Joseph Stiglitz. Un Nobel de Economía detiene el tiempo.

Publicado: 19 enero 2012 en Diego Fonseca
Etiquetas:, , ,

Es su última cita del día y Joseph Stiglitz no va a llegar a tiempo. Dentro de dos horas tiene una reservación para cenar y su mujer luce preocupada: a veces él se queda conversando durante horas sobre economía con sus colegas y se olvida de comer. Esperar por Joseph Stiglitz es un ejercicio de fe. Su vida es una vasta colección de momentos que suceden a destiempo. Cuando alguien pide una cita a su asistente para discutir con él sus problemas con el tiempo, la muchacha que debe administrar el caos de su agenda solo atina a reírse. En 2002, cuando un periodista de la revista The Nation debió entrevistarlo varias veces en Manhattan para escribir un reportaje biográfico, todas las entrevistas comenzaban al menos una hora tarde. Cuando era el conferencista principal de un debate sobre el mundo después del 11 de setiembre, estuvo a punto de perdér­selo porque había olvidado en qué día estaba. Una vez por fin llegó puntual a una charla en Australia, pero, al no tener tiempo de revisar la presentación que había preparado en el avión, cometió errores durante su dis­curso. Sus estudiantes enla Universidadde Columbia le preguntan por qué llega tarde y él les explica que, si su impuntualidad fuese real, la clase empezaría sin él. En una disciplina donde el prestigio está en acertar a los pronósticos, todos pueden asegurar que Stiglitz llegará, pero nadie se atreve a predecir cuándo. Que un Nobel llegue con retraso a las reuniones con familia y amigos lo humaniza; que lo haga a las cenas con presidentes, y nadie se enfade con él, certifica su estatus de celebri­dad: el poder es capaz de esperar por un señor miope que ve las cosas con demasiada claridad. Esta tarde de verano de 2011, el Nobel de Economía más rebelde de la historia entra al lounge ejecutivo de un lujoso ho­tel en Washington con el paso apurado de los que han aprendido a llegar tarde. Stiglitz mueve su metro se­tenta y cinco con agilidad, y como si la almohada que tiene por barriga fuera de plumas. Viste un traje azul oscuro y una camisa celeste de algodón que se afana por salirse del pantalón. Se ha sentado en el filo de un sillón de terciopelo borravino con filigranas dora­das y ha depositado el codo sobre el apoyabrazos y el mentón sobre su puño derecho con la tranquilidad de los que tienen todo el tiempo del mundo. Pero no es así: pronto deberá cenar, y antes tendrá que descan­sar, ver correos, darse un baño. No parece importar­le. Su trabajo es pensar el futuro del mundo pero no suele tener en mente sus próximas dos horas.

The Fairmont es un hotel para poderosos como Joseph Stiglitz. En los años noventa, Bill Clinton lo puso al frente de sus asesores enla Casa Blanca, y él luego recibió el siglo como el economista jefe del Banco Mundial. Stiglitz tam­bién es el Nobel de Economía del año en que los talibanes aprendieron a estrellar aviones, y antes fue el mejor eco­nomista joven de Estados Unidos el año en que los taliba­nes se fueron a las montañas de Afganistán a combatir a los soviéticos. En los últimos veinte años, Stiglitz se peleó con todos sus poderosos empleadores de Occidente y se ganó el cariño de naciones en miniatura como Indonesia y Ecuador, los globalifóbicos yla Chinaposcomunista. The New York Times dijo que era el economista teórico más influyente de su generación solo para que una déca­da después Newsweek lo llamara el hombre más incomprendido por el poder en Estados Unidos. Para llegar al hotel The Fairmont, esa tarde Stiglitz tomó un taxi en el centro de Washington DC hacia el noroeste de la ciudad a la hora en que los burócratas y los diplomáticos se su­ben a sus autos y escapan del verano de una capital que se derrite en un país que se derrite. Anya Schiffrin, su mujer, lo llamó a mitad de camino para planificar la cena. Quería que descanse, pues asumía que se sentaría a con­versar, un ejercicio al que se lanza con la determinación de los clavadistas. El hombre más esperado del mundo estimó que llegaría en diez minutos. Lo hizo en media hora, y con la camisa a punto de salirse del cinturón.

Joseph Stiglitz ha hecho de la impuntualidad un mé­todo. Si no llegó tarde a ser investido porla Academiasueca era porque el premio Nobel lo estaba esperando, y ese miércoles de octubre de 2001 un transporte pasó a buscarlo temprano por su hotel. Cuando lo conocí en su oficina dela Universidadde Columbia, en Nueva York, una mañana de primavera de 2011, Stiglitz venía de su casa con el periódico bajo el brazo y llegaba, por supuesto, tar­de. Había postergado una entrevista previa y la siguiente y, cuando concluyó, la agenda de sus asistentes ya era un calendario viejo. En un momento de la reunión, Stiglitz levantó el brazo para rascarse la cabeza y la manga de la camisa dejó asomar el reloj: eran las 11.30, pero marcaba las 10.30. Stiglitz es un iconoclasta que parece creer que los relojes, las agendas y los calendarios no son más que pro­ductos perecederos. Para él su tiempo personal resulta una abstracción de importancia efímera, un recurso que dista de ser una ventaja competitiva. Pero cuando le preguntan si siempre llega tarde, no tarda un segundo en responder:

—Por supuesto que no: lo consigo si me lo propongo.
—¿Nadie le dice nada por sus demoras?

Anya Schiffrin, la esposa, que lleva la estadística de sus tardanzas, sí.

—Joe olvida una cosa importante cada día.

Stiglitz bebe de la copa de agua Perrier que su mujer ha depositado sobre la mesa de centro en The Fairmont. Elige una uva de un plato con quesos y panecillos y la lanza a la boca sin mirar.

—¿Cómo define su relación con el tiempo?

Juega con la uva, la mueve de un lado al otro y parpadea.

—Yo diría que es más bien relajada.

Stiglitz tiene los ojos mínimos y azules, y mira con la intensidad de un búho. Uno de sus amigos dice que es la encarnación del Profesor Tornasol de Las Aventuras de Tintín, un genio que se distrae por experimentar en todos los campos posibles del conocimiento. Un sibarita de la curiosidad que goza pensando en la misma econo­mía que a otros los tiene con los dientes apretados. El hombre relaja el nervio: a su lado parece que el capita­lismo no se desmoronará jamás. La sonrisa de Stigtliz es breve, de labios finos como vainas que dejan asomar los dientes blancos, odontológicamente perfectos. Mientras escucha, la sonrisa está siempre a punto de soltarse, tem­blando en los labios, pero cuando habla se ensancha y se contrae en un solo movimiento; ese gesto dubitativo que los tímidos muestran cuando parecen recordar una picardía. Stiglitz, que se gana la vida resolviendo compli­cadas fórmulas matemáticas y traduciéndolas para que el resto de los mortales entiendan las leyes que gobiernan los bolsillos es un bromista sutil que oculta lo que ríe. Tiene la voz suave de los astutos.

Joseph Stiglitz ofrece esperanza para los menos favore­cidos en un lenguaje que todos pueden entender. Sus pa­labras taciturnas se reproducen en las naciones emergen­tes y el mundo más pobre. Es un descastado voluntario y, para muchos, un traidor. Su exuberancia no soporta el corsé retórico de los gobiernos y las instituciones, y sus peleas han sido grabadas en la memoria de quienes siguen los chismes de académicos como si fueran fenómenos de las guías de espectáculos. En 1999 el Banco Mundial lo despidió por criticar abiertamente sus políticas. Él, un justiciero de marcadores indelebles, ha declarado apoyar el cobro de un impuesto estilo Robin Hood a las activi­dades de la banca especulativa para aliviar las dificulta­des de los pobres. En 2002 Kenneth Rogoff, ex jefe del departamento de investigaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), le escribió una carta abierta en la que cuestionaba su autopromocionado estilo de lanzador de piedras. Rogoff recordaba una conversación de ambos cuando enseñaban enla Universidadde Princeton, en la que Stiglitz le había preguntado sobre Paul Volcker, ex jefe dela Reserva Federal(FED) durante las presiden­cias de Jimmy Carter y Ronald Reagan. “Ken, tú traba­jaste para él” –le dijo Stiglitz–. “Dime, ¿es realmente listo?”. Rogoff había trabajado para Volcker y creía que había sido el mejor presidente dela FEDen todo el siglo veinte. Stiglitz insistió: “Pero ¿es listo como nosotros?”. Después explicó que con esa pregunta sólo había querido indagar sobre la capacidad de Volcker como teórico, no sobre su inteligencia. Stiglitz también ha declarado que las políticas del Departamento del Tesoro de Esta­dos Unidos son sentencias de muerte y ha sido severo con sus ex colegas del Banco Mundial, a quienes acusó de imponer a las naciones más débiles recetas económicas como si fueran manuales de tormentos. Su blanco preferi­do ha sido el FMI, el financista de los gobiernos con pro­blemas de dinero. Stiglitz lo ha comparado con un hospital donde los enfermos empeoran que contrata estudiantes de tercera categoría en universidades de primera. Un día le preguntaron qué debían hacer los países en desarrollo con los consejos de los técnicos del FMI sobre sus economías.

—Juntarlos y tirarlos a la basura –respondió.

La vida de Joseph Stiglitz es hoy la de una persona­lidad global con una armada de detractores y seguido­res en cada rincón del planeta. Han fracasado las ideas más conservadoras –lo que él llama el fundamentalismo de mercado–, y la heterodoxia de Stiglitz ocupó su espa­cio a la par que nuevas naciones –desde China a Bra­sil, desde India a Sudáfrica– suben como espuma para desafiar a Estados Unidos y Europa. La aburrida y re­servada existencia de los economistas se ha convertido en una asamblea pública en la que el nombre de Joseph Stiglitz crece en los pasillos creando bandos. El Nobel es cándido y humano para tirios y un intolerable arrogante para troyanos. Un ingenuo bienintencionado o un teóri­co puro incapaz de gestionar. Un intelectual insurgente, alborotador y tirabombas o un intelectual insurgente, al­borotador y tirabombas. Amigos como Barry Nalebuff, un colega en Yale que sabe de su trato amable de abuelo tranquilo, no dudan.

—Joe es un perrito hogareño.

Anya Schiffrin, la esposa, asegura que cuando sus pa­dres querían saber quién era ese hombre veinte años ma­yor que ella y con un Nobel en su vitrina, les dijo de Sti­glitz: “Es igual que nosotros, pero buena persona”. Para sus enemigos, en cambio, Joseph Stiglitz, la mascota del hogar, muerde.

Cuando Stigliz propuso reemplazar el dólar como moneda global por una nueva, el eje del planeta se mo­vió, pues los chinos giraron los oídos hacia sus oficinas de Nueva York. Robert Johnson, un economista del Se­nado de Estados Unidos que ha viajado con él, dice que en Asia lo reciben como si fuera un dios. Cuenta que gracias a sus ideas de una economía con los ojos en los pobres, algunas personas en Asia y Sudamérica lo re­conocen en la calle. No hay movimiento anticapitalista que no lo cite –sin saber qué hace– ni presidente sud­americano que no desee fotografiarse con él –sin saber qué es capaz de hacer–. Hugo Chávez tiene sus libros en el Palacio de Miraflores y los exhibe en sus mítines políticos como si fueran un recetario de cocina. Stiglitz puede sentarse a dos mesas distintas con la misma muda de ropa sobre el cuerpo. Allí está el primer ministro de China, Wen Jiabao, influido por todo su trabajo, y allí también el premier británico, Gordon Cameron, quien lo hizo viajar de Sudáfrica a Londres para que lo ayudara a prepararse para una reunión de las naciones más poderosas del mundo. La economía global vive en el mundo al revés, donde el Partido Comunista de Mao celebra a un liberal estadounidense y los conservado­res herederos de Margaret Thatcher piden consejos al rebelde que los azota. Sin proponérselo, Stiglitz ha ata­do a Carlos Marx y a Adam Smith: todas las ideologías quieren tomarse una foto con él. Hay un mundo según Joseph Stiglitz y un mundo para Joseph Stiglitz. Menos, por supuesto, en Estados Unidos.

—El apellido Stiglitz no nos consigue mesa en los res­taurantes de Washington o Nueva York –se ríe su mujer.

En alguna medida, Stiglitz se ha ganado a pulso el re­chazo en Estados Unidos. El presidente Barack Obama ha tratado a Stiligtz con pinzas. Dice escucharlo con atención, y a última hora lo ha invitado a cenar ala Casa Blancacon otros economistas, pero no ha logrado que el Nobel guarde el garrote. Obama nunca le ofreció un puesto en el gabinete pero sí a sus adversarios, y Sti­glitz ha sido especialmente crítico por su fracaso para controlar a los financistas que desataron la crisis y para dotar de músculo a una economía paralizada. La crisis de hoy –piensa Stiglitz– reclama un rol más decidi­do del gobierno, que gaste más dinero para reactivar el crecimiento de los países. Las teorías clásicas dicen que el mercado puede arreglar los problemas por sí solo, sin necesidad del Estado: la “mano invisible” de la oferta y la demanda asigna los recursos con mayor eficiencia. Esta forma de pensar, que Stiglitz califica de fundamen­talismo de mercado, ha dejado a los Estados reducidos a quioscos en los últimos treinta años y ha conducido al tren bala de la economía global hacia un murallón. An­tes de que se desplomaran las economías más poderosas, el Nobel ya había advertido que la “mano invisible” se parecía más a una mano negra. Los estados pequeños han dejado sin regulación los fondos de inversión y per­mitido el alegre dispendio de créditos hipotecarios que ahora son imposibles de pagar. Para Stiglitz el mundo debería aprender a equilibrar un mercado sin trabas ni control del gobierno. Pero quienes no quieren a Stiglitz en Estados Unidos, y son muchos, aseguran que sus ideas son inaplicables por la dimensión de los intereses en juego: el poder puede corregirse a sí mismo, pero como ejercicio de cosmética no con cirugía integral. Las primeras medidas después de la crisis no ayudan al Nobel: las corporaciones se salen con la suya, el Estado termina rescatándolas y pierde. Stiglitz gana en la tri­buna, pero no en el campo de juego.

***

Los primeros dos premios Nobel de Economía del si­glo XXI nacieron en el mismo lugar, Gary, Indiana, una ciudad industrial del medio oeste americano, a unos cuarenta kilómetros al sur de Chicago. Stiglitz creció en el ambiente donde los Estados Unidos de posguerra creían que el sueño americano era una casa, un auto, mil millones de cachivaches y un empleo a perpetuidad. Tolstoi llamó a pintar la aldea propia para descubrir lo que sostiene al mundo. Gary fue el mundo tosltoiano de Stiglitz. En su autobiografía cuenta que fue en esa ciudad donde los inviernos congelan el pensamiento que aprendió a preocuparse por quienes la pasan peor. Fundada a principios del siglo XX alrededor dela US Steel, una de las mayores corporaciones siderúrgicas de Estados Unidos, Gary creció rápidamente hasta dejar la llanura pinchada de chimeneas y cuadriculada por tu­berías, cables de alta tensión y autopistas que producían dinero. Pero esa pintura ideal de su aldea se revelaba distinta al levantar la alfombra: debajo de Gary corría un tajo con pus de la historia norteamericana. Los me­jores trabajos eran para los blancos. Stiglitz creció ro­deado por una fauna metalúrgica de obreros sometidos a empleos sulfurosos y empresarios que engordaban sus cuentas de dólares con el mismo afán con que llenaban sus bocas de espíritu patriótico. Una de las imágenes más viajadas dela Chinamás moderna muestra a cada ciudad industrial, desde la septentrional Guangzhou a la norteña Shenyang, hundida en un flan de hollín. En los años ochenta, antes de que ser verde estuviera tam­bién de moda entre los economistas, Stiglitz ya cono­cía esa postal. Parida por un horno de fundición, Gary respiraba nubarrones de plomo, y cuando no era una magnífica aurora boreal de polución eran las lenguas de fuego de la cama de petróleo y químicos sobre las aguas del Calumet River las que iluminaban la ciudad. El Nobel insurgente supo desde muy temprano que el progreso puede ser tóxico e intragable.

—¿Tuvo que luchar viniendo de allí? –le pregunto en el aire acondicionado de The Fairmont.

Suena el teléfono y Stiglitz se disculpa un segundo. Va hasta el bolsillo del saco y extrae un Motorola Razor des­pintado. Se resiste a comprar un teléfono más actual por sentido práctico: no tiene idea de cómo recuperar men­sajes de un contestador y pierde los aparatos con dema­siada frecuencia. Stiglitz tiene un iPad cuyos mecanismos desconoce, y en su oficina, donde conserva un teléfono de tubo inservible, la pantalla y el teclado de su compu­tadora Dell compiten para obtener primero la jubilación.

—No –dice cuando regresa de la llamada telefóni­ca–. Yo tuve suerte.

La suerte, en la vida de Stiglitz, asume tres formas. Sus padres, que lo impulsaron a estudiar y le dieron una buena vida. La escuela pública de Gary, que segre­gaba por raza pero reunía a los hijos de inmigrantes sin preguntar si sus padres fundían acero o atendían una consulta médica privada. Y sus maestros, gente de un magisterio en una época en que dedicaban tiempo per­sonal a sus estudiantes. Stiglitz se crió en una familia de clase media interesada por la política y gustosa de la conversación. Su madre, una maestra de inglés afiliada al Partido Demócrata, y el padre, un vendedor de segu­ros, lo formaron en la escuela del compromiso personal y la autoconfianza. A los diecisiete años, cuando salió de Gary, Stiglitz se dio con un supermercado de ideas liberales en el Amherst College de Massachussets. Allí se convirtió en el hombre que es ahora. Fue una estre­lla del club de debates, donde aprendió un esgrima de verbos ácidos y argumentos. Sus maestros le enseñaron el método socrático y él organizó su vida para respon­der preguntas con nuevas preguntas. Si el joven huma­nista creció rodeado de metales, el economista adulto germinó en un jardín de profesores de ideas clásicas. Allí recibió dos de sus principales influencias: las ideas de John Maynard Keynes, el gran teórico moderno que creía que el Estado debía intervenir en la economía para corregir los desequilibrios generados por los pri­vados, y de Robert Solow, un genio que construía mo­delos econométricos como quien hornea pasteles cada fin de semana. En su autobiografía, Stiglitz escribió que debía haber algo en el aire de Gary –además de polución– que orientaba a sus habitantes a la economía: Paul Samuelson, uno de los primeros economistas en adoptar las ideas de Keynes a la práctica política y el Nobel que lo precedió, era, como Stiglitz, nativo de la ciudad. Pero la mundana singularidad de Gary es toda­vía mayor. Cuando Stiglitz era un adolescente de quin­ce años, en un hospital de la ciudad se escucharon los primeros berridos del octavo hijo de Katherine Scruse y un obrero metalúrgico de los barrios pobres. El chico se llamó Michael Jackson y dejó ese pueblo para ser el Rey del Pop. Con su particular sentido del tiempo, Stiglitz también es un rock star.

Unas mil quinientas invitaciones para hablar en con­ferencias en todo el mundo llegan cada año a la oficina del profesor Joseph Stiglitz en el octavo piso del edifi­cio Uris Hall, la sede de Columbia Business School, en Nueva York. Cuando la economía del mundo empieza a toser, los teléfonos de su oficina y su casa suenan his­téricos por el asalto de la prensa internacional en busca de sus recetas de botica. En los últimos diez años, Stiglitz ha acumulado tantas millas de vuelo como para dar la vuelta al mundo varias veces. Solo quince días después de su estancia en The Fairmont, visitaría An­gola, Egipto y Grecia. Como parecía sobrarle el tiempo, escribió entre un país y otros dos ensayos sobre la crisis de Occidente para Project Syndicate y sobre el desmoronamiento europeo para The New York Times. En me­dio, viajó a España. En Madrid, Stiglitz suele visitar a la familia de su mujer, Anya Schiffrin, nieta de un general republicano exiliado. La rutina incluye salir de paseo por la Plaza Mayora beber una horchata y detenerse en el Café Gijón a comer churros. Pero esta vez Stiglitz cambió de ruta y se apareció a dar un discurso calleje­ro por el Parque del Retiro, donde se reunió con una fracción de los Indignados, el gran movimiento juvenil que levanta campamentos para exigir más democracia y menos atención a los intereses de los grupos de poder, tal como Stiglitz demanda en su libro Cómo hacer que funcione la globalización. Su aparición en la calle sorprendió a algunos de los jóvenes, pero la improvisa­ción es parte del protocolo de Stiglitz. Horas antes unos asistentes a su conferencia en el Palacio de El Escorial de Madrid se acercaron a invitarlo. Un rato después, un Stiglitz, en pantalones caquis y tenis, continuaba su revuelta personal en el Retiro, un antiguo parque de se­ñores y reyes que esa tarde andaba alborotado por mu­chachos en chancletas sentados en el césped quemado por el sol del verano.

—Joe es una de las pocas personas en el mundo que podría ser excusada de comportarse como una prima donna –dice por correo electrónico Ha-Joon Chang, un profesor de la Universidadde Cambridge que prolo­gó sus ensayos de El Rebelde Interior–. Y lo es, pero jamás actúa como tal.

En el parque El Retiro, Stiglitz, quien cree que el capitalismo de este siglo será conducido por las perso­nas y no por las corporaciones, tomó un megáfono con la misma naturalidad que utiliza en el podio del Foro Económico Mundial que reúne a los empresarios y pre­sidentes más poderosos del planeta. Stiglitz repitió su discurso habitual que reclama por un Estado regulador y convocó a la solidaridad frente al sálvese quien pueda de las ideas conservadoras.

—No se pueden reemplazar malas ideas por “no-ideas” –dijo al final–, sino por ideas mejores.

Fue una frase común e intrascendente en un discur­so sin nada del énfasis teatral de los políticos. Pero fue efectiva. Los Indignados aplaudieron y teclearon en sus teléfonos celulares con furia. Unas horas después la no­ticia ya estaba en su biografía de Wikipedia, y Twitter, YouTube y Facebook contagiaban los videos de los ce­lulares a todo el mundo. Stiglitz, el rockstar de los eco­nomistas pop, lo había hecho otra vez.

Hasta hace unas décadas, los economistas teóricos eran señores de traje y corbata pasados de moda que se peinaban para atrás y envejecían en los departamen­tos de estudios de las universidades. Hoy el Nobel Paul Krugman da cátedra a amas de casa y jubilados desde uno de los blogs de The New York Times y Nouriel Rou­bini, quien predijo la crisis de las hipotecas tóxicas que desataron el colapso global, es invitado al programa de humor Saturday Night Live. ¿Por qué habría de sor­prender que la economía haya ido del libro de texto a la televisión si un grupo de estudiantes de Física son las estrellas de una serie de TV como The Big Bang Theory y la biopic del fundador de Facebook es candidata al Os­car? El siglo XXI ha hecho carne la película La vengan­za de los nerds: la tecnología y la educación amplia­rán más la brecha entre quienes tienen conocimiento y quienes solo tienen manos para trabajar. Algo de eso está en los estudios por los que Stiglitz obtuvo el Nobel en coautoría. Su teoría de las asimetrías informativas es una idea tan obvia que parecía raro que nadie la hubie­ra visto antes. Una explicación simple es ésta: en toda relación hay alguien que sabe más que otro, y eso genera desequilibrios de poder y oportunidades. La teoría de Stiglitz, que puede aplicarse a todo tipo de relación, desde una transacción de negocios hasta los noviazgos, refuta la idea de los economistas clásicos, que asumen que todos los tomadores de decisiones tienen informa­ción perfecta. La última crisis financiera comprueba sus ideas: los banqueros ofrecían hipotecas a gente poco informada; Wall Street maquillaba su riesgo y vendía las deudas entre especuladores ávidos de ganancias rápi­das. La burbuja se infló hasta que explotó y, como no había regulaciones, las ganancias quedaron en manos de privados y los costos fueron absorbidos por los go­biernos, algo que habían advertido Stiglitz y otros nerds. Un nerd como Stiglitz, que ha dedicado su existencia al cálculo aritmético y no tiene interés por asuntos tan humanos como los deportes o la ficción, puede explicar la vida de la sociedad moderna, su pasado y los días por venir. La nueva especie dominante escribe el mundo con lentes de aumento.

***

Joseph Stiglitz ha aprendido a vivir con la fama como si no fuera él a quien le toca. En The Fairmont, mientras acaba con los bocadillos, un vecino de otra sala mira a Stiglitz con fijación, mientras se rasca la barbilla. Va, viene y se peina el cabello, uno de esos gestos usua­les de quien no se decide a interrumpir. El merodeo dura unos diez minutos, hasta que el desconocido se desanima y el Nobel parece no notarlo. Está hablando de sus problemas con el tiempo. Stiglitz, un economista neoclásico, es el mejor vendedor de la economía pop. En su más reciente viaje a China, uno de los vicepresi­dentes del Congreso Nacional del Pueblo se le presentó con una de sus primeras publicaciones en la mano. La había leído quince años atrás, cuando no era más que un economista de nivel medio. Era una edición en papel económico y tenía las páginas amarillentas y curvadas, y estaba subrayada y escrita en los márgenes.

—Fue conmovedor –dice de repente, y parpadea rá­pido; sonríe otra vez, y se disculpa por salir.

Estos días, millones de copias de sus dos docenas de libros recorren el mundo. Stiglitz ha tenido la ha­bilidad de convertir en bestsellers temas de aridez de­sértica, como la macroeconomía, las regulaciones fi­nancieras y el comercio internacional o la propiedad intelectual y las privatizaciones. Para El malestar en la globalización se sentó a escribir varios meses du­rante jornadas de siete o más horas, de las que emer­gía con los ojos rojos. Su mujer, una ex redactora de finanzas, es también su consejera y editora. Llegó a corregirle doce borradores. Anya Schiffrin dice que fue agobiante, pero ese libro llevó a su marido a otro nivel de popularidad y justo a tiempo, pues, cuando el mundo explotaba con la crisis, Stiglitz se convertía en protagonista de una película: la suya.

Jacques Sarasin fue trabajador humanitario en África, circunstancial emprendedor en Argentina y vendedor de botes en su Suiza natal hasta que un día decidió con­vertirse en cineasta. Sarasin leyó El malestar en la globalización, llamó al Nobel, lo invitó a ver una pelí­cula, fueron a cenar y, a la vuelta de una larga conver­sación, lo convenció de hacer Alrededor del mundo con Joseph Stiglitz. El filme repara en los fracasos y desafíos de la globalización para hacer al mundo más rico –o menos pobre– y se grabó en Estados Unidos, Ecuador, India, China y Botswana. En los primeros fotogramas, Stiglitz llega a Gary en un tren plateado y baja del vagón en un andén de deprimente concre­to gris. Una estación vacía, viejas pipas echando humo blanco, la congestión de cemento y hierro hecha fábri­ca bajo una telaraña de cables de electricidad. El tren de Stiglitz deja la estación y la sirena de una patrulla se despega del sonido de fondo: Gary es una ciudad que boquea como un pez sin agua, un cementerio de óxi­do, un escombro en el derrumbe de Estados Unidos. En un momento, Stiglitz visita al alcalde del pueblo, Rudy Clay. El experto en globalización quiere saber cómo la globalización afectó a Gary y de qué modo respondió la ciudad. Clay viste un delicado terno gris, una camisa blanca y corbata color uva para recibir al hijo pródigo de la que hoy parece una ciudad fantasma. Stiglitz lleva también traje, pero el suyo es negro, como si asistiera a un velorio. Con tono pausado, Clay explica que se ha reunido treinta veces con inversores de China para convencerlos de montar en Gary las líneas de ensam­blaje de los productos que fabrican en Oriente. Es una fotografía triste. Gary, cuando ascendía hacia las estrellas, fue llamada La ciudad del siglo. Hoy la ciudad natal de Stiglitz ruega clemencia al mundo.

—Eso es lo opuesto de lo que debiera estar pasando –dice Stiglitz al alcalde, que buscaba una ayuda y en­contró sarcasmo.

Las entrevistas para la película sumaron seis horas y me­dia de grabación entre Estados Unidos y China, y un Sti­glitz entusiasta nunca perdió el tiempo en mirar su reloj.

—Joe quiere que lo entiendas y se toma el tiempo para explicar –dice Sarasin a través del ojo de Skype–. Te hace sentir que eres importante, no un estúpido.

Las crisis son momentos para profetas, y Stiglitz tie­ne feligresía. El mundo ha perdido la brújula, y él es de los pocos economistas con fondo para arriesgar un trata­miento a los desequilibrios entre quienes saben y no sa­ben, tienen y no tienen. Su mérito es más que paradójico: puede criticar el discurso único dominante porque parti­cipó en las organizaciones que lo inocularon. Compartió el nido de las serpientes y, cuando se revolvió contra ellas a denunciar el veneno, las multitudes lo abrazaron. Quie­nes lo odian le gritarían traidor. Quienes lo aman, aliado.

—La globalización abrió oportunidades para encontrar nueva gente a la que explotar su ignorancia –dijo él, una vez, a Newsweek–. Y la encontramos.

Stiglitz admite que podría haber empezado a tirar de la fra­zada mucho antes para descubrir al FMI y al Banco Mundial, y que los abusos de las grandes empresas y gobiernos han llegado demasiado lejos. Pero es un profesor, no un político en busca de votos, y recién habló cuando las evidencias fueron irrefu­tables, como cuando el FMI y el gobierno de Estados Unidos recomendaban a las naciones asiáticas enfrentar su crisis de fin de siglo recortando gastos. Ahora ha adoptado una costumbre muy temprano, a la hora del desayuno: buscar las bombas de tiempo que esconde la economía mundial en las páginas de fi­nanzas de The Wall Street Journal, Financial Times y The New York Times y en las columnas escritas por Paul Krugman y Martin Wolf, otros dos viudos de Keynes que piden al go­bierno de Estados Unidos que salve al país gastando dinero mientras los conservadores proponen serruchar las patas de las camillas de los hospitales para ahorrar.

—Joe lee y dice: “Esto va a ser un problema” –cuenta su esposa, relajada en el sofá del President’s Club de The Fairmont–. Y acaba siendo un problema.
—¿Así de simple?
—Así de simple –sentencia Schiffrin–. Joe sabe cómo funciona el mundo.

Entender al mundo es una buena razón para excu­sar demoras.

Joseph Stiglitz comienza el día temprano: a las siete y media baja de su departamento con vista al río Hudson en el Upper West Side, en Manhattan, a una cuadra de la iglesia de Saint Paul & Saint Andrew y a unos minutos a pie del Museo de Historia Natural, y camina un buen rato por Central Park. Regresa a la casa por un café, que marea durante cuarenta y cinco minutos mientras desanda los periódicos, y allí agota la mañana escribiendo, sentado en el sillón con las iniciales «J.S.» que se llevó del Banco Mundial, rodeado de libros y papeles. Por la tarde, asiste a reuniones y, si le corresponde, da clases en la Universidadde Columbia. La noche es para una cena con su mujer o con amigos si es fin de semana. Antes de dormir, leerá y conversará otro tanto. Dejará sus gafas sobre la mesa de noche, junto a la pila de libros y las vitaminas. Stiglitz abo­rrece la televisión: al economista pop le parece una pérdi­da de tiempo, pero sí ve en DVD 30 Rock la serie donde la cadena de TV NBC está patas arriba y en manos de Jack Donaghy, el director ejecutivo protagonizado por el actor Alec Baldwin, un hipócrita adorable que añora a Ronald Reagan y esclaviza al personal para ocultar que en realidad es sensible. En 30 Rock, el personaje preferido de Stiglitz es el pasante multiuso Kenneth Parcel, un chico ingenuo y amable hasta el abuso. El pasante es hijo de un granjero que cría cerdos en un pueblito de Georgia y tiene una ab­negación de misionero. En un episodio, su jefe lo encierra en un elevador con nueve personas, le informa que sólo hay aire para ocho y el bueno de Parcel se ofrece a volar­se la cabeza de un disparo. Es un voluntario al sacrificio ante el problema básico del que se ocupala Economía: la escasez de recursos. En otro episodio de la serie favorita de Stiglitz, un sacerdote le pregunta a Donaghy si tiene fe.

—Por supuesto; tengo fe en cosas que pueda ver y comprar y desregular –dice el personaje dela NBC–. Mi religión es el capitalismo.

Stiglitz se ríe de las devociones de los conservadores.

Annya Schiffrin sugiere que, cuando su marido se con­centra, se separa del mundo. El economista no deja de hacer una tarea hasta que la concluye, y en la red de la concentración pierde la noción del tiempo. Cuando co­menzó a estudiar en el Massachusetts Institute of Tech­nology, se convirtió en la estrella de la camada de doc­tores en Economía de su año encerrándose a estudiar y dormir en la oficina. Schiffrin insinúa que el Nobel tiene más parecido con un dinka del África que con un ha­bitante de Kansas City. Los dinkas son una etnia de la cuenca del Nilo que vive de criar ganado: un dinka toma sus vacas y las lleva a pastorear en los campos ribereños, se sienta a esperar hasta que los animales terminan de comer y no hace nada más. Recién comenzará algo nue­vo después de regresarlos a los corrales. Schiffrin dice que esa misma dedicación es evidente en su marido, los primos de su marido, los hijos y los nietos de su marido. Stiglitz viene de una tribu cerebral que agota las horas sin dar una respuesta por definitiva. Cuando piensa, el profesor que llega tarde es un velocista que pulveriza cronómetros y agota al tiempo por extenuación.

—Joe puede ser el máximo ejemplo de –profesor dis­traído–. En una discusión, él ya ha resuelto lo que otros tratan de entender –dice Ha-Joon Chang, el economis­ta de Cambridge–. Se traslada a un argumento similar, resuelve ese, y está pensando en el siguiente paso lógico, así que cuando expresa sus pensamientos los demás qui­zás no entiendan de qué está hablando.

Después de estudiar en el MIT, Stiglitz siguió con­centrado en pasarse las luces rojas de los formalismos y tomando todas las verdes del éxito académico. En las dos décadas siguientes cubrió posiciones en Cam­bridge, Yale, Oxford, Stanford y Princeton, la crema de la academia. Sus largas tardes y noches dedicadas a macerar ideas le pusieron en el pecho la medalla John Bates Clarke, que todavía hoy se entrega cada año al economista joven más influyente de Estados Unidos. Stiglitz tenía entonces treinta y cuatro años, y, a la par que no perdía el tiempo, construía el mito que asegura que él no es una persona común. Mientras sus colegas cuidan sus formas, él se pasea sin zapa­tos por su oficina, usa las mismas camisas celestes o blancas y los mismos pantalones caquis. Sus pelos se despeinan por nada y puede pasarse el día en reunio­nes con VIP sin notar que los cristales de sus anteojos de aumento están sucios de sebo.

A Stiglitz lo domina el afán de conocer, y para saber es preciso tiempo: perderlo hoy para ganarlo luego. Stiglitz ha estudiado y estudia mucho: él mismo es la premisa de su teoría de la información asimétrica que gana por acumulación de poder y acceso. Tiene reu­niones de largo aliento para discutir nuevos modelos y teorías. Conversador nato, sus charlas de sobreme­sa pueden romper un récord y sus reuniones de me­dia hora en la universidad nunca duran media hora. Stiglitz llega tarde para adelantarse al futuro. En su universo, la importancia de las cosas no está determi­nada por el reloj. Para saber arreglar la economía, en la que el tiempo es uno de los bienes más escasos y complejos de administrar, Stiglitz ha debido apren­der a perderlo. Le ha robado horas con impunidad a la trivialidad del calendario para entender los meca­nismos que mueven al poder y encontrarles una so­lución. Llegar tarde es su modo de estar a tiempo, de ser el hombre indicado en el momento correcto.

Ahora, en The Fairmont, Stiglitz come sus últimas uvas cuando su mujer regresa de hacer llamadas de un pasillo del President’s Club. No hay tiempo para más. Una mesa los espera en Ris, un restaurante de autor en Washington DC, muy cerca del hotel, luego debe descansar. Schiffrin lo apura. Stiglitz se disculpa con la mirada. Mañana espera otro viaje, otra batalla por el mundo por el que Joseph Stiglitz va a seguir perdiendo el tiempo. Stiglitz se embucha una última uva. De salida, dice ser optimista, muy a pesar de la crisis. En su mente, el capitalismo del siglo XXI va a ser más democrático, pero las naciones que deseen crecer deben educarse más y tomar decisiones por sí mismas. Volverse adultos es un asunto que siempre excede al tiempo. Stiglitz toma su saco y Schiffrin le cuenta que, de regreso a la sala, se había cruzado con Jack McBryer, el actor que interpreta al pusilánime Kenneth Parcel en 30 Rock. El actor esperaba a alguien frente al escritorio de la concierge del President’s Club. Schifrrin dice que McBryer es idéntico –idén­tico– a su personaje. Stiglitz festeja el hallazgo, ríe y se acomoda los pantalones.

—¿Le dijiste que somos sus fans? –le pregunta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s