Dionisio sin maletas

Publicado: 15 noviembre 2013 en Alejandro Cárdenas
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Al alba, el reloj señala las cinco y diez mientras Gerardo Chan Chan prepara una rebanada de pan con frijoles que le servirá de desayuno. Afuera el termómetro marca ya 28 grados centígrados, preludio de lo que será otra vez una jornada abrasadora. En la radio un adormecido locutor narra los titulares del día: “Un hombre acuchilla a su esposa en Maxcanú a causa de celos”, “Un homosexual es apresado en la Plaza Grande de Mérida por ofrecer favores sexuales”, “Los Leones jugarán esta noche en Kukulcán”. A las seis, el himno nacional resuena en la pequeña habitación mientras Gerardo toma su mochila y se dispone a salir rumbo al trabajo. Es viernes 8 de junio por lo que al mediodía deberá interrumpir su laboro para viajar a Mérida, al hospital general y cumplir con su cotidiana revisión mensual del VIH.

“El SIDA me ha traído más bien, que mal. Por él ahora aprecio más las pequeñas cosas de la vida: que el sol, que la lluvia, un amanecer, un nuevo amigo…”, musita Gerardo mientras remueve la tierra vieja. Se ocupa como jardinero desde hace tres años en casa de “unos ricos de la ciudad que se vinieron a vivir acá”. Es el pueblo de Sitpach, Yucatán, de apenas 1.500 habitantes y donde hasta hace no mucho tiempo se escuchaba de boca en boca la historia del Keken, el hombre puerco: la historia de Gerardo desnudo y maltrecho viviendo en un chiquero.

El día en que nació, el calendario maya yucateco le vaticinaba vida de pavo real. Su padre, en cambio, pensó que su hijo primogénito sería doctor, que hablaría perfecto español y que dejaría la vida del campo para vivir en la ciudad capital. Sin embargo, desde temprana edad Gerardo supo que no sería ni pavo real ni doctor; él quería ser cantante. A los 11 años de edad Gerardo confeccionó su primer vestido. Era similar al de una estrella de telenovela que había visto por televisión y quería utilizarlo en el festival de fin de curso de su escuela primaria. Su padre se lo impidió. Su madre no hizo nada. A partir de entonces, los problemas entre Gerardo y su padre empezaron.

“Mi homosexualidad inició cuando yo tenía
unos 7 años. Desde la primaria siempre me
cotorreaban mis compañeros diciéndome
que era yo un afeminado por lo que me
gustaban las cosas femeninas, como las
zapatillas, no sé, tenía yo algo de… me
gustaba jugar a las muñecas.
Me daba cuenta de que no era yo, bueno, se
decía que no era yo normal. Y poco a poco
empezaron mis compañeritos a
enamorarme y así, cuando me di cuenta, ya
estaba yo en el rol de la homosexualidad.
Obviamente no había yo, como decimos
ahora, salido del closet. Trataba de ocultar
mi homosexualidad, con eso de que la
religión que dice que “eso está mal” y que
me inculcaron esto… entonces como que
todavía yo no me descubría a mí mismo y
no quería salir. Me avergonzaba de mí
mismo”.

Podar las ceibas, regar las rosas y cortar algunos geranios que le servirán para adornar la casa de los patrones. Se siente contento del jardín que ha logrado confeccionar. Particularmente le enorgullecen sus flores. Las hay de color amarillo, rosa, carmín y violetas. De entre todas ellas, sus preferidas son los girasoles porque dice que son como él mismo: se acoplan a la vida. A veces, mientras corta el césped o unta abono a la tierra negra, Gerardo recuerda los días difíciles: aquellos días cuando sus padres al enterarse que estaba contagiado con la mala enfermedad lo orillaron a vivir en el chiquero que está detrás de casa. Días de castigo. Días de nadie. Días en los cuales no podía relacionarse con sus queridas hermanas, ni con amigos del pueblo o vecinos. Días de ausencia. Condenado a un rudimentario cuartucho de 3×3 en el que solo cabía él, un perro ocasional que le visitaba y las ganas de morir, Gerardo pasaba las horas esperando la nada.

Se siente confuso al rememorar si fueron seis meses o un año los que vivió en esas condiciones. Solo recuerda que se quedó sin ropa ya que su vestimenta era quemada inmediatamente después de cada vomito “para que no contagiara a nadie”. Recuerda también los platos desechables y un destartalado bote de plástico que en sus mejores días albergaba un yogur sabor fresa de la marca Danone. Ése era su vaso. Así eran sus utensilios para comer. Su mesa era el suelo rocoso y una vela a medio uso parecía ser la única luz que llegaba a su vida. Cuando la vela se acababa, la zozobra y soledad de Gerardo no tenían fin. “La pasé mal, pero los perdono y los comprendo: en ese tiempo, año 2001, nadie en el pueblo sabía nada sobre VIH y sus formas de contagio. Me convertí en la peste del pueblo”.

Mientras conduce su bicicleta rumbo al trabajo, Gerardo tararea esa canción de Willie Colón que resulta ser un himno: “No se puede corregir, a la naturaleza, árbol que nace doblao, jamás su tronco endereza”. Al llegar a su jardín, pregunta parsimoniosamente a las flores cómo fue la tarde del día anterior. El viento las mueve, como queriendo contestarle.

“En el 2001 llegó mi recaída; ya no me pude
levantar, se me caía el pelo, ya no podía
trabajar. Mi mamá ya sabía de mi
enfermedad para ese entonces, pero nadie
más. Vivía en casa con diarrea diaria y
medicamentos recetados por mi madre,
como pepto-bismol, hasta que llegó el
momento en que papá me preguntó: ‘¿Qué te
está pasando?’, a lo que respondí; ‘¿quieres
realmente saberlo?’. Siempre tuve mucho
pleito con él y por ello hasta con orgullo se lo
dije, por el rencor que le tenía: ‘Tengo SIDA’.
Enfadado me reviró; ‘¿Cómo va a ser? ¡Me
estás engañando!’. Nunca en mi vida lo
había visto llorar. Cuando se calmó me dijo:
‘Hoy vas a irte a vivir al fondo del patio, al
chiquero, donde los marranos. Ahí vas a
vivir’. Pintó una raya en el suelo y me dijo,
‘¡De aquí no pasas! Ahí se te va a llevar tu
comida’. Yo ya estaba cansado física y
emocionalmente, ya no podía yo rebelarme,
así que acepté”.

“Cuando supe qué es lo que está haciendo mi
hijo, pues me entristecí porque a nosotros
no nos está acostumbrado que un hijo se
trata como a una mujer cuando no es mujer;
pues nosotros cuando nace uno de tus hijos
estás contento porque sabes que es hombre
pero de un momento te dice ‘soy mujer’,
pues claro que no te lo va a decir rápido.
Pues de lo que yo no entendí es que entró a
trabajar en una casa y su trabajo, para
nosotros, no estaba acostumbrado porque es
trabajo de una mujer, entonces ¿cuál es su
oficio? En lugar que se vaya y busque
trabajo bien, porque dentro de nosotros no
se está acostumbrado, como campesinos que
somos, que un hombre vaya a trapear, para
nosotros no es trabajo de un hombre, es
trabajo de una mujer y empecé a mal
entenderlo”.

***

Junio del 2006
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

El albergue Oasis ofrece atención y estancia a portadores y enfermos terminales de SIDA y es la última morada que brinda cariño y cobijo a quien ya nada tiene. Allí las necesidades son tantas y los medios son tan pocos que la realidad obliga al enfermo a servir como enfermero propio y de otros; a cocinar; a ser confidente y poner el hombro; a limpiar los pasillos y los pequeños cuartos; a buscar esa vena aún no tan maltratada para inyectar; a bañar a otros menos fuertes y a reír mientras se pueda: el interno en Oasis es todo y es nada.

Tomé el autobús de la capital Mérida hacia Conkal una mañana en que el sol ya empezaba a derretir el entusiasmo. Uno se acostumbra a respirar poco a poco a riesgo de sentir como si el hálito quemara las entrañas. A mi lado viajaba un joven de rasgos mayas y entonces se aviva la pregunta sobre qué significa ser maya hoy en día. El camión estaba repleto de gente, gallinas y nostalgias a Peón Contreras. Aunque el trayecto de la capital Mérida hacia Conkal no es largo, el autobús hacía múltiples paradas; ya sea para bajar a la señora que había viajado a la capital a vender hamacas el día anterior, o ya sea para subir al señor que llevaba su par de chivitos a vender al pueblo de Chicxulub, más al norte de Conkal.

Al llegar al pueblo se tiene la impresión de haber viajado en la máquina del tiempo. El municipio es prácticamente plano, formado por llanuras de barrera con piso rocoso y ceibas, el árbol sagrado de los mayas. De vez en cuando una chachalaca cantaba a lo lejos o una iguana cruzaba en mi camino y aunque el poblado de poco más de seis mil habitantes llegó a albergar el cuarto convento franciscano de los tiempos en que el catolicismo español evangelizaba indígenas, éste luce ahora abandonado y semidestruido. Según el historiador Manuel Rejón, el nombre de Conkal proviene de una hermosa flor que se llama cuunka o kahyuc, pero dicha flor se esconde al visitante.

Un frágil viejecillo me recibió en un tendejón; le pregunté por la ubicación del albergue Oasis a lo que me respondió “¡ah!, el lugar de los enfermitos”, así, en diminutivo. “Por diez pesos yo lo llevo en mi bici-taxi, el albergue está lejos”. Después supe que el anciano se llama Camilo, supe que tenía 74 años y que había nacido en Mocochá, pero Mocochá es muy pequeño y prefería venir a trabajar cada día hasta Conkal. “No se quede mucho tiempo allí joven, el lugar está lleno de muertitos en vida”, advirtió mientras pedaleaba.

Al llegar al albergue dos niñas me reciben gritando “¡allí viene el lobo, allí viene el lobo!”. Horas después, mientras me cuenta la historia de su vida, Gerardo me muestra el vivero que construye detrás de las ceibas que bordean al albergue:

“Ahora vivo más tranquilo.
Aprendí que hay que darse a la vida sin
esperar nada a cambio. Lo que viene lo acepto y los días
son
unos iguales a otros.
Pero ¿sabes?, algún día saldré de aquí.
Ya me siento fuerte, con ánimos.
Quisiera trabajar. Quizá cortando el pelo o
cuidando plantas: ¿conoces tú algún lugar en
Mérida donde
me quieran dar trabajo?”.

La mirada y fisionomía de Gerardo se asemejan al Bacchino malato (1593), de Caravaggio.

Su historia de vida también.

***

6 de agosto del 2012
Sitpach, Yucatán

“Sé que algún día, cuando ya no tenga más
fuerzas, entonces tendré que regresar al
Oasis. Mientras ese día llega, no dejaré que
nadie más me llame agachado, ni que me
pise, ni que me haga sentir menos. Yo sé
mis derechos”.

Gerardo guarda una cajita escondida debajo de su cama. En ella atesora una piedra de color grisáceo la cual, dice, era su única amiga en los días en que nadie quería hablar con él. “No tiene nombre, pero ni falta le hace, nos entendemos muy bien”.

El día que me despedí de Gerardo llovió como nunca. Después del aguacero me dijo con una grande sonrisa: “¡Mira!, la lluvia lavó el cielo”.

Entonces me sentí limpio.

***

Domingo, 23 de mayo del 2010
Albergue Oasis. Conkal, Yucatán, México

Morgan, el perro, es la mascota de la gran familia llamada Oasis. No tiene cola pero sí muchas garrapatas en las orejas. Cada vez que uno le pide la pata solo recibe como respuesta una juguetona mordida. A Morgan lo bañan cada domingo horas antes de que inicie la transmisión por televisión del partido de fútbol, es entonces cuando gran parte de los compañeros de Oasis se reúnen a ver la feria de goles. No son muchas ni comunes las actividades que congregan a los internos de este albergue; quizá solo la misa de los miércoles, la comida al mediodía, el cumpleaños de alguien o el día en que la muerte y el virus vencen a otro compañero. Y es que portar VIH jode el ánimo y a veces solo quedan ganas para dormir, dormir y dormir, esperando la lenta última hora.

Situado a las afueras del poblado, para llegar a Oasis hay que pasar justo a un lado de la iglesia del Sagrado Corazón, en la Plaza Central, donde el párroco local, Jesús R., en su homilía de hace no muchos días dijo que los homosexuales son un problema para nuestra sociedad; que ofenden, atacan y destruyen la familia; que son peligrosos para la sociedad y que representan un problema social que hay que atacar; que la ley de Dios no perdona a los homosexuales y que éstos no van a entrar al reino de los cielos, por lo que no deben entrar a la misa. El domingo que el cura Jesús R. pronunció estas palabras en Oasis el televisor proyectó un partido en el que el Atlante ganaba 3-1 al Santos.

***

Martes, 12 de abril del 2011
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Algunos mejor que otros pero todos ayudan.

Se limpia el baño cada segundo día, el chiquero de los puercos cada fin de semana y el depósito de agua cada dos semanas. Aunque no está escrito en ningún lugar, los internos dividen sus tareas no acorde a sus conocimientos y habilidades sino a su estado de salud: los más fuertes dan de comer a los puercos y lavan los baños; los menos fuertes se encargan de la cocina y de barrer. Los que ya no tienen mucho camino por seguir, ellos descansan en una habitación especial a la que llaman el cuarto X o cuarto de salida. Allí llegan pacientes en fase terminal más o menos conscientes de que viven sus últimos momentos.

Después de ello, la nada.

La estancia es pequeña, con paredes de color verde turquesa y dos ventanas sin cortinas. Pocos sonidos llenan la sala; solo un parsimonioso ventilador y un único paciente que más que respirar, jadea. Carlos es su nombre pero nadie conoce su apellido. Pasa ya de los cuarenta años y fue llevado a Oasis desde el hospital general apenas el viernes pasado. Él quería morir en paz, lejos del anonimato y la frialdad del hospital. La gente de Oasis ya le conocía. Carlangas le llamaban con cariño.

Amarillo. Todo alrededor del albergue Oasis es amarillo: sus paredes, los platos viejos, el cielo del atardecer, el papel corroído del primer análisis con el que Carlos se enteró que era seropositivo, la dosis de Efavirenzque Juan olvidó ingerir, los ojos de Manuel quien descansa en el cuarto “de salida” destinado a quienes sus respiros están ya contados. Amarillo, en Oasis todo es amarillo. Del color de la orina cuyo olor invade la bodega cuando el calor arrecia en Yucatán. Del color de los días iguales, unos tras otros a la espera de que algo cambie.

Oasis es amarillo.

Son las cinco de la tarde y Reyna Patricia esboza una sonrisa apretada. “Estoy hasta la madre de este lugar, ya me quiero ir, pero no sé a dónde…”.

“No hay ninguna guerra. O sea yo siempre he
tenido clara esa, esa…
las dos facetas de mi vida, las he tenido siempre
bien claras.
O sea la prostitución es un hobby,
la prostitución es diversión,
la prostitución es pasarla bien,
la prostitución es placer,
la prostitución me da un poco de satisfacción
sexual,
y nada más.
La cocina es mi vida, la cocina es arte, la cocina
es lo que me apasiona,
lo que amo, lo que disfruto, lo que gozo. Pero
interno, me explico? Porque nace desde muy
dentro. O sea nace desde adentro”.
“…disfruto las dos facetas de mi vida,
ser Rey y ser Reyna Patricia.
Es siempre estar en medio del camino”.
“O sea, vivo ese momento, lo disfruto, vivo toda
esa faceta, vivo toda esa
transformación. Vivo esa emoción, esa
adrenalina,
eso que se siente dentro de mí.
Y se termina, vuelvo a regresar a casa, vuelvo a
regresar al cuarto,
me vuelvo a desmaquillar, vuelvo a quitar todo,
me vuelvo a
poner la ropa normal, y amanece
y soy Rey”.

“Un buen cliente, uno que lleve toda su semana,
con una cartera llena de dinero y se la pueda robar.
Entonces
ese es un buen cliente,
no importa que sea gordo, joven, viejo, chaparro,
una verga grande, una chiquita, gruesa, delgada, lo
que sea.
Lo importante es eso; que lleve eso, ¿me explico?
Con que lleve eso
sería suficiente, seria excelente una noche.
¿Pero y si no?”.

***

Viernes, 29 de julio del 2012
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Reyna Patricia tiene miedo a morir.

Frente a un ruinoso espejo en el que se observa un poster de Shakira, Rey abre su estuche de maquillaje mientras se mira con orgullo los pechos que aun conserva en su rechoncho cuerpo de varón maduro: “la cosecha de hormonas inyectadas en mis tiempos de juventud”, dice con una sonrisa.

Reyna Patricia es baja, espigada, y tiene la piel del color del chocolate. Su verdadero nombre es Reynaldo, tiene 40 años y desde hace cinco sabe que es seropositivo. Se pavonea caminando con pasos felinos, ondeando de lado a lado una peluca negra en forma de cola de caballo que le llega hasta los hombros y vestida con una minifalda y una blusa carmesí. Domina con glamour de reina de belleza unas sandalias de tacón alto del mismo color; vuelve al espejo y se pinta los labios gruesos de rojo escarlata.

Reyna Patricia solo quiere regresar al tiempo en que no era portadora del HIV.

“¿Qué si en dónde obtuve el virus de…?,
creo, que en Ciudad del Carmen, Campeche,
creo.
No estoy al cien por ciento seguro,
ya que en ese entonces viajaban por varios lugares
de la República, Estados.
Así que no puedo tener una certeza si fue en alguno
de esos viajes,
si fue en la Isla, si fue a bordo de barcazas o barcos.
No hay una seguridad en donde fue.
Lo que sí sé que a la edad de… a los treinta y seis
años, en una prueba de VIH
que se hizo en el hospital general de la Ciudad del
Carmen, Campeche, al ir a recoger los exámenes,
me dieron la noticia de que era seropositivo.
Fue la peor noticia del mundo, lo… lo más espantoso que
se pudo haber escuchado,
lo más horrendo que me pudo haber pasado.
No me quedó más que escapar. Escapar de la
realidad
porque no puedo decir que enfrenté en esos
momentos la situación, sino que la esquivé,
la evité, traté de olvidarla. Así fue mi salida de la
Isla (de Campeche)
a la ciudad de Cancún en donde empecé a
dedicarme a la hotelería
y a la prostitución.
Y empecé a vivir mi vida dándole rienda suelta a
todo. No me importaba nada en ese momento. Lo
que quería era autodestruirme,
acabar conmigo mismo, acabar con mi existencia,
acabar con todo porque
me decía que ya no tenía caso seguir viviendo.
No asimilaba, no aceptaba vivir con el VIH”.

“Fue una época bastante difícil, fue una época
bastante mala.
Guardando un secreto tan grande; no se lo podía
platicar a nadie.
No tenía el valor para hacerlo. Ni amistades ni
compañeros, nadie. No.
Ni a mi familia, porque ni a mi familia le dije nada.
Hasta el momento no le he dicho nada.
Mucho menos se lo iba a platicar a un extraño en
aquel se entonces.
Viví ese tipo de vida allá en Cancún; arrastrando ese
secreto, arrastrando esa frustración.
Eso fue lo que me llevó a hundirme más en las
drogas: meterme en la piedra, consumir más
cocaína,
inyectarme heroína… o sea quería acabar con mi
existencia. Pero al final a lo único que
me llevó fue a desgastarme más hasta el grado de
llegar a hospitalizarme”.

“Fue que llegué en aquel entonces, 28 de febrero
llegue a Oasis por primera vez”.
“Oasis… A veces yo he dicho que… Es un lugar
que existe.
¡Qué bueno que existan lugares como ese! Porque
verdaderamente puede
ser de ayuda a mucha gente con necesidades. Yo
Oasis lo he agarrado
como botiquín de último recurso. Hasta cierto
punto a veces me siento bien ahí,
y hay momentos en que me asfixia la vida de
Oasis,
a veces me desagrada todo lo que pasa, todo lo
que… Ver tanto sufrimiento de los demás, tanta
hipocresía…
me hace impotente”.

“Llego en un cuarto, me encierro. Llego, me
encierro, veo las cuatro paredes, me siento solo.
Una soledad que te cala, que te frustra, que a
veces me hace pensar para qué luchar,
para qué seguir.
Hay momentos en que no se le ve sentido a la
vida.
Luego con esta chingada enfermedad
vivir a base de pura chingada pastilla, llega un
momento en que te sientes agotado,
te sientes cansado”.

***

Martes, 7 de agosto del 2012
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Reynaldo. Rey. Reyna Patricia. Reynita. De ojos como espejo y manos de hombre de mar, me abrió su vida de par en par. Así supe que en los días en que se siente triste Reyna cierra los ojos e imagina otros ayeres, cuando trabajaba como cocinero en una plataforma petrolera en medio del Golfo de México. Entonces era ella la única diva en medio de un mar de obreros: 60 días a la mitad de la grande mar vendiendo favores a quien quisiera y en cuánto quisiera. Era ella quien manejaba gustos, tiempos y caprichos. Era ella quien manejaba al destino.

Hoy su agenda es distinta, el virus le recuerda que debe desvelarse poco, tomar los medicamentos, comprar decenas de condones e intentar comer bien. Pasa su vida entre el albergue Oasis y Playa del Carmen, Quintana Roo, a donde siempre regresa en cuanto su fuerza se lo permite y su falta de dinero se lo exige.

Así han sido ya los últimos cinco años de su vida: lejos del mar de su juventud y cercana al farol de cualquier esquina.

“No creo llegar a diez años.
O sea no es mi meta en la vida llegar a esa edad.
Siempre he deseado acabar joven,
bella y hermosa”.

***

—Compa, ¿me da chance de partirle la madre a este putito? –preguntó Alex al chófer del taxi que los llevaba de regreso a casa. Sus ojos estaban llenos de ira, de celos, de coraje.
—Mientras no me ensucien el asiento, yo no veo ni digo nada –respondió indiferente el conductor.

Entonces Deborah sintió caer sobre sí años de maltratos de su padre, reclamos de su novio Alex y todos los leñazos que la vida le había propinado. Todo allí, en ese momento, en ese taxi de color verde. Fue cuando lo decidió. Pensó para sí misma, en medio de aquel torbellino de golpes, que no tenía por qué seguir soportando más. Como pudo, abrió la portezuela del taxi y se aventó a la orilla del camino mientras el taxi seguía su rumbo.

Ensangrentada a altas horas de la noche y con la ropa maltrecha, Deborah se acercó al Hotel Paraíso y tuvo la suerte de encontrar a Manuel, su amigo de la infancia quien trabajaba allí como velador del estacionamiento.

—Préstame dinero, no seas malito.
—Chingado Deborah, ora sí que te partieron la madre. Toma, es todo lo que tengo.

Deborah recordó a María quien le había platicado del Oasis.

Al amanecer, con hambre, desecha y con frío, Deborah tomó el primer autobús que le llevaría de Mérida a Conkal. Al llegar, Carlos Méndez, director del albergue, le extendió una frazada.

—Claro que te puedes quedar aquí. ¿Qué sabes hacer?
—Pues la verdad nada, respondió Deborah.

A partir de entonces Deborah comprendió que cuando decidió huir de ese taxi huyó también de toda una vida pasada.

Aprendió a cocinar y a coser. Conoció a José y al amor. Empezó su rutina médica e intentó, sin éxito completo, dejar las drogas.

“Ahora ya solo fumo churro y chemo.
Ya dejé las duras”.

Un día en que Carlos Méndez la regañaba por haber quemado el pavo de Navidad a la hora de cocinarlo, Deborah supo que era el momento de saltar de nuevo por la portezuela. Ahora era más fuerte. Ahora tenía ya un amor.

***

Sábado, 26 de febrero del 2012
Motul, Yucatán

Mientras un pequeño perro ruano lame sus pies, Eyder Manzanero se dispone a iniciar el ritual de lo habitual. Es sábado y hace falta dinero para pagar la renta pasado mañana. José, su pareja, tuvo la mala hora de gastarse en cervezas el poco dinero que había ahorrado este mes, producto de un trabajo ocasional como albañil en una escuela del pueblo vecino, Tixkokob. Ahora Eyder –o más bien Deborah- tiene que enmendar la resaca de José.

Con la delicadeza de una quinceañera, Eyder aplica una base de maquillaje en su rostro. Después la distribuye uniformemente hasta que su cacariza piel de hombre adquiere una tonalidad similar a la de “una doncella maya, ¿o no lo parezco?”, me pregunta desafiante con esos grandes labios carmines. Me pide le ayude a escoger sus aretes aunque le confieso que los adornos me dan lo mismo. Entonces me responde ya no como Eyder, sino como Deborah: “Ustedes los hombres no saben nada de nada”.

Tacones con plataforma alta resuenan en las banquetas del pueblo de Motul. El autobús que viaja a la capital Mérida no tarda en llegar y Deborah apresura el paso rumbo a la parada oficial. Una vez dentro, y ya que el trayecto toma poco más de una hora, Deborah aprovechará para darse los últimos retoques y además hojear la revista Vanidades que guarda en su bolso de color vino. Mientras ella intenta responder un test de opción múltiple que se titula ¿Eres lo suficientemente cool?, un par de viejecillas del asiento vecino cuchichean algo que parecería estar destinado a Deborah. Ella parece hacer oídos sordos a todo. Su mundo es su cabeza.

Nuestra primer parada es el bar La Oficina. Dos cervezas de litro y música de los años setentas invaden mi cabeza. Deborah ha dejado de poner atención al periodista y a la fotógrafa que estamos frente a ella en la misma mesa. Aunque no lo parezca, está ya trabajando: lanza miradas como anzuelos y parecería que un hombre de una mesa contigua a la nuestra será el primero a quien venderá sus amores peregrinos a cambio de una sonrisa y 200 pesos. Mismos que le servirán para completar la renta de pasado mañana lunes, cuando Eyder empiece de nuevo su semana normal en Motul.

***

Después de tres días de amnesia a causa de los muchos sicotrópicos que ingirió dentro del penal a donde había caído por tercera vez, Deborah se despertó con una nueva sorpresa: un tatuaje en forma de flor en su espalda donde se alcanza a leer Eyder / Chako, en referencia a sus dos vidas.

***

Mientras los habitantes del pueblo de Motul se preparan para regresar del trabajo a casa, Deborah se alista para salir a trabajar a las calles de la capital Mérida. 200 pesos servicio completo; 70 pesos una cachucha (sexo oral).

“Mis compañeras fueron las que me
empezaron a inyectar hormonas y aceite
comestible en forma de triángulo en cada
pompi. Luego íbamos a talonear y me
gustó: nunca olvidaré la primer noche,
gane 1.500 porque me metí con tres
hombres, así empecé y ya luego la escuela
no me importó, ¿pa’ qué?”.

“Por mil pesos. Dejé que me infectaran de
VIH por mil pesos. Por tener un poquito
más que las demás esa noche”.

“Quisiera hablar con mis familiares, hablar
de en dónde me van a enterrar cuando yo
ya no esté aquí. 16 años ya que me
diagnosticaron, desde que tenía yo 19
años”.

***

17:30
Motul, Yucatán

José, pareja de Eyder, espera sentado en la hamaca a que su pareja se convierta en Deborah.

Ya en Mérida, la Calle 58 es el paraíso de la prostitución: las hay jóvenes y guapas que desertan de Cancún ante la dura competencia: las hay locales y maricas. Eyder, Deborah, ocupa el último escalafón en la pirámide del sexo-servicio. El final de la Calle 58 así se lo recuerda. El ambiente es pesado, huele a licor mal destilado y lujurias por cumplir. Payaso, de José-José, suena en la rocola mientras Deborah hace cuentas en voz alta: “con esto tengo para un churro y unas guamas. Condones y medicinas. La renta y tortillas. ¡Hasta pollo alcanzaré!”.

Deborah; maya, homosexual y seropositiva, vio en la prostitución la única puerta de salida para una vida de condena continua. Orgullosos de los indígenas solo cuando aparecen en los libros de historia, la sociedad mexicana ha orillado a esta cultura a trabajos de mierda: construyendo hoteles de lujo para turistas o limpiando casas de ricos al norte de la ciudad.

“Es difícil ser maya, marica y tener sida. Jodida está la cosa”, nos dice Deborah antes de levantarse de nuestra mesa para empezar su jornada de trabajo.

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comentarios
  1. Pam Leblanc dice:

    “Tiene razón Gerardo cuando dice que falta educación: en casa, en la escuela, en las calles. La educación como medio y fin que nos haga más tolerantes hacia el que piensa diferente; al que decidió ejercer su sexualidad acorde a sus preferencias sin importar el qué dirán; solidario con quien porta el virus y abierto hacia un mejor mañana en el que todos tengamos un espacio. Ni más grande ni más chico, solo un espacio y un país que sea de todos y no solo de unos cuantos”, añade el periodista.

  2. Cristina dice:

    Extraordinario escrito

  3. gloria dice:

    Que difícil es para algunos la vida, nadie escogió nacer con preferencia sexual no acorde con nuestro sexo, por lo tanto debemos ser solidarios para con ellos.

  4. Excelenteso crónicas…los felicito por la recopilación y la pujanza informativa de nuestra América bendita / maldita…muchas gracias ,info de la buena.

  5. Jesus Humberto Tapia dice:

    Muy interesante escrito, ¿cómo puedo contactar al periodista Cárdenas?

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