterior que aún llevan en la sangre. Y para que todo parezca natural, antes de entregar los frascos con orines los frotan con sus manos. Así los calientan y parecen que acaban de salir de sus cuerpos. 

* * *

–Tengo que ponerte veintisiete cables en la cabeza, así que paciencia –dice la enfermera antes de pasar a la habitación donde empezará mi prueba con el Tramadol.

Es un cuarto pintado completamente de blanco, dividido en dos por una pared de cristal. De un lado hay pantallas, teclados y consolas llenas de botones y luces de colores. Del otro, un sillón de cuero negro donde la enfermera me invita a ponerme cómodo. En cuestión de minutos tengo dos agujas clavadas en mis brazos. A través del tubo conectado al izquierdo sentiré el efecto analgésico del Tramadol. Por el otro me extraerán muestras de sangre cada media hora. Mientras la enfermera me explica todo esto, entra la doctora M. Dice que antes de inyectar el medicamento haremos una última prueba. Cuando me entrega las gafas de soldador que ya conozco y la enfermera me apunta con la misma pistola de rayos láser que usó la doctora hace unos días, entiendo que se trata de otra medición de mi «umbral de dolor».

–¿Preparados? –pregunta la doctora M.

Apenas me da tiempo de responderle cuando un dolor agudo me hace contraer una mano.

–¿Dolor?

–Cinco.

El nivel cinco es como sentir el pinchazo de una aguja que te llega hasta el músculo. La doctora ordena unos cuantos disparos más, y avisa que pasaremos a otra prueba, la flicker fusion frequency, en la que me harán observar a oscuras una titilante lucecita roja y presionar un interruptor cada vez que ésta deje de parpadear. Lo hago unas tres veces hasta que la doctora M dice que es suficiente y que ahora tendré que quedarme solo, en la más completa oscuridad y en silencio, muy relajado, sin hacer nada. Trato de concentrarme para no dormirme, pero el sueño y el peso de mi cabeza me vencen. Digamos que cabeceo en horario de trabajo. Me despierto cuando la enfermera y la doctora M vuelven a encender las luces. Viene otra prueba.

–¿Cómo te sientes? –pregunta la doctora M.

Le digo que bien, pero que tengo frío.

–No podemos apagar el aire acondicionado –dice ella–, porque la máquina de rayos se estropearía.

Entonces le pido una manta y me acomodo de nuevo en el sillón. La enfermera trae una píldora oscura, me pide que la tome, y al mismo tiempo la doctora M inyecta un líquido en el tubo que tengo conectado al brazo izquierdo. Una de estas sustancias, la píldora o el líquido, es un placebo, una sustancia que no me hará nada. Según el protocolo de los ensayos clínicos, este tipo de pruebas se llaman «de doble ciego», es decir que nadie, ni la doctora ni la enfermera ni yo, podemos saber cuál es el Tramadol para no influir con nuestro conocimiento en el resultado. Somos ignorantes intermediarios de la poderosa industria farmacéutica.

–Si algo malo pasara –explica la doctora M– el único responsable es el laboratorio que ha encargado el estudio.

Diez minutos después empezamos las pruebas bajo el efecto del analgésico.

Los rayos láser salen disparados ahora en tandas de cuarenta descargas, una tras otra, sin respiro y contra la misma mano. Duelen, pero menos que antes. Casi no siento, por ejemplo, los niveles que van del uno al tres. La enfermera me entrega un papel en el que veo otra escala del uno al diez: ésta tiene que ver con mi somnolencia. Tomo un lápiz e intento hacer una marca, pero lo único que consigo es hacer una raya en medio del papel.

Cuando abro los ojos estoy rodeado por tres enfermeras. Una me toma el pulso, otra la presión y la tercera observa una muestra de sangre. Me siento muy relajado, como si estuviera soñando. Las tres mujeres están agachadas frente a mí y a través de las grietas que hay entre los botones de sus delantales puedo ver desde sus sostenes hasta sus ombligos. Me viene a la mente lo que dijo Joan Manuel Serrat cuando lo operaron de cáncer: «Me encanta estar internado porque las enfermeras me bañan, me dan de comer. Lo que no me gusta es estar enfermo». Creo que estoy sonriendo.

–Por favor, concéntrese –me pide la doctora M.

Entonces recuerdo otra información que leí: según el Colegio de Farmacéuticos de Barcelona, hacer un estudio clínico cuesta en España entre trescientos y setecientos millones de euros. Jamás había dependido de mí semejante cifra, casi la misma que recaudó la película Titanic, la más taquillera de la historia.

 

* * *

–Hace años que no aparecen medicinas innovadoras que sirvan realmente para curar –dirá días después el doctor Pere Berga, del Colegi de Farmacèutics de Barcelona.

El doctor Berga es vocal de Industria de ese Colegio, alguien que conoce bien cómo se mueve el negocio más rentable del mundo.

–Y es comprensible que así sea –agrega–: investigar una nueva molécula demanda entre diez y doce años, pero una vez que el medicamento ha entrado en el mercado, la patente caduca en veinte. Entonces los derechos pasan a los gobiernos que convierten esos fármacos en genéricos y bajan los beneficios para las empresas. En resumen, las farmacéuticas tienen sólo una década para recuperar lo invertido.

La batalla de las farmacéuticas no parece ser tanto contra las enfermedades sino contra el tiempo. Otro médico, uno que ha descubierto una nueva vacuna contra la tuberculosis, se quejaba en una entrevista al diario El País: «Una buena parte de los ensayos clínicos no tiene por objeto probar mejoras terapéuticas, sino introducir un producto y fidelizar a los médicos». Este científico, llamado Pere-Joan Cardona, recordaba que la tuberculosis sigue afectando a un tercio de la población mundial, «pero por una ley que obliga que los fármacos utilizados en cualquier ensayo clínico se fabriquen en un laboratorio, tuve que presentar el proyecto en varios laboratorios privados y ninguno se interesó por mi propuesta». La mayoría de investigadores independientes de esta industria opina lo mismo. Según la ex editora de The New England Journal of Medicine, Marcia Angell, ocho de cada diez «nuevos» medicamentos son variaciones de los que ya existen. Es decir, la pura lógica del mercado aplicada a la salud: fabricar medicinas para quien puede pagarlas (y no para quien las necesita). El biólogo alemán Jörg Blech toma una frase de Aldous Huxley para decirlo así: «La medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano», pues mientras los que tienen buenas condiciones de vida son bombardeados con medicinas lifestyle (reductores de peso, cremas anti-edad, potenciadotes sexuales o estimulantes anímicos), más de treinta mil personas mueren cada día en el mundo por «enfermedades no rentables». Parece un desperdicio de esfuerzos, pero no es así: al que tiene dinero, aunque no esté enfermo, le venden la idea de hay nuevos productos para sentirse mejor. Y el que no lo tiene, por más enfermo que esté, si no puede pagar las más básicas de las medicinas, no accederá a ellas.

Los pobres, como decía el periodista Günter Wallraff (otro alemán), sirven sobre todo para la primera fase del negocio farmacéutico, la de los ensayos clínicos, pues son perfectos como conejillos de Indias: venden sus cuerpos por poco dinero, y si les pasa algo, con una póliza de seguro equivalente a una insignificante fracción de las ganancias del laboratorio es muy probable que sus familias no digan nada. A mediados de los años ochenta, Wallraff se hizo pasar por turco en Alemania y se dio cuenta de que entre los pocos trabajos a los que podía acceder un inmigrante ilegal estaba el de voluntario en ensayos clínicos. Él lo llamaba «hacer una farmacarrera». Así probó un medicamento para la epilepsia y un barbitúrico que le hizo sangrar las encías. También descubrió una especie de psico-bunker donde se hacía experimentos con drogas en ambientes claustrofóbicos, y que en un hospital cardíaco de Munich se hacía pruebas «a corazón abierto». Todo esto lo narra en su libro Cabeza de turco, en el que cuenta que decidió abandonar los ensayos cuando le ofrecieron tomar un medicamento que podía hacerle crecer senos de mujer.

Pero Wallraff era –como yo– un impostor: un periodista que se disfraza de alguien que no es para descubrir una realidad que tampoco es la suya. Éste no es el caso de los conejillos de Indias que he conocido: latinoamericanos, europeos del Este y africanos que sí necesitan de este trabajo para mejorar sus vidas. Como un africano que después de probar un medicamento para la esquizofrenia en la clínica Karolinska de Estocolmo fue de inmediato a pedir el permiso de residencia en Suecia. Primero se lo negaron, pero él sabía que en ese país existe una ley que otorga la residencia legal a todo aquel que realice un «aporte a la sociedad». Como él había arriesgado su salud por la ciencia, las autoridades suecas no tuvieron más remedio que concedérsela. 

* * *

Ahora estoy a punto de acabar la primera prueba del ensayo. Son casi las dos de la tarde y estoy en la sala de reposo del hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Un ensayo clínico, como cualquier experimento, puede resultar un éxito o fallar, y en mi caso todo parece ir bien hasta ahora. De lo contrario no me habrían dejado solo, o al menos eso creo. A lo mucho tengo un hambre terrible y dolor de cabeza, que quizá sea por no comer. O tal vez se deba a los efectos del Tramadol: tomar un medicamento cuando estás sano –aunque sea un calmante del dolor– te enferma. Como me explicaría días después el doctor Magí Ferrer, un farmacólogo miembro de un comité de ética de investigaciones médicas en España, quienes hacen estas pruebas miden los riesgos en función de las probabilidades «naturales» que tiene una persona de sufrir un accidente en su vida diaria. Es decir: si un joven tiene equis riesgo de quedar lesionado, por ejemplo, en un choque de moto, y el ensayo clínico está por encima de ese riesgo equis, no debería hacerse.

–Se llama riesgo vital –dirá el doctor Ferrer–. ¿Qué probabilidad tiene un joven sano de que le pase algo en su vida diaria? ¿Una de cada cien mil? Si el riesgo del ensayo es superior a esa probabilidad, no se hace.

Pero luego de pensar un rato admitió:

–Los accidentes suceden por hacer las cosas muy rápido. Y a veces la industria nos exige terminar un ensayo de fase uno [cuando el medicamento todavía no está en el mercado] en apenas cuatro semanas. Muy poco tiempo.

¿Por qué se hacen con tanta rapidez? Mejor dicho: ¿Por qué se permite que se hagan así? Esto no lo dice el doctor Ferrer, pero sí los datos de un estudio encargado por la agencia de noticias económicas Bloomberg: sólo en Estados Unidos, tres de cada cuatro ensayos son supervisados por las mismas farmacéuticas que encargan los ensayos. Es más, se sabe que para las elecciones al Congreso del 2002, los candidatos del Partido Republicano recibieron de esa industria unos treinta millones dólares para financiar su campaña. El resultado es que cada año, según Nature Biotechnology, enferman unos doce millones de estadounidenses debido a los efectos secundarios de ciertas medicinas. De ese total, unos dos mil simplemente mueren.

Ahora ya son las dos de la tarde en punto: llevo veintiocho horas sin comer y, aparte de una jaqueca que me mata, estoy de mal humor. He vendido mi cuerpo, pero con el hambre no se juega. Llamo a la enfermera y protesto.

–Por la noche comerás bien –dice.

Me ha traído una bandeja demasiado grande para dos tostadas, dos rodajas de jamón inglés y dos de queso, más un vaso de plástico con agua de grifo.

Trato de levantarme para comer mejor, pero descubro que aún llevo puestos los cables del encefalograma. Devoro toda la comida en menos de un minuto y me quedo sentado en mi sitio, de seguro con cara de fastidio.

–¿Qué sientes? –me pregunta ella.

–Dolor de cabeza, mal humor.

–Normal –dice–. Descansa. En veinte minutos te llamaremos para una nueva extracción de sangre.

Ésta fue la primera prueba. A lo largo de ese mes haría dos más. Idénticas.

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comentarios
  1. angel olan dice:

    kiero ser parte de algun experimento

  2. alberto dice:

    kiero ser parte de algún experimento pero pagado

  3. roy dice:

    _ toy en busca de trabajo… para sostenerme… tengo 25 años .. ojos marrones y piel.. clara mido 1:65

  4. Memo Yáňez dice:

    Quiero ganar dinero siendo puesto en proceso de experimetentación

  5. alicia dice:

    Quiero ser parte de un esperimento pagado o no pagado para mayor informacion 78570182

  6. Mgdalia concepcion dice:

    Quiero ser parte de un experimento necesito ganar dinero

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